(InfoCatólica) La vida humana se respeta en todas sus fases y estados, y nadie puede ser rechazado. El Papa León XIV lo proclamó este sábado ante profesores, estudiantes y responsables de centros educativos en la Universidad Católica de Uruguay, en Montevideo. Fue durante un encuentro en el que pidió superar las visiones que reducen el cuerpo a un objeto y alertó de la paradoja de una época que atribuye inteligencia a las máquinas mientras descarta a las personas.
Era el segundo día del viaje apostólico que, hasta el 17 de noviembre, lo lleva a Uruguay, Argentina y Perú. La jornada había comenzado con la Misa en el Parque París Londres de Paysandú, la primera de la visita en tierra uruguaya. Continuó por la tarde con un encuentro con la realidad social de Casavalle, un barrio vulnerable de la capital marcado por la pobreza, donde el Pontífice propuso la parábola del buen samaritano como respuesta a la violencia y a la indiferencia.
«La reducción del cuerpo a un objeto»
En la Universidad Católica, el Papa saludó al Cardenal Daniel Sturla, S.D.B., Gran Canciller de la institución, y al rector, el padre Julio Fernández Techera, S.I. Recordó que hace poco más de treinta y ocho años San Juan Pablo II visitó aquella casa de estudios, que entonces «estaba dando sus primeros pasos». Agradeció la labor de quienes, en los distintos niveles de la enseñanza, trabajan «en favor del anuncio del Evangelio y de la dignidad de la persona humana». Esa constancia, dijo citando su carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, demuestra que la educación católica en Uruguay ha llegado a ser «la forma concreta con la que el Evangelio se convierte en gesto educativo, relación, cultura».
El objetivo de la pastoral educativa, explicó, es que estudiantes, profesores y directivos escuchen, vean, gusten, toquen y huelan la Buena Noticia, de modo que quien forma parte de la comunidad educativa «crezca y fortalezca su inalienable dignidad de persona humana». Extendió esa tarea a la educación extraescolar y a las comunidades de reinserción social o terapéutica, donde «más aún que las palabras, cuenta la presencia atenta y el testimonio de vida de adultos creíbles, competentes y que cooperan entre sí».
Para alcanzar esa meta, el Papa consideró necesario «superar las visiones dualistas: El ser humano es "unidad de cuerpo y alma". La reducción del cuerpo a un "objeto", del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona». A partir de ahí invitó a los presentes a un breve «paseo» por los cinco sentidos para redescubrir «la belleza del Evangelio y la magnificencia de nuestra humanidad».
Contemplar, tocar, gustar
El recorrido arrancó con la vista y con un versículo del salmo, «Cuando contemplo el cielo» (Sal 8,4). De la contemplación de la creación y del encuentro con Dios nace, señaló, la conciencia de «nuestro lugar en el plan de Dios y de nuestra responsabilidad personal y colectiva». Por eso se dirigió a los educadores con estas palabras: «Contemplar es evangelizar en ese proceso cognitivo cada vez más difícil: La atención». Cuando crece la atención, los niños y jóvenes logran la profundidad que añoran y encuentran espacios de silencio y discernimiento. «Les pido que en su labor educativa la contemplación tenga un lugar privilegiado», añadió.
Del mismo salmo tomó la imagen del cielo como «obra de tus dedos» para hablar del tacto. Solo el hombre tiene dedos que trabajan la tierra, saludan, acarician y abrazan. «No obstante, no podemos olvidar que, en la actualidad, los dedos humanos están produciendo la más terrible de las "obras humanas": la guerra», advirtió. A la educación católica le corresponde, a su juicio, descubrir el valor de las manos para fomentar la paz, situando a los jóvenes entre el abrazo bautismal del Padre y el del Padre misericordioso que espera en la gloria. «Quien se siente abrazado por el Padre es, inevitablemente, un constructor de paz».
El gusto, con la cita de San Pedro «Han gustado qué bueno es el Señor» (1 P 2,3), le sirvió para hablar de la sabiduría que nace de experimentar y de rumiar. «No puede ser considerado sabio aquel que reúne información, sin discernir, sin reflexionar, sin conocer el contexto», afirmó. De ahí la urgencia de que la escuela y la universidad contribuyan al «uso sabio de las tecnologías y la IA, colocando a la persona antes que el algoritmo y armonizando las inteligencias técnica, emocional, social, espiritual y ecológica».
La paradoja de las máquinas «inteligentes»
Para el olfato evocó la unción en Betania, cuando «la casa se llenó de la fragancia del perfume» (Jn 12,3), y el comentario de San Agustín, para quien el olor bueno es la buena fama. La del hombre de hoy, lamentó el Papa, ha sufrido innumerables golpes, «hasta el punto de que desechar, rechazar, menospreciar, se ha convertido en un olor nauseabundo, aceptado por nuestro olfato».
