La cortesía, un legado cristiano y una virtud olvidada

César Félix Sánchez Martínez es profesor de filosofía del Seminario Arquidiocesano de Arequipa (Perú), del que fue director académico entre 2015 y 2017. En esta ocasión nos habla de la cortesía, una virtud que desgraciadamente cada vez es menos frecuente.

¿Cómo podemos definir la cortesía?

Creo que la mejor definición de cortesía cristiana es la del padre Roger Dupuis S. J en su famoso libro La cortesía de Cristo: «La cortesía es a la caridad lo que la liturgia es a la oración: el rito que la expresa, la acción que la encarna, la pedagogía que la suscita. La cortesía es la liturgia de la caridad fraterna». La caridad fraterna por el prójimo expresa una reverencia, tanto a su dignidad ontológica –nacida de nuestra imagen y semejanza divina– como a su dignidad moral o jerárquica, de ahí que, por ejemplo, deba prestarse una deferencia especial a los padres y a los ancianos.

¿Pero cuál sería entonces lo propiamente cristiano en la cortesía cristiana que usted menciona?

Muy buena pregunta. Todas las culturas tradicionales han desarrollado una cortesía propia. Variará –y varía– de acuerdo a la experiencia histórica y temperamento de los pueblos, pero siempre tendrá un fondo común de piedad natural: honrar a los padres y a los superiores. Este fondo común ya de por sí es muy loable; solo el Occidente decadente de nuestros días hace de la impiedad un signo de liberación.

Pero yendo a la materia de la pregunta, la diferencia entre la cortesía natural de esas sociedades y la cortesía que se desarrolló en la Cristiandad bajo el impulso de la gracia reside en un factor bastante significativo: la deferencia especial hacia los pobres, los débiles y los que sufren. No por nada uno de los sinónimos de la cortesía lleva la huella de la institución quintaesencial de la Cristiandad medieval: caballerosidad.

Recordemos que el caballero cristiano era una figura militar, pero cuyas armas estaban consagradas a defender a los más débiles y cuya militancia se encontraba bajo el patrocinio especialísimo de Nuestra Señora, esa madre y reina de todos los caballeros, por ser, entre las criaturas, el modelo más perfecto de abnegación (que es el constitutivo formal del caballero) y cortesía (como se ve en las bodas de Caná, por ejemplo). ¿De dónde surgía esta caballerosidad y por qué apareció en esta época? Nacía simplemente de la misma fuente de donde nacieron el arte gótico, la escolástica tomista y bonaventuriana, el canto gregoriano y la poesía de Dante: de la sacralización de todo obrar humano en las realidades temporales.

Sacralización palpable a través de la belleza, pero no de una belleza sometida al capricho de la mera «experiencia artística», sino que es reflejo y participación de la Luz Increada, lo que, incluso socialmente, la hacía muy fecunda. Daba un cierto tono de encanto a todas las costumbres populares, a la interacción humana, a la arquitectura e incluso a los juegos y a la gastronomía que ayudaba de manera significativa a alcanzar el bien común, que, según santo Tomás, «es la felicidad contemplativa, a la que toda la vida política parece estar ordenada» (Comentario de la Ética a Nicómaco, X, XI, 2101). Podríamos decir que eran la aplicación social de la cuarta vía tomasiana.

No es casual, entonces, que en la tierra baldía del Occidenteactual, en la que lo público se vuelve cada vez más el espacio de expresión de las patologías subjetivas más escandalosas moralmente y más sensiblemente feas, pero que son impuestas por los poderes políticos, la mera convivencia amenaza con desaparecer.

¿En qué medida va unida a buena la educación?

La educación es el medio por excelencia en el proceso de perfección natural del hombre, que, como sabemos, es «el bien propio del hombre», que consiste en «la actividad del alma dirigida por la virtud; y si hay muchas virtudes, dirigida por la más alta y la más perfecta de todas» (Aristóteles, Moral a Nicómaco, I, IV).

Así, la educación exige una formación en la cortesía. En los «viejos tiempos» previos al terremoto eclesiástico, sexual y político que comienza en los años 60, la educación básica enfatizaba mucho las «costumbres intermedias», como por ejemplo, el uso de un uniforme pintoresco –que no era señal de masificación totalitaria proletarizante o militarista sino una suerte de hermoso símbolo de una identidad tradicional compartida–, la práctica de las buenas maneras en la mesa, la importancia casi religiosa en el saludar y el agradecer y muchas otras costumbres intermedias, ahora olvidadas cuando no combatidas.

