La conversión del empresario ateo que prohibía hablar de Dios a sus hijos

Lo tenía todo y no era feliz:

La conversión del empresario ateo que prohibía hablar de Dios a sus hijos

Bruno se crio en una familia estrictamente atea y se definía como un quemaiglesias. Con un matrimonio feliz, dos hijos y éxito profesional, una pregunta lo desarmó: por qué no era feliz si lo tenía todo.

(El Debate/InfoCatólica) Bruno creció en el seno de una familia humilde y estrictamente atea, en la que la exigencia académica y profesional se concebía como la única vía de progreso. En ese ambiente fue forjando una mentalidad marcadamente estoica y autosuficiente, que él mismo resume así: «Yo soy responsable de cómo me va la vida... estoy solo contra el mundo».

 

 

Con los años, el éxito llegó en todos los terrenos. Formó un hogar junto a su esposa, Paloma, a la que define como «un 20 sobre 10», tuvo dos hijos maravillosos y consolidó una sólida trayectoria empresarial. Pero en el punto más alto de su bienestar material irrumpió una pregunta punzante: «Tengo mucho más de lo que me hubiese atrevido a soñar... soy un privilegiado, lo tengo todo. ¿Por qué no soy feliz?».

Durante años, su postura ante lo religioso fue inflexible. Aunque su mujer procedía de una familia católica, él se consideraba un «quemaiglesias» e impuso en casa una norma estricta: «Estaba prohibido hablarle de Dios a los niños».

Una decisión inesperada en mitad del camino

Sin embargo, la acumulación de tensiones, el ruido mediático y la observación diaria de la vida de su esposa empezaron a resquebrajar su armadura. Bruno percibía en Paloma una paz profunda, sostenida por sus creencias, y eso le provocaba una reflexión inquietante: «¿Por qué yo no? Si es que me venía la misma pregunta: ¿por qué si lo tengo todo no puedo ser feliz?». En medio de esa búsqueda interior, un pensamiento fulgurante lo cambió todo: «Si hay tanta maldad en el mundo, tiene que haber amor».

El punto de inflexión llegó de forma imprevista, durante un trayecto en coche con unos amigos. Sin previo aviso, Bruno anunció con resolución: «Voy a bautizar a los niños». Cuando llegó a casa y se lo comunicó a su mujer, ella pensó al principio que se trataba de una broma. Pero el compromiso era firme y coherente con su carácter decidido.

El gimnasio como campo de misión

El escenario del cambio no fue un templo ni un retiro espiritual, sino la rutina diaria de las pesas y las máquinas del gimnasio. Allí coincidían Bruno, su esposa Paloma y Javi, un conocido de fe contagiosa que la compartía con naturalidad entre ejercicio y ejercicio. Paloma, consciente del vacío interior y de la insatisfacción que embargaban a su marido, no dudó en confiarle su desvelo a Javi durante uno de sus entrenamientos: «A ver si consigues convertir a este, que es más duro». Aunque Javi aclaró con humildad que él no convertía a nadie, aceptó el reto con determinación.

Sin pensarlo dos veces, Javi se dirigió a Bruno, lo miró fijamente a los ojos y le lanzó una advertencia que desarmó al riguroso empresario: «Tú, voy a empezar a rezar por ti para que te conviertas». La primera reacción de Bruno fue de distancia, porque aquello no le sentó del todo bien. En los días buenos respondía con un cortés «muchas gracias»; en los más escépticos, le replicaba con sorna: «Sí, sí, reza lo que quieras, que yo no».

Lejos de amedrentarse ante las evasivas, Javi respondía siempre con una sonrisa y una frase premonitoria: «Torres más altas han caído». La terquedad del joven empresario le recordaba la figura de San Pablo, y estaba convencido de que los perfiles más difíciles eran precisamente «los favoritos del Señor» y de que Dios se glorificaría aún más en su conversión. Con esa certeza, Javi y su esposa, María, empezaron a rezar cada día por la conversión de Bruno.

El compromiso de ir a por todas

Fiel a su carácter resolutivo y perfeccionista, Bruno no concibió el bautismo de sus hijos como un mero trámite social ni como un gesto superficial, sino como un compromiso vital absoluto: «Si bautizamos a los niños, tenemos que ejercer de padres católicos; yo esto no lo hago por si acaso, voy a por todas». Con esa determinación, el matrimonio empezó a trabajar activamente en su relación y en la educación de sus hijos, y comenzó a acudir a la iglesia.

Pese a sus reticencias iniciales, Bruno descubrió enseguida el bien interior que le hacía esa nueva rutina: «Yo notaba que me hacía bien y que era muy interesante, sobre todo para alfabetizarme religiosamente». Para el empresario era fundamental que la vivencia espiritual estuviera respaldada por fundamentos sólidos: «Una cosa es decidir tener fe y otra tener los conocimientos que la respaldan».

Aunque reconocía lo mucho que le aportaba formarse, a un profesional de temperamento eminentemente práctico y enérgico le costaba adaptarse a una actitud más contemplativa: «A mí me costaba un poquito el tema de las homilías porque soy una persona muy dinámica; lo de estar sentado, quieto y solo escuchando me cuesta un poquito».

Lágrimas en la alabanza

Fue entonces cuando la intervención de Javi volvió a ser providencial. Le orientó hacia las sesiones de alabanza de la parroquia de Villanueva, que ofrecieron a Bruno una experiencia participativa y viva, en la que la música, el canto y la oración compartida le permitieron canalizar su energía e implicarse de forma activa. Allí, al ver el gozo real de la comunidad y al sorprenderse a sí mismo llorando de emoción a pesar de su coraza, comprendió que la fe no era solo un conjunto de conceptos teóricos que escuchar sentado, sino una vivencia comunitaria capaz de transformar el corazón.

Hoy la transformación de Bruno se refleja en una mayor paciencia, en más flexibilidad en sus relaciones laborales y personales y en una serena aceptación de las contrariedades del día a día. Quien en el pasado negaba incluso la existencia histórica de Jesús concluye ahora su testimonio con rotundidad: «La persona que más admiro, pero de lejos, es la figura de Jesucristo».

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