Ese proceso de deshumanización es, dijo, un desafío para las instituciones educativas. Para describirlo recuperó sus propias palabras en la sede de la UNESCO el pasado 25 de septiembre: «La paradoja resulta cada vez más evidente: mientras se atribuye "inteligencia" a los sistemas computacionales, nos cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas, cuyas vidas se juzgan según el criterio de la eficiencia y, cuando se considera que ya no son productivas, son rechazadas y descartadas». Y concluyó: «Es indispensable que defendamos el buen olor de la persona humana, fundamentados en el buen olor del Mesías. Necesitamos proclamar de nuevo que la vida humana se respeta en todas sus fases y estados. Nadie puede ser rechazado».
El paseo terminó con el oído y con el «El que tenga oídos, que oiga» de Mt 13,9. La educación católica, sostuvo, «no puede estar proyectada en un circuito cerrado», sino que debe escuchar a las familias, a la sociedad civil, a las autoridades y al mundo del trabajo. Sabiduría, prudencia y justicia deben adornar los proyectos educativos en un tiempo en que las generaciones cambian deprisa y en que «estar al día, sin abandonar la sana tradición, es todo un desafío».
Al cierre pidió a los educadores que sigan contemplando a toda la persona, «cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad», con palabras de Gaudium et spes, e impartió la bendición apostólica bajo el amparo de la Virgen María, Sede de la Sabiduría. Después, en un saludo improvisado, expresó a los jóvenes su deseo de que sean «esa voz que Uruguay necesita para descubrir de verdad cuánto es importante la fe en Dios, cuánto es valiosa la vida humana y cuánto valor tiene la vida de cada uno de ustedes».
Puentes con buenos cimientos
Por la mañana, en Paysandú, León XIV había celebrado la primera Misa de su visita en suelo uruguayo. Las lecturas, explicó, describen la figura del hombre justo, «que sirve a Dios y lo pone en el centro de su vida, y que es fiel en todo lo que se le confía». El Papa recordó a quienes, desde los inicios de la evangelización del continente, llegaron a aquellas tierras rioplatenses para anunciar la alegría del encuentro con Cristo. Entre ellos se detuvo en el Beato Jacinto Vera, obispo de Montevideo, «testigo coherente de la fe que anunciaba, generoso en la caridad y entregado totalmente a la misión apostólica».
El «obispo gaucho» atendía a los enfermos a caballo y recorrió tres veces el territorio uruguayo. Durante la Defensa de Paysandú, en 1864, se instaló en la Isla de la Caridad, frente a la ciudad sitiada, para atender a refugiados y heridos de ambos bandos, «suplicando en nombre de Dios que los ejércitos de hermanos se dieran el abrazo fraternal». A los fieles de hoy les corresponde continuar ese legado «con justicia, honestidad y fidelidad, conscientes de que el mensaje que anunciamos no nos pertenece», porque es un tesoro llevado en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7).
La homilía se articuló en torno a tres símbolos de la región. El primero, el puente internacional General Artigas, que cruza el río Uruguay y une dos países. «¡Qué importante es ser constructor de puentes!», exclamó el Pontífice, que subrayó a continuación que un puente necesita «buenos cimientos» para no ceder ante las corrientes, como la casa edificada sobre roca (cf. Mt 7,24-27). «Cada vez que vayan a la costa y divisen el puente, recuerden que este símbolo nos representa y nos indica la importancia de una sólida formación cristiana. Necesitamos estar bien preparados para dar razones de nuestra fe a todo el que nos lo pida (cf. 1 P 3,15) y no dejarnos arrastrar "por cualquier clase de doctrinas extrañas" (Hb 13,9)».
Palmares, mate y fe transmitida
El segundo símbolo fueron los palmares. Con el salmo «el justo florecerá como una palmera» (Sal 92,13), el Papa describió un árbol que resiste los vientos gracias a sus raíces profundas y que en aquella región no crece aislado. «Así también la Iglesia es una comunidad de hermanos que hunde sus raíces y bebe de un manantial común: la Palabra de Dios, los Sacramentos, la oración y la acción caritativa».
El tercero, el mate, presente «en cada hogar de este país». «¡También hasta Roma ha llegado el mate!», bromeó. Lo presentó como signo de familiaridad, amistad y encuentro, un ritual «donde se dialoga sin palabras». Recordó también los mates que se toman en soledad, acompañando momentos de silencio y oración en los que tantos han confiado a Dios sus preocupaciones y anhelos.
La fe, añadió, forma parte del pueblo uruguayo desde sus orígenes, «y es necesario transmitirla a las futuras generaciones con valentía creativa». Con el versículo «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho» (Lc 16,10), insistió en que las semillas sembradas por los evangelizadores siguen vivas, pero necesitan condiciones para crecer. «Es necesario seguir formando en la fe a los niños y jóvenes, acompañando a las familias, sosteniendo a los ancianos y practicando las obras de caridad».