Estos énfasis tenían un carácter formativo bastante sugerente: eran una forma nada arbitraria y muy respetuosa de hacerles conocer a los estudiantes sus propios límites, de frenar el hybris mediante hábitos, primero centrados en actos extrínsecos, pero que luego iban sedimentando la pietas en el alma.

Ahora, en cambio, oleadas sucesivas de «pedagogías liberadoras» así como la desconfianza hacia la dimensión ritual y las costumbres intermedias por parte de la sociedad de masas y del Estado han desterrado estos elementos formativos fundamentales y, paradójicamente, no han liberado a nadie: los jóvenes ahora se encuentran librados a sí mismos, a sus tendencias más bajas, lo que es antipedagógico y peligrosísimo para la sociedad. Recordemos que para Platón (República, VIII) el más infeliz de los hombres era el hombre tiránico, que es esclavo de sí mismo, pues sus tendencias superiores están subordinadas a sus pasiones más bajas.

La educación actual forma, en gran medida, esclavos y de la peor especie: esclavos de sí mismos. Quizá haya algunos poderes a quienes esto les convenga, pero es una gran afrenta a la dignidad humana de los estudiantes.

Muy interesante. Pero quizá alguien pueda aducir que hubo épocas donde se rendía gran culto a las costumbres intermedias y a las formas sociales (como, por citar un ejemplo, el siglo XVIII o la misma década de los 50), pero que estaban vacías espiritualmente o eran incluso profundamente corruptas… ¿Hasta qué punto el amor a la cortesía no puede degenerar en un fariseísmo o una hipocresía? ¿Cómo podemos distinguirlos?

La conciencia farisaica se esmera en juzgar con rigor meramente determinados actos externos, mientras que yerra sin vacilación en materias de gravedad. En nuestros días vivimos lamentablemente la apoteosis del fariseísmo en muchos ámbitos, incluso eclesiásticos. Así, por ejemplo, tenemos a algunos que sostienen que materias opinables de política ambiental pueden convertirse en gravísimos pecados, mientras, por ejemplo, la fornicación o la homosexualidad son relativizadas. Ese es un fariseísmo de izquierdas, podríamos decir.

También es muy cierto que jamás las costumbres intermedias cristianas podrán reemplazar a la fe, a la esperanza y a la caridad, pero son, en cierto modo, su reflejo. Pretender vivir determinados actos externos de aparente cortesía odiando y dañando al prójimo sería un acto de fariseísmo e hipocresía.

Precisamente fue un moralista francés del siglo XVII, un poco antes del diluvio iluminista, La Rochefoucauld, quien diera la mejor definición de hipocresía: es el homenaje del vicio a la virtud. Aguda definición, pues precisamente la hipocresía es el más «cortés» de todos los vicios y por eso es muy común que se le confunda con cortesía.

Sin embargo, en realidad no cuesta mucho esfuerzo distinguir la verdadera cortesía de la falsa cortesía, que no es más que una cáscara vacía, con fines usualmente adulatorios y manipuladores. La prueba de fuego se da observando el trato a los subordinados y a los superiores. Cuando el falso cortés se muestra atrabiliario y violento con los débiles o con los que le sirven, pero a la vez obsequioso y adulón con los superiores jerárquicos o con quienes quiere propiciar y/o seducir es ahí donde podemos ver cómo sus «cortesías» y «buena educación» no son más que mecanismos de manipulación. El afeminamiento y la afectación excesiva en los varones también pueden ser indicadores de que quizá estemos no ante una persona cortés sino ante alguien que padece un desequilibrio y del que más vale huir.

También la práctica de juegos y deportes nos sirve para conocer hasta qué punto los hábitos corteses y, en general, la virtud, están arraigados en un sujeto. «En la mesa se conoce al caballero», decía un viejo dicho, y no se refería a la mesa del comer, sino al tapete verde del jugar. Allí podemos conocer en qué grado hemos internalizado la paciencia, la justicia y, por supuesto, la cortesía. Si al momento de perder no podemos contener la immutatio corporalis y empezamos a insultar o a gritar es señal de que aún nos queda mucho por trabajar…

En este punto quisiera recordar un fenómeno que a veces pasa desapercibido: la normalización de las groserías. Hoy en día mucha gente emplea palabras soeces, antaño propias de los bajos fondos.

