Sínodo: ¿el adulterio a votación?
La falta de transparencia es total, por eso no hay que extrañarse de dimes, diretes, hablillas y rumores. No era tan complicado dar a conocer las intervenciones en el plenario, así como la composición de los círculos menores. Luz y taquígrafos. Nada. No se sabe nada. Bueno, se sabe que, si parece que dicen, me han contado, yo tengo una fuente de toda solvencia… ¿Así se piensa alguien que es la forma de cortar la rumorología? Así justamente se fomenta.
Hoy comienzan las votaciones de las distintas propuestas. Para empezar como no las conocemos pues qué quieren que les diga. Bueno, sí digo algunas cosas.

Tengo una feligresa, una Rafaela cualquiera, que cada vez que escucha la última parte de la parábola del hijo pródigo se la llevan los demonios. Porque a ver, dice ella, ¿tan malo era el hijo mayor? Toda la vida fiel, trabajando por la casa común, obedeciendo al padre, y sin un solo detalle por parte de este, ni siquiera un ternero por una vez en la vida. Nada de nada. Pero cuando llega el hermano menor, después de haber dilapidado la herencia, todo son fiestas, alegrías y dispendios. Encima, para la historia y la exégesis, qué malo el hermano mayor. Y dentro de lo malo, al menos el menor, después de unos años de pecado y alejamiento, regresó arrepentido a la casa paterna. Menos mal.
A mí es que ya lo que digan me trae sin cuidado. Me limito a leer los firmantes y a soltar una “ostentórea” carcajada. Porque hay gente que cada día se supera a sí misma en cuanto a memez y capacidad para hacer el ridículo. Y lo malo del ridículo es que una vez que has caído en él, te persigue como maldición toda tu vida.
Ya desde la primera parte del Sínodo sobre la familia el papa Francisco ha venido invitando repetidamente a los padres sinodales a que hablen con claridad, digan todo lo que tengan que decir y vivan este acontecimiento con total libertad. Nada que callar, nada que ocultar.