El cardenal ¿Groucho? Marx
Les prometo que yo tenía hecho el propósito de ser bueno, relajarme y menos información religiosa y más rosquillas con Rafaela, con perdón por el régimen (alimenticio, claro). El problema es que a uno se lo ponen muy difícil.
Sábado. En Miraflores, mi pueblo natal. Anoche me vine con el coche cargado porque tengo que desalojar en esta semana la casa parroquial de Madrid, y la de La Serna está por pintar, así que las cosas al pueblo. Hoy me toca mañanita de colocar trastos y hacer sitio para lo que venga ¡santo Dios, lo que acumula uno sin darse cuenta!

Todos hemos tenido experiencias similares. Un grupo, una asociación, unas personas que empiezan a trabajar, a reunirse en la parroquia, evidentemente con el beneplácito y el apoyo del párroco. Grupos supuestamente educativos, culturales, católicos, que se piensa pueden resultar un apoyo en la labor pastoral de la comunidad parroquial.
Pues sí, así como suena, y mucho más común de lo que parece. Gente que se enfada con el cura, con el párroco, siempre ha existido. Jamás por temas fundamentales, eso sí.
Aunque no se lo crean, uno es más bien poco piadoso. A ver, por favor, no se me escandalice nadie. Los de pueblo, los que nos hemos criado entre piedras berroqueñas, no somos especialmente dados a místicas y arrobos. Somos más bien tirando a escuetos, de pocas ideas, pero claras, más neoclásicos que barrocos, más de tiralíneas que de creativo pincel. Cosas de los que hemos crecido entre tomillos y jaras, cardos borriqueros y espinarones de esos que antes se podían cortar y ahora hacerlo te cuesta congo y medio.
A principio de curso se nos han hecho llegar desde nuestro arzobispo, D. Carlos Osoro, a las parroquias y fieles un conjunto de doce puntos, tomados ya de los trabajos del Plan Diocesano de Evangelización, que nos pide tengamos muy en cuenta a la hora de planificar la tarea pastoral.





