Nada nuevo bajo el sol: la Iglesia culpable

Siempre es bueno tener a alguien a quien echar la culpa, y si es la Iglesia, mejor. Esto en España es más viejo que la tos. Ya pasó en la epidemia de cólera en Madrid en 1834, cuando corrió como la pólvora que se había producido porque “el agua de las fuentes públicas había sido envenenada por los frailes”. El resultado fueron setenta y tres frailes asesinados.
De momento nadie ha echado la culpa al Vaticano, que todo se andará, pero sí se escuchan voces que, aprovechando esta terrible pandemia, exigen que se revise la financiación de la Iglesia católica, que se pague el IBI por todo y se suprima la crucecita del IRPF a favor de la Iglesia.

Socio está en cuarentena. Ni va a padecer la enfermedad ni pude contagiarla, pero la padece resignado con su amo. La verdad es que, en principio, apenas debería notar diferencia alguna, ya que estamos en casa y sale al jardín de la casa parroquial como siempre, pero sabe que algo no va bien. No me digan por qué, pero lo sabe.
Estando en mi parroquia de la Beata María Ana Mogas, en Tres Olivos, en Madrid, mis feligreses se echaban a temblar en cuanto me escuchaban decir: “el caso es que se me estaba ocurriendo…” Es más, algunos, en plan de broma, hay me decían que no más de dos ocurrencias al año.
Hoy celebra su gran día nuestra parroquia virtual de San José de la Sierra. Lo hacemos de un modo extraordinario, puesto que la crisis sanitaria, ya a nivel mundial, nos obliga a una permanente reclusión.
Cada uno de los sacerdotes estamos viviendo estas excepcionales circunstancias de forma muy diversa. Mi reconocimiento muy especial a los compañeros capellanes de hospitales y tanatorios y también a aquellos que están sufriendo esta epidemia en zonas de especial incidencia. Su trabajo, al igual que el de tanta gente en mil lugares, es realmente heroico.