Lo que se aprende a 80 km. de Madrid: la pastoral del sirimiri
Madrid ni se ve. Lo más que contemplo desde casa, desde mis pueblos, es la carretera nacional I, la carretera de Burgos, o de Francia, que siguen diciendo en algunos sitios, trepando hacia la sierra de la Cabrera para luego dejarse caer hasta la gran urbe. Madrid pilla muy lejos. En kilómetros, en distancia, en mentalidad, en urgencias. Llevo sin pisar la madrileña Puerta del Sol y sus aledaños más de seis meses. No lo echo en falta. En absoluto.
La vida parroquial, las urgencias, las preocupaciones, son, naturalmente, otras.
Me van a permitir que acuda a mis propias parábolas de campo, fáciles porque es donde vivo, naturales porque soy hijo del campo y estas cosas surgen con toda familiaridad.

En el campo o en plena urbe, aquí el que se aburre es porque quiere. Braojos de la Sierra posee un templo parroquial de lujo y un archivo parroquial espléndido. A partir de ahí es cosa de uno aprovechar posibilidades, conocer, estudiar, satisfacer curiosidades.
Ayer se cumplieron seis meses desde mi toma de posesión de las parroquias de Braojos, Gascones y La Serna del Monte, y el Señor quiso que lo celebrásemos con la primera vigilia de la adoración nocturna en Braojos.
Hoy ha sido uno de esos días raros en que he pasado la mañana trabajando en casa. Así que he aprovechado también para poner una lavadora y alguna tarea casera. Fuera de eso, ¿hay algo que hacer en el despacho parroquial del que dependen escasos cuatrocientos feligreses?