Lamentablemente este fenómeno es una parte de la revolución contracultural que incluso parece haber arraigado en los ámbitos católicos.

Conviene recordar –para señalar la maldad y peligrosidad de esas malas costumbres en el lenguaje– algunos de los episodios más tristes de la historia de la Iglesia en los últimos años: los escándalos sexuales vinculados a fundadores y líderes de nuevos movimientos y congregaciones religiosas.

Una de las cosas que distinguía a la mayoría de estos fundadores escandalosos –al margen de que sus variadísimos temperamentos y tendencias sean «rigoristas» o «laxistas», «conservadores» o «progresistas»– era la extrema libertad que tenían al hablar, haciendo uso no solo de cataratas de palabras soeces sino de continuas referencias y «bromas» sexuales. Usualmente estaban destinadas a ir desensibilizando a sus seguidores, al demostrarles tanto el poder desinhibido del líder como la normalización de algunas prácticas secretas que podían terminar en abusos graves.

Por eso hay que tener mucho cuidado cuando un «hombre de Dios» o cualquier católico usa ese tipo de lenguaje y hace ese tipo de referencias. En el mejor de los casos pueden ser señales de descontrol psíquico y, en el peor, un intento de reconocer una potencial «alma afín» o cómplice en el interlocutor.

Un gran ejemplo de desafuero grosero y soez es el del Lutero exclaustrado, alma sumida en la manía y la desesperación.

Cabe señalar, por si algún «liberado» postfreudiano nos replica que estas palabras son «normales», que el lenguaje soez es precisamente soez no solo en la medida en que rompe con «tabús» lingüísticos convencionales de una sociedad –lo que ya sería suficientemente malo– sino por sus referencias escatológicas y sexuales. Y que unos labios que comulgan a Nuestro Señor Jesucristo o, peor aún, que consagran, sean los mismos que pronuncien habitualmente esas palabras, que relativizan o incluso «celebran» en cierta manera algunos pecados gravísimos o realidades nauseabundas, es muy triste.

¿Se puede decir, entonces, que hoy quedan pocos caballeros y pocas damas? ¿Qué características les definen?

Pregunta interesantísima. ¿Qué define a un caballero y a una dama? Hace ya varios años que vengo meditando en eso y he llegado a una conclusión: lo que define a ambos es una manera peculiar de vivir las virtudes de la fortaleza y de la templanza.

Empezaré con una pregunta que aparentemente no tiene conexión con el tema. ¿Cuál es el equivalente masculino de la madre? No el padre, porque el padre cumple una función distinta en el hogar. Si no hubiera distinción entre ambos, no habría complementariedad. El equivalente masculino de la madre es el caballero, porque en ambos el constitutivo formal, lo que los define, es la abnegación, es decir, el darse, el sacrificarse usque ad effusionem sanguinis, por uno más débil: en el caso de la madre, los hijos, en el caso de los caballeros, los pobres y desvalidos, que representan a Cristo y a la patria en peligro. Por su alta vocación maternal, la mujer tiene, por lo general, una mayor predisposición, incluso biológica, a cultivar la abnegación (Simon Baron-Cohen incluso demostró la base fisiológica del care en la biología femenina, que hace que, en labores como la enfermería y el cuidado, sean mujeres las que alcancen mayores cotas de perfección). Por el contrario, en el caso del hombre, el cultivo de la abnegación requiere un proceso de formación muy riguroso, de crear una segunda naturaleza, que implica una preparación y discipulado guerrero, incluso sacral (la vela de armas, por ejemplo, y la ordenación).

Al final, sin embargo, tanto el caballero como la madre cultivan la abnegación, aunque de diversa forma según sus temperamentos y funciones diversas y complementarias.

¿Y la dama?

¿Cuál sería el equivalente femenino del padre? La dama, pues en ambos, rige el señorío. El padre ejerce una función de señorío en el hogar. La dama, por su parte, se caracteriza por ejercer un señorío especial sobre sí misma y sobre las circunstancias, especialmente si son problemáticas o confusas. Generalmente en los hombres, también por cierta predisposición biológica, la menor profundidad de las reacciones pasionales hacía que cultivar el señorío fuera más fácil. En cambio en la dama, al igual que el caballero, se requiere un proceso de aprendizaje especial mediato, para ir moldeando una vida afectiva muy rica para ponerla más eficazmente al servicio de las facultades superiores del alma.

