Dame la manita, Pepe Lui
A base de ir metiendo morcillas y novedades en la liturgia católica, gestos, originalidades y ocurrencias, hemos conseguido esperpénticos espectáculos. Celebraciones de la eucaristía en las que jamás se mira o estudia el misal, pero en las que se introducen todas las innovaciones posibles e imposibles con la cosa de ser actuales, modernos, creadores, hodiernos, insertados en el pueblo ¿qué pueblo? y fieles representantes de un ignoto espíritu del Vaticano II que, tras más de cincuenta años de concilio, a nuestros fieles les suena tanto como el concilio de Calcedonia.

Llevan los rumores algún tiempo. Se dice, se cuenta, parece ser, llegan informaciones… según las cuales los Heraldos del Evangelio podrían estar en el punto de mira vaticano y esperando no se sabe muy bien si una intervención o quizá, más probable, algún tipo de comisario pontificio que acuda a echar una mano, no sabemos si al cuello.
La señora Carmena dirá lo que quiera, pero cuando alguien se refiere a una situación diciendo que “esto es el despatarre”, no se está refiriendo a mayor o menor abertura de piernas de varón o de mujer, que no se me tache de discriminador a estas alturas, sino a una situación esperpéntica, absurda, rocambolesca: “es que esto ya es el despatarre”.
No soy licenciado en derecho, pero de papeles entiendo algo, y me parece que en esto de las inmatriculaciones de bienes a favor de la iglesia católica hay mucha desinformación, mucha manipulación y ganas de confundir al personal haciéndole creer que matricular un bien a favor de alguien es estafa pura y dura, especialmente si quien inscribe el susodicho bien a su favor es la iglesia católica. Es decir, la iglesia está robando los bienes al pueblo.





