Simplezas cardenalicias
Aquí nada se puede dar por supuesto. Eso era antes. O a lo mejor tampoco. Vaya usted a saber. El caso es que a alguien que llega a cardenal de la Santa Madre Iglesia, por principio, se le presume culto, sensato, de vida tan honrada como honesta, capacidad de juicio y discernimiento y entrega a Cristo hasta derramar la sangre. Ya vimos por el caso McCarrick que siempre puede salir el cuento al revés: el príncipe convertido en sapo.
Me encuentro en las últimas noticias un par de gansadas de dos purpurados. Gansadas aparentes, pero que entiendo tienen un trasfondo teológico muy serio.
En primer lugar, porque es la primera noticia que he visto, traigo al cardenal António Marto, obispo de Leiria-Fátima. El señor cardenal, simpático el tipo, para favorecer y justificar la comunión en la mano, nos ha salido con el impactante argumento de que “Cristo dijo ‘tomad y comed’, no dijo ‘abre la boca’”. La verdad es que el señor cardenal lo pone a huevo.

Yo sé que reivindicar hoy los catecismos de Astete y Ripalda o simplemente los catecismos nacionales de primer y segundo grado que se estudiaban en España te convierten en católico despreciable y sin posibilidad de reconversión. Habida cuenta de que ya cuento con ello, al asunto me lanzo.
No se fíen de esos supuestos liberales que en prueba de su talente aperturista van echando pestes de leyes y normas. No se fíen. Todos los dictadores, grandes o pequeños, lo primero que hacen es ponerse el disfraz de corderitos demócratas, denostar leyes y normas por la aparente cosa de la libertad del pueblo y luego, como ya no tienen cortapisas, entre otras cosas porque se lo hemos consentido, se dedican a hacer lo que les da la gana y a convertirse en los mayores dictadores.
Bien. Una ocurrencia más. Ganas de dedicarnos a lo menos importante quizá por que no sabemos, no queremos, no nos atrevemos, no nos dejan o no podemos, mejor no entrar en el por qué, dedicarnos a cosas que como Iglesia sí me parecen de una extraordinaria importancia.