Es en esta maravillosa complejidad e interrelación entre hábitos más espontáneos y otros que requieren de una mayor formación que se revela la naturaleza de instancia de intercambio de bienes morales y espirituales de la familia cristiana. La distinción y complementariedad del padre y de la madre generarán en sus hijos un florecimiento de potencias muy significativo.

Nada hay más balsámico y hermoso en la vida social que la amistad cristiana entre un caballero y una dama. Porque no solo involucra un intercambio de bienes y alegrías legítimas sensibles, sino también tiene un correlato suprasensible y metafísico. Es por eso que dos santos representantes de estos tipos humanos nacidos de la Cristiandad, el beato Carlos de Habsburgo y la sierva de Dios Zita de Borbón Parma, se dijeron en el día de su matrimonio que «ahora tenían que ayudarse mutuamente a ir al cielo».

La mayor de las tragedias es que la apostasía de Occidente y la revolución sexual hayan minado las relaciones entre hombres y mujeres en muchos lugares, animalizándolas, primero en el libertinaje y luego en los diversos tipos de violencia física y psicológica que vemos a diario en las noticias.

¿Cómo podemos recuperar las buenas costumbres en la sociedad y la elevación del espíritu frente a la vulgaridad?

Sugiero una terapia de choque inicial. La sabiduría de la Iglesia estableció ciertos días consagrados al ayuno, a la abstinencia y recomendó determinadas prácticas de mortificación. En nuestros días, estas austeridades pueden ser no solo muy gratas a Dios, sino formas de desintoxicarnos del ruido del mundo y de hacernos conscientes de nuestros propios límites.

Luego de esta terapia de choque, lo ideal será irnos empapando de las costumbres intermedias y cortesías particulares tradicionales de nuestros distintos pueblos cristianos, que existieron y fueron fecundas, pero que la masificación ha cubierto de olvido. Y procurar no obsesionarnos en detalles minúsculos que luego se irán perfeccionando, sino centrarnos en vivir una vida en gracia, y, en nuestras costumbres, en manifestar reverencia al prójimo, abnegación y señorío.

Finalmente, dice la Escritura: «huye del hombre necio» (Prov. 14:7). Huyamos no solo de los hombres necios, sino de los ambientes necios, que nos rebajan con su vulgaridad o estulticia y que muchas veces son ocasión de pecado, sean virtuales o reales.

Por Javier Navascués

2 comentarios

  
Scintlla
De toda la vida oí decir en mi casa "en la mesa y en el juego se conoce al caballero". Es decir, tanto los modales a la hora de comer como de divertirse.
Ese modelo de caballero en la Biblia es encarnado, sin el aspecto miltar, por Job, padre de pobres y abogado de extranjeros y ejemplo de abnegación y mortificación.
En nuestra literatura tenemos dos magníficos textos para aprender a ser corteses tanto hombres como mujeres: el comentario a Job y la perfecta casada de fray Luis de León.
Padre y caballero, madre y dama, caracterizan a las mismas personas vistas desde fuera o desde dentro de la familia. Mi padre es un caballero a los ojos de quienes no son de la casa, como mi madre una dama. Yo puedo ver que son caballero y dama, pero para mí prima lo que hace de ellos padre y madre, cosa que suele quedar fuera de la vista del resto. Y yo sólo veo de ellos su aspecto social cuando me enseñan a comportarme socialmente a la mesa y en el juego, etc.
10/08/20 8:50 AM
  
Luis Piqué Muñoz
En efecto la Cortesía y la Buena Educación ¡la Caridad cristiana! son cosa del Pasado ¡Como los admirables y Ejemplares 50, con todos sus defectos e Injusticias! Y la Corrección Fraterna ¡o sea la Biblia, el Evangelio, la Palabra de Dios! son hoy delito de Odio con multas abusivas ¡y ¡Ay! Pena de Cárcel! La Tiranía democrática, con su Ideología Madre ¡Ay! ¡pese a que este Tº escandalice! el Nuevo Nazismo Feminista no le interesa la Buena Educación ¡la Caridad! ¡el Amor! sino la fornicación, el aborto, los satánicos antiConceptivos y toda la Perversión Occidental para tener bien sometido y ¡Ay! convencido al Hombre ¡y ¡Ay! a la Mujer! moderna, convertido en Masa Indeferenciada sin Derechos de Dios ¡sin Deberes! sólo con satánicos Derechos del Hombre para revolcarse en la Pocilga de su propia y asquerosa Depravación ¡Viva el Amor! ¡Viva Dios!
11/08/20 3:56 PM

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