(InfoCatólica) Cuatro días después de recibir el alta hospitalaria, el Papa León XIV volvió este miércoles, 21 de octubre, a la plaza de San Pedro para presidir la Audiencia General. Dedicó su catequesis al matrimonio y la familia y, siguiendo la constitución pastoral Gaudium et spes, recordó que la donación recíproca del hombre y la mujer exige la «plena fidelidad» y la «indisoluble unidad» de los cónyuges.
El Pontífice fue sometido el martes 13 de octubre, en el Policlínico A. Gemelli de Roma, a la extirpación del lóbulo inferior del pulmón derecho a causa de un adenocarcinoma. Sus primeras palabras ante los fieles fueron de gratitud hacia quienes han rezado por su recuperación: «Lo primero que quiero decirles es: ¡gracias! Gracias por el apoyo de sus oraciones. Gracias a Dios por su generosidad. Renovemos todos nuestra confianza en la bondad y la misericordia de Dios».
La familia, primera urgencia del Concilio
La catequesis, la sexta del ciclo sobre los documentos del Concilio Vaticano II dedicada a Gaudium et spes, llevaba por título «El compromiso con la familia en la sociedad de hoy» y se centró en los números 47 a 52 de la constitución. Una vez expuesta la primera parte del documento, dedicada a la dignidad de la persona y su vocación en el mundo, el Papa abordó la segunda, en la que el Concilio examina «a la luz del Evangelio y de la experiencia humana» algunos de los problemas contemporáneos más urgentes.
El primero de ellos es el matrimonio y la familia, con la convicción de que «el bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar» (GS, 47). León XIV explicó que la constitución no se limita a reiterar los valores y los fines del matrimonio, sino que plantea una concepción renovada del mismo como «íntima comunidad conyugal de vida y amor» (GS, 48). Integrando la dimensión jurídica del matrimonio como contrato, sitúa el fundamento de esta unión en el «pacto conyugal», entendido como el «acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente».
Fidelidad plena y unidad indisoluble
De esa entrega mutua se derivan las propiedades del vínculo. «La donación recíproca del hombre y de la mujer, "de modo que ya no son dos, sino una sola carne" (Mt 19,6), motiva la exigencia de la "plena fidelidad" y de la "indisoluble unidad" de los cónyuges; y encuentra una expresión viva en la procreación y en la educación de los hijos», afirmó el Papa.
«Reflejo de la Trinidad divina, el amor conyugal y parental, a través del Sacramento del matrimonio, "se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo", para que los cónyuges puedan amarse el uno a la otra "como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella"», añadió.
El amor conyugal, prosiguió, no se reduce al atractivo erótico, que también forma parte de él, sino que abarca toda la voluntad de los esposos y se expresa en sentimientos y gestos de ternura. «Este amor abarca el bien de toda la persona del hombre y de la mujer, iguales en dignidad; impregna toda la vida de los cónyuges y encuentra expresión en los actos exclusivamente propios del matrimonio».
Los hijos, «el don más excelente del matrimonio»
La fecundidad del amor conyugal se expresa en la procreación de los hijos, a los que el Concilio llama «el don más excelente del matrimonio» (GS, 50). Al transmitir y educar la vida humana, que según el Papa «nunca debe ser descartada», los esposos se convierten en «cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes».
León XIV se detuvo en la responsabilidad de los padres en ese juicio sobre su propio bien y el de sus hijos, «ya nacidos o todavía por venir». «Este juicio que, en último término, los esposos deben formar personalmente ante Dios, exige que su conciencia se ajuste a la ley divina, interpretada por el Magisterio de la Iglesia a la luz del Evangelio».
«Rechazando el aborto y el infanticidio»
La valoración conjunta de la comunión amorosa y de la fecundidad lleva al Concilio a excluir que pueda haber «contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal» (GS, 51), y a pedir que se mantenga en un contexto de verdadero amor «el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación».
«De ello se sigue que "la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado", rechazando "el aborto y el infanticidio"; y que "los mismos actos propios de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados con gran reverencia"», señaló el Pontífice.
Un deber para los responsables políticos
La enseñanza conciliar culmina en la función social de la familia, que Gaudium et spes define como «escuela del más rico humanismo» y «fundamento de la sociedad» (GS, 52). El Papa recordó que la constitución señala a quienes tienen responsabilidades sociales, especialmente en el ámbito político y cultural, el deber de «contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia».
«Queridísimos, este compromiso es más urgente que nunca», concluyó. La Iglesia lo sabe bien, explicó, como demuestra la solicitud pastoral de los Papas posteriores al Concilio, hasta la doble Asamblea sinodal convocada por el Papa Francisco, sobre la que han dialogado recientemente los jefes de las Iglesias Orientales Católicas y los presidentes de las Conferencias Episcopales. En su saludo a los peregrinos de lengua española, León XIV pidió que la Sagrada Familia de Nazaret proteja a todas las familias del mundo.