La exhortación final resumió los tres símbolos: «Sean puentes, para que muchos se encuentren con Jesús. Sean comunidad fraterna, que se reúne y comparte la vida y los proyectos, los sueños y las esperanzas, especialmente con los más necesitados. Sean comunidad orante, que mantiene el diálogo con el Señor "como un amigo habla con otro amigo" (cf. Jn 15,15). ¡Cristo cuenta con ustedes! ¡Cristo cuenta contigo!». Encomendó después a los uruguayos a la Virgen de los Treinta y Tres.
Tras la Misa, en la plaza de la basílica de Nuestra Señora del Rosario, el Papa retomó los tres símbolos en un saludo improvisado y deseó que ayuden a vivir la fe «a pesar del dolor, de las dificultades, de los desafíos, buscando la presencia de Dios entre nosotros». Antes de regresar a Montevideo firmó en el aeropuerto el Libro de Honor de la ciudad con una oración: «Le pido al Señor que bendiga al pueblo de Paysandú, fortalezca su esperanza y haga fructificar el bien que siembran cada día».
Casavalle: «No podemos pasar de largo»
Ya por la tarde, en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe de Casavalle, León XIV pidió en un primer saludo a las familias la bendición de Dios para cada hogar del barrio. Recordó que una bendición grande llega «cuando aprendemos a trabajar juntos, a colaborar en un proyecto común y a decir que la vida es importante». En su discurso agradeció la acogida del Cardenal Sturla, arzobispo de Montevideo, del párroco, el padre Pablo Coimbra, y de Carmen Albana Sanz, así como los testimonios de Angélica, Alan y Katherine. «Viéndolos, me siento como en casa, recordando las visitas a distintas comunidades como misionero», confesó.
La advocación del templo le dio pie para hablar de la misión parroquial: «María nos enseña a hacer lo que nos dice su Hijo Jesús (cf. Jn 2,5), y esa es la misión de las parroquias: ser como un faro que señale la presencia de Jesucristo, ofreciendo a todos la luz de la Palabra de Dios, el auxilio de los Sacramentos, la ayuda de la oración y el bálsamo de la caridad fraterna». El Papa se alegró de haber contribuido, a través de los benefactores de la Papal Foundation, al proyecto parroquial de viviendas para familias sin recursos, y deseó que sean «mucho más que un techo: un verdadero hogar donde puedan crecer en dignidad, paz y esperanza».
El buen samaritano en el barrio
El centro del discurso fue la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,29-37). A la agresión sufrida por el hombre del camino se sumó, recordó, «el dolor causado por la indiferencia de aquellos que, aun viéndolo necesitado, pasaron de largo». Esa historia se repite hoy, dijo, «en los numerosos casos de inseguridad y de violencia que lamentablemente amenazan la paz de nuestros barrios, e incluso la vida de nuestros seres queridos». Frente a ella está la labor de instituciones y personas de buen corazón, con un ejemplo luminoso en la vida entregada del Padre Cacho, «que supo tender puentes, derribar muros y generar encuentro», como había contado Angélica en su testimonio.
«No podemos pasar de largo cuando sabemos que hay niños en Uruguay que no van a la escuela por miedo a no volver. No podemos acallar nuestra conciencia cuando constatamos que una madre no tiene los medios para alimentar a sus hijos. No podemos ignorar que en nuestro entorno hay mucha gente que sufre, que está sola y es vulnerable», afirmó. Y añadió: «Un hijo de este país, tan rico en recursos, no debería irse a dormir sin comer, ni debería renunciar a recibir una educación y un futuro dignos debido a la inseguridad que reina en las calles».
El Pontífice reclamó el trabajo conjunto de la Iglesia, la comunidad civil y el Estado, y citó a Francisco en Fratelli tutti: «Enfrentamos cada día la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo». Precisó a continuación el modo propio de la acción eclesial con la encíclica Magnifica humanitas. La labor de la Iglesia nace de la caridad evangélica, «que la impulsa a acercarse a las heridas de la humanidad en los momentos en que estas se manifiestan con mayor gravedad. Cuando interviene, lo hace imitando al buen samaritano, con discreción y cercanía, consciente de que lo que surge de una necesidad inmediata no puede convertirse en norma, ni sustituir las responsabilidades institucionales propias de la comunidad civil».
Cerró con el envío de Jesús al final de la parábola, «Ve, y haz tú lo mismo» (Lc 10,37), y encomendó a la comunidad a la Virgen de Guadalupe, «a quien profeso especial afecto y veneración, pues en su fiesta recibí la ordenación episcopal».








