He empezado a colaborar con Radio María
Radio María podrá ser tachada de muchas cosas, se podrá decir que si es rancia, que si demasiado piadosa, que si monótona, que si lo que quieran. Ahora bien, lo que nadie podrá decir de Radio María es que se trata de una emisora confusa, que tenga una programación con segundas intenciones, que se aparte un ápice de la doctrina de la Iglesia. Ni remotamente.
La persona que sintoniza Radio María lo puede hacer con total tranquilidad. No va a correr riesgo de que un comentarista le dispare la tensión defendiendo el aborto, ni de sufrir una apoplejía porque en un sermón se pongan en duda las verdades de la fe, ni tampoco de padecer especiales sofocos ante una misa celebrada entre palmas frenéticas, moniciones inacabables y final coreográfico – apoteósico – celestial. Nada de eso. En Radio María todo es previsible. Quien sintoniza esta emisora sabe bien lo que va a encontrar.

Ante todo, conviene aclarar términos para evitar confusiones. Una cosa es la misa por el llamado rito extraordinario, más propiamente según el rito romano en su forma extraordinaria, y otra la celebrar con el actual misal de Pablo VI, en lengua vernácula, pero “ad orientem”.
O por lo menos es lo que piensa un servidor. Porque lo de dar de comer al hambriento y de beber al sediento está muy bien, pero se supone que la Iglesia, los católicos, entendemos que el hambre y la sed son de pan material y también de Dios, porque si no conocemos a Dios nos falta lo esencial.
Amigos, muy amigos. Desde niños. Pedro y José. Inseparables. Tan amigos que Pedro de cuando en cuando permitía que su borriquillo se saliera de su linde para colarse en un pequeño huerto de José. Hasta que José, muy amigos ambos dos, le dijo: “amigos, muy amigos, pero el borrico en la linde”. Pues esto digo yo en las relaciones de los católicos con los demás. Amigos lo que haga falta, pero el burro en la linde.
Lo de estudiar historia de la Iglesia, leerse el catecismo, no digamos aprender un poquito de teología de la buena, consultar el Denzinger o los textos de los padres de la Iglesia supone esfuerzo y una buena dosis de humildad para reconocer que uno puede estar equivocado.