No vale cualquier futuro

No vale cualquier futuro

En su carta semanal, el Cardenal Cañizares alerta que una sociedad que ataca al derecho a la vida, excluye a Dios o se asienta en relativismo «no puede tener futuro». «Lo único decisivo para el hombre y el mundo es Dios revelado en Jesucristo, su Hijo humanado, hecho hombre, verdad de Dios y verdad del hombre, inseparablemente.»

Vivimos una situación nada fácil en el mundo, en Occidente y Oriente, en Europa, en España, y tal vez estemos sin puntos de referencia o no los tengamos claros o se hayan obscurecido. Pero esa situación, en este mundo nuestro, difícil, es también de la Iglesia, porque todo lo que afecta a la Humanidad, a los hombres, afecta a la Iglesia; lo que es de los hombres, lo que sucede, los sufrimientos, guerra y angustias e incertidumbres, sus peligros son también de la Iglesia. Nos encontramos ante una encrucijada de nuestra historia; el hombre es capaz de lo mejor y de lo peor. Se nos plantea la tarea de preguntarnos por aquello que pueda garantizar el futuro de nuestra sociedad, y, de la Iglesia; sencillamente, debemos preguntarnos por aquello que hoy y siempre tenga futuro por encima de la muerte y sus amenazas, esto es, la victoria sobre la muerte y las cosas que tienen que ver con ella como la guerra, la mentira, el egoísmo, la violencia, la exclusión, la destrucción de la naturaleza, la corrupción, el pecado y el enemigo del hombre en definitiva... No cualquier futuro vale, sino aquel que garantice permanencia en él, felicidad plena, dignidad, inviolable y no supeditable a nada, de todo ser humano, y una existencia conforme a ella.

Una sociedad, por ejemplo, que no garantice el derecho inalienable de todo ser humano a la vida en todas las fases de su existencia estará abocada al fracaso, es más, fracasa ya en el momento en que este derecho no queda garantizado y protegido suficientemente. Otro ejemplo: una sociedad organizada en clave de progreso y bienestar, en la que la religión, o mejor, y más aún, DIOS mismo, quedasen superados como reliquia del pasado o recluidos a lo sumo a la esfera de lo privado y en la que la felicidad se pretendiese que quedase garantizada por el funcionamiento solo de las condiciones materiales, estaría abocada igualmente al fracaso, a la disolución más tarde o más temprano de dicha sociedad. E igualmente –es otro ejemplo– le sucede a una sociedad que no se asiente sobre la verdad, la verdad misma del hombre, la verdad moral, sino sobre un relativismo o sobre la mentira, no puede tener futuro. No queda lejos la historia de algunos países que han fracasado de forma estrepitosa por imponer o tratar de edificar un sistema en el que la religión, DIOS mismo, queda por completo marginada o solo tolerada y Dios ocultado y relegado, en el que la vida de todo ser humano no se respeta siempre, y en el que la verdad no cuenta o la mentira se establece como instrumento de éxito o eficacia. El crecimiento de la violencia, la huida hacia la droga, el aumento de corrupción, hacen muy perceptible que la decadencia de valores tiene también unas consecuencias materiales, y que es preciso un cambio de rumbo.

La edificación de la «casa común» de una nueva sociedad, la verdadera unidad entre sus pueblos y sus gentes, para ser algo más que una quimera o algo más que el conjunto de unas relaciones empíricas, ha de construirse sobre la búsqueda de la verdad de la persona, único fundamento posible al respeto de los derechos de los hombres y de los pueblos. Es decir, ha de construirse sobre la posibilidad de una respuesta verdadera a las cuestiones de fondo que han sacudido dramáticamente, en los dos o tres últimos siglos, la cultura de Occidente. La armónica sociedad prevista por la Ilustración como futo de un abandono de los «prejuicios cristianos», y de una aplicación sistemática de la razón inmanente nunca ha llegado. Más aún, ha dejado tras de sí una larga secuela de todos conocida, incluso de destrucciones, de guerras, de terrorismos, o de millones de crímenes legales sobre seres indefensos e inocentes, como son los abortos, sin duda la más grave barbarie de la historia humana.

