(NCRegister/InfoCatólica) Más de ocho de cada diez católicos que acuden a misa los domingos en Estados Unidos se criaron con sus padres casados, y casi nueve de cada diez sacerdotes ordenados en los dos últimos años proceden de familias intactas. Con esos datos como punto de partida, el apostolado estadounidense Communio ha publicado un informe que pide a la Iglesia asumir un papel mucho más activo ante el desplome del matrimonio, a pocos días de que obispos de todo el mundo se reúnan en Roma para hablar de la familia.
El documento, titulado The State of Marriage and the Family in the United States (El estado del matrimonio y la familia en Estados Unidos), lo firman J. P. De Gance, fundador y presidente de Communio, y Jared Smyth, vicepresidente de la organización, que se dedica a ayudar a las parroquias con estrategias basadas en datos. Su tesis central es que los jóvenes siguen queriendo casarse, pero han desaparecido «los caminos, los modelos y el aliento» para hacerlo. «Allí donde las parroquias estadounidenses han hecho del matrimonio una prioridad deliberada, se han recuperado tanto los matrimonios como la asistencia a misa, lo que sugiere que el declive refleja abandono y no inevitabilidad», sostiene el texto.
El informe se difunde antes del encuentro que se celebrará en el Vaticano del 7 al 14 de octubre, convocado por el Papa León XIV con motivo del décimo aniversario de Amoris laetitia. El estudio se articula en torno a los cinco ejes temáticos propuestos para esas jornadas, desde la situación actual de las familias hasta el papel de los esposos cristianos en la misión de la Iglesia.
La crisis de la familia precedió a la de la fe
Las cifras que recoge el informe describen un retroceso sostenido. Los matrimonios sacramentales han caído casi un 75% en unos cincuenta años. En 2023 se celebraron en Estados Unidos 401.654 funerales católicos y solo 111.245 bodas católicas, mientras la población católica del país pasaba en ese periodo de 54 a 75 millones de personas. La tasa de nupcialidad general ha bajado un 65% desde 1970, y el país vive por primera vez en su historia una situación en la que la mayoría de los adultos no está casada. Los hogares formados por padres casados con hijos menores de 18 años, que en 1970 eran en torno al 40% del total, rondan hoy el 18%.
Los autores se apoyan en la tesis de la ensayista Mary Eberstadt, que en How the West Really Lost God (2013) sostuvo que la crisis del matrimonio y la familia en Occidente precedió cronológicamente a la crisis de fe y la provocó. Según una encuesta de Communio realizada en 2024 a 7.440 católicos que van a misa cada semana, el 83% se crió con sus padres casados. «Ninguna renovación de la fe puede adelantarse a la pérdida de la antropología cristiana que la sostiene», advierte el resumen del informe.
«La práctica religiosa de los padres, un vínculo cálido entre padres e hijos y un matrimonio estable pesan más que cualquier programa institucional en la transmisión de la fe. La pastoral matrimonial no compite con los colegios, la catequesis o la pastoral juvenil. Es la condición para que den fruto duradero», concluye el documento.
Jóvenes que quieren casarse, pero no dan el paso
El estudio insiste en que el deseo de casarse no ha desaparecido. En 1993 el 83% de las chicas estadounidenses en el último curso de secundaria decía que quería casarse algún día; en 2023 lo afirmaba el 61%, mientras que entre los chicos la cifra apenas ha variado. Sin embargo, solo el 31% de los adultos de entre 22 y 35 años sale activamente con alguien, y el 74% de las mujeres y el 64% de los hombres de esa franja reconocen no haber tenido citas, o muy pocas, en el último año.
Los autores hablan de un cambio de mentalidad que ha convertido el matrimonio de piedra angular en broche final. En 1970 el novio estadounidense medio tenía 23 años, se casaba con poco y construía el resto después; hoy tiene 30 y se le pide antes terminar los estudios, asentar una carrera, saldar deudas y comprar casa. Los padres refuerzan esa secuencia, ya que el 88% considera muy importante que sus hijos sean económicamente independientes y solo el 21% dice lo mismo de que se casen.
«Los padres tienen que decir a sus hijos qué creen realmente que es lo más importante en la vida», señaló Smyth en declaraciones por correo electrónico. «Si al final de nuestras vidas nos va a importar más la familia que formen nuestros hijos y la fe que practiquen que la carrera que construyan, tenemos que decirlo».
El informe ve también una oportunidad en el cansancio de los jóvenes ante las aplicaciones de citas, porque las parroquias siguen siendo de los pocos lugares donde pueden conocerse en persona. «Ahora mismo existe muy poco que ayude a los jóvenes, adolescentes y jóvenes adultos a aspirar a una relación que pueda convertirse en un matrimonio sacramental, a discernirla y a construirla», afirmó De Gance. «Los matrimonios activos en sus parroquias tienen que reclamar una pastoral real y práctica que llene ese vacío».
Un puente hasta el altar y nada al otro lado
El diagnóstico más severo del documento se refiere a lo que ocurre después de la boda. El 85% de las iglesias no destina ningún recurso a la pastoral matrimonial o de relaciones, más de nueve de cada diez carecen de pastoral para ayudar a los solteros a discernir y formar relaciones orientadas al matrimonio, y solo el 23% de los párrocos católicos ofrece algún acompañamiento a los recién casados. Las parroquias, resume el informe, acompañan de cerca a las parejas hasta el altar y después las sueltan, precisamente en los primeros cinco años, cuando se produce la mayoría de las separaciones.
Los autores sostienen que el remedio está al alcance de cualquier parroquia. Entre 8 y 12 horas anuales de formación práctica mejoran de forma medible la salud del matrimonio, y los esposos que rezan y participan juntos en el culto se divorcian entre un 30% y un 50% menos. Como ejemplo citan la iniciativa desarrollada entre 2022 y 2025 en la archidiócesis de Kansas City (Kansas) con Communio, por la que pasaron unas 30.000 personas y en cuyas parroquias participantes la asistencia media a la misa dominical aumentó un 23%.
«La llamada universal a la santidad también se aplica a los casados», subrayó De Gance. «Para los casados, también crecemos en santidad a través de nuestra vocación. Esto significa que los matrimonios necesitan desarrollar tanto las capacidades y disciplinas espirituales como las capacidades y disciