Las fronteras cerradas de monseñor Agrelo
Creo que uno de los varios encontronazos que en alguna ocasión tuve con monseñor Agrelo fue cuando en una de sus infinitas llamadas a derribar todo tipo de fronteras le pregunté que si tenía llave en su casa, porque uno entiende que la puerta y la cerradura son la frontera de cada cual, y que cada cual abre y cierra su casa a quien le parece oportuno, y que si eso hacemos en casa, con más razón en las fronteras de las naciones.
Qué quieren que les diga, que eso de “abre la muralla” y “cierra la muralla” se me queda como lejos. Además, monseñor Agrelo lo tiene perfectamente superado. La muralla se abre siempre y punto, y no como ese malvado de Trump que, por cierto, de qué hablábamos hace un par de meses.

Desde que llegó a la parroquia la nueva edición del misal romano, allá por diciembre, he de decir que lo he venido leyendo y hojeando con mucha frecuencia para conocer esta edición, familiarizarme con los textos y repasar las rúbricas.
Es que, verán ustedes, me acabo de releer la
Mala cosa esa sensación de vivir bajo la ley del embudo, según la cual algunos tienen patente de corso no solo para hacer lo que les venga en gana, sino para cachondearse abiertamente de las cosas más santas de cada uno, eso sí, dejando claro que lo hacen únicamente por pura libertad de expresión y dejando claro que si alguien se burla de tu madre y tú protestas, eso es únicamente por tu falta de talante democrático amén de fruto de tu desfasada ideología fascista que te lleva a la intolerancia.