La unidad y la convivencia sólo serán posibles si surge, en el horizonte presente de nuestra historia, un sujeto social capaz de construirlas pacientemente, porque su experiencia de vida y su respuesta a los interrogantes fundamentales del hombre le hacen capaz de amar a toda persona humana en tanto que persona, partícipe del mismo misterio y de la misma vocación, por encima de cualquier otra determinación de raza, cultura y religión, pueblo, clase social o adscripción política. Lo que el Papa Juan Pablo II tantas y tan reiteradas veces reclamaba, como hizo en su último e importantísimo viaje a España, de la «Europa del espíritu» se refiere precisamente a esto: no es, por supuesto, a un espiritualismo a lo que convoca, sino a una construcción de la nueva Europa, de la nueva España, de la nueva sociedad, edificada sobre el cimiento o fundamento del respeto y la realización de la dignidad de la persona humana, de todo hombre, que no se contenta con menos que Dios, abierta siempre a todos los otros y para los otros, y de una existencia conforme a esa dignidad. Recordar y exigir la vigencia de la dignidad humana previa a toda acción y decisión política, es un deber inexorable en el momento presente. Esto sí que es decisivo para nuestro futuro, el futuro de todos: lo único decisivo para el hombre y el mundo es Dios revelado en Jesucristo, su Hijo humanado, hecho hombre, verdad de Dios y verdad del hombre, inseparablemente.

Los derechos fundamentales inherentes a la dignidad de la persona humana o de ella derivados no son ni creados por el legislador ni concedidos a los seres humanos o a los ciudadanos, sino que más bien existen por derecho propio y han de ser respetados por el legislador, pues se anteponen a él como valores superiores. Que hay valores que no son manipulables por nadie es la realidad verdadera y la paz que es preciso respetar y promover. Es propio de la democracia, y de nuestra sociedad que la asume como instrumento para su realización, el derecho y la justicia no manipulables, ni al arbitrio de los poderes, y están en la raíz de un mundo nuevo. El reconocimiento y valoración de la razón y de la libertad que están en la entraña misma de nuestra sociedad por la tradición y cultura que la sustenta, por sus raíces –también cristianas que no podemos soslayar ni preterir–, sólo pueden tener consistencia como dominio del derecho. Reducir la Iglesia a una gran ONG, despojándola de su fundamento que no es otro que Jesucristo, reducirla a una gran organización social, como algunos posmodernos pretenden, y quitarle su identidad que es y Jesucristo y el anuncio de Jesucristo es privar a nuestro mundo de lo que más necesita pues necesita a Jesucristo, Luz de los hombres, Camino, Verdad y vida, vencedor de la muerte, resurrección, indefectible amor, Dios con nosotros, salvación para todos que a todos se ofrece y nadie se le niega, como celebramos el lunes y martes pasado: Todos los Sanos, los fieles difuntos. ¡Iglesia, sé tú misma y que nadie te reduzca!

+ Antonio Cañizares Llovera.
Arzobispo de Valencia

Publicado originalmente el 6 de noviembre de 2021

 

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12 comentarios

Cansado
Una Iglesia que no defienda con claridad la vida, que excluya a Dios o que se asiente en el relativismo no puede tener futuro.
8/11/21 10:02 PM
maru
"una situación nada fácil",, ya lo creo que sí. Sí toda la Iglesia y digo TODA, porque la Iglesia somos TODOS, estuviéramos en contra, ésto no sucederia; lo lamentable, es que no TODA la Iglesia levanta la voz no hace frente a esta cultura de la muerte: aborto y eutanasia.
9/11/21 10:01 AM
jandro
Igual, digo yo, hay que buscar el relativismo de "puertas adentro" por si fuera la causa de la creciente relativización de la vida en los cristianos
9/11/21 11:03 AM
Maximiliano
El cimiento de la cultura de la vida está en asentar en nuestra conciencia la idea alegre, clara y profunda de la dignidad de todo ser humano, de todos los seres humanos, desde que nacen hasta que mueren. Y esa dignidad, tantas veces ocultada por la enfermedad y oscurecida por la ignorancia, ha de ser, sin embargo, siempre celebrada porque en ella nunca falta un chispazo de la gloria de Dios.

