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18.07.22

El apologeta Monedero analiza como la manipulación del lenguaje facilita la aceptación de las ideologías

 

Juan Carlos Monedero es licenciado en Filosofía por la Universidad del norte Santo Tomás de Aquino. Escritor. Argentino. Autor de 4 libros. Docente y padre de dos hijos. Está preparando su siguiente libro titulado “Manual de maniobras para los combates culturales".

¿Por qué un libro sobre el lenguaje, la ideología y el poder?

Porque el libro está llamado a permanecer, a durar en una biblioteca, mientras que los recursos virtuales –por útiles que sean– no desarrollan ese vínculo con la persona. Tú sientes cariño por tus libros, los relees, los marcas con colores, le haces anotaciones, los regalas u obsequias. Eso tiene un valor simbólico. Pero nadie se siente emocionalmente atado a un PDF.

Por otro lado, la lectura abre formas de pensamiento abstracto, a diferencia de la imagen y los vídeos. Es un hecho que el hábito de leer no deja de derrumbarse en todo el mundo a causa de una hipertrofia de la imagen (ya el intelectual de izquierda Giovanni Sartori habló del Homo Videns). Si esto ocurría cuando predominaba la TV, con internet mucho más. Al pensar menos, somos más manipulables. La lectura en cambio nos hace pensar más, nos vuelve menos proclives al engaño, por esto quise publicar un libro.

El tipo de persona que se forma con libros es muy distinto al tipo de persona que se forma exclusivamente con videos cortos o incluso con largas entrevistas a través de Youtube. Los libros pueden formar militantes que realicen actividades desde un profundo convencimiento, inasequibles al desaliento. Los videos, si no van precedidos de sólida formación, pueden suscitar activistas –en el mal sentido del término– que responden a pulsiones ocasionales, efímeras, con los que no se puede contar en una batalla, como esta, de largo plazo.

Es necesario decir la verdad en un mundo repleto de mentiras, esa es otra razón por la cual escribí. Así como al arte disolvente debemos oponerle un arte respetuoso de la ética que manifieste el esplendor de la forma, a tantos libros que inducen al engaño, que enseñan el error o confunden, hay que oponerles una respuesta de la misma naturaleza.

¿Cómo podemos definir la guerra semántica?

La guerra semántica es un término que –hasta donde yo sé– fue usado por primera vez por el brillante intelectual argentino Carlos Disandro. Acuñó este concepto para aplicarlo a las transformaciones de significado que operaron en el seno de la Iglesia entre finales de los años 50’ y los años 70’, denunciando la infiltración del progresismo en la Iglesia.

Amparados en él y en una serie de autores mencionados en mi libro “Lenguaje, Ideología y Poder” (Ediciones Castilla, Buenos Aires, 2021, 3º ed.), podemos decir que la guerra semántica tiene lugar cuando dos personas o al menos dos grupos discuten en torno al sentido de tal o cual palabra. El vocablo semántica viene del verbo semaino, de origen griego, que significa –paradójicamente– “significar”. Recordemos que Dios dotó a Adán del poder de darle nombres a los animales en el Génesis: el que nombra las cosas tiene un poder. La batalla semántica es la lucha por determinar los significados que tienen los términos y, sin lugar a dudas, es una guerra también por el poder (y el poder es político). Por eso, esta guerra supone previamente una batalla de ideas –también de ideas políticas– porque toda disputa en torno a los términos está precedida por una discordancia en torno a las ideas.

Así, por ejemplo, en la Argentina y en Hispanoamérica, en torno a las discusiones sobre la Educación Sexual Integral (ESI), subyace una controversia que es anterior a la inclusión de la ESI como asignatura: el sentido de la Educación, de la sexualidad y de la palabra “integral”.

Más profundamente, también estaban incluidos –de manera tangencial– otros debates: ¿puede el Estado enseñar estos contenidos? ¿Qué contenidos? ¿Cuáles sí y cuáles no? ¿Cómo se aplica el principio de subsidiariedad? ¿Puede el Estado pasar por arriba de los principios de los padres? ¿En ningún caso, en algunos, en todos? ¿Es este Estado liberal, laicista y anticristiano, el que tiene el derecho de pasar por arriba de los padres? ¿Son los anticonceptivos verdaderamente objeto de la medicina y, por tanto, objeto de un programa pedagógico? ¿Existe una conducta sexual normal? La educación, ¿es un perfeccionamiento en la línea de la esencia humana o es fruto de una determinación política y, en definitiva, del consenso de los protagonistas de la sociedad?

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