Hablando con la gente o haciendo un recorrido por la web y por otros medios es revelador observar no tanto la exposición llana de las noticias sobre lo que acontece en la Iglesia, ni tampoco la posición a favor o en contra del modo como las autoridades conducen su tratamiento, sino el “desde” en el que cada interlocutor, informador, editor, columnista, blogger o comentador está posicionado al pronunciar su discurso.
Dejando a un lado a los no católicos, llama la atención la asepsia con la que muchos católicos hablan sobre cuestiones muy dolorosas que nos toca vivir. Y lo hacen sin que se les mueva un cabello o expresen conmoción alguna.
No manifiestan que los dolores de la Iglesia les sean propios o les tocaran de cerca. No sienten con ella, y da la impresión de que no les importa causarle dolor o vergüenza. Desconocen su condición de hijos de la Iglesia y por lo tanto no la tratan como a su madre. ¿Quién expone a su madre a la vergüenza pública? Y si ella fue expuesta a la vergüenza por otros hermanos ¿cómo no corren inmediatamente a defender su honor y dignidad?
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