Citando a Pablo VI, el Papa nos dice que incluso el contraste misterioso que forman vida y muerte es una ocasión de alegría: “Esta vida mortal, a pesar de sus tribulaciones, de sus oscuros misterios, de sus sufrimientos, de su fatal caducidad, es un hecho bellísimo, un prodigio siempre original y conmovedor, un acontecimiento digno de ser cantado con júbilo y gloria”, pues, añade Juan Pablo II, “en cada niño que nace y en cada hombre que vive y muere reconocemos la imagen de la gloria de Dios, gloria que celebramos en cada hombre, signo del Dios vivo e icono de Jesucristo ”.
9/11/21 12:02 PM
Alvar
Tiene razón Cañizares, aunque me temo que a estas alturas de la película ya no haya oídos que oigan este tipo de advertencias.
Creo que estamos en la hora de elegir bando definitivamente, cargar la cruz y ser Iglesia militante, como hace Viganó, que aún si estuviera equivocado (que no lo está) es un ejemplo de valor.
9/11/21 12:28 PM
José Luis
Lamentablemente he vivido algunas experiencias que me han dejado un mal sabor, con algunos sacerdotes y algún obispo españoles. No veo en ellos ese sentimiento de considerar hermanos a quienes se acercan para preguntar y conocer mejor aspectos importantes de la iglesia. He visto conformismo, distanciamiento y una triste frialdad. En el caso del obispo fue peor. Por todo ello, cada vez que estos grandes hombres de la iglesia, se atreven a opinar de los problemas del mundo, mencionado a Dios y a la Iglesia, solo se me ocurre de ir: señor, líbranos de ellos. La hipocresía reina entre nosotros. Que Dios me perdone si me he excedido o errado en mi crítica. No es fácil estar seguro.
10/11/21 9:32 AM
Juan Mariner
Una Iglesia con su jerarquía al lado de grupos sociales de poderosos, interesadamente malminorista, pactista con el Enemigo, dominada por los patrioterismos, funcionarial que se ensaña con la ortodoxia y calla ante la heterodoxia... "no tiene futuro". Hay que dar paso a savia nueva, de la poca que nos queda, ante tanta destrucción. Han matado espiritualmente hasta casi ya tres generaciones.

"Al loro, que no estamos tan mal", dirán algunos. Mal no, peor.
10/11/21 10:54 AM
Padre Federico
Si no queremos una sociedad relativista, derribemos la democracia moderna y restauremos la Monarquía Católica.
Adelante! Hagámoslo!
10/11/21 1:32 PM
Julio M Espina
En la calle de las zapaterías había una que rezaba así: "La mejor del mundo"; bajando un poco había otra: "La mejor de España"; y ya al final, una pequeñita que decía: "La mejor de la calle".
Dedicado a todos los que dicen que no se puede arreglar nada en tanto ésto y lo otro y lo de más allá... En fin, ¿puedo cambiar yo?... pues así estaré cambiando el mundo, la Iglesia y todo.
13/11/21 4:27 PM
José Fermín
Muchas gracias, señor cardenal, por transmitirnos la Luz de Cristo, a Cristo mismo.
16/11/21 1:02 AM
hornero (Argentina)
“No cualquier futuro vale”, es verdad. No vale un futuro que postula solo el pasado. El futuro es un don propio de la vida del Reino de Dios que crece como el grano de mostaza. Si sólo consiste en volver todo atrás a tiempos mejores, eso no es futuro, es sólo un remiendo, Y si los buenos tiempos se echaron a perder, por más que los restablezcamos, se volverán a perder.

Si no entendemos que lo que sucede no sucede porque sí, que la oscuridad ha enceguecido las inteligencias, que el demonio ha esparcido sus tinieblas “porque sabe que le queda poco tiempo” (Apoc.), no podemos hablar de futuro.

El Reino de Dios crece sin interrupción, “Ven, siéntate a mi diestra hasta que hayan sido puestos tus enemigos como escabel de tus pies”. El triunfo del Corazón Inmaculado de María en el mundo, significa la derrota del mal, el derrumbe de la moderna Babilonia, del NOM.

La Virgen ha recibido de Su Hijo la Misión de traer el futuro de “los nuevos tiempos”, en los que la Aurora de María, esto es, la Luz de la Gloria de Cristo, ofrece a la Iglesia los dones que le permitirán vencer la astucia del enemigo; a la humanidad, la posibilidad de responder al llamado a la conversión; al universo, “participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom 8).
16/11/21 8:26 AM
Rexjhs
Me temo que las "vacunas" COVID son la principal herramienta de la imposición de un Nuevo orden mundial basado en un Gobierno único dictatorial anticristiano. Y el Card. Cañizares se la ha puesto. Poco discernimiento le veo en algo tan clave.
24/11/21 12:42 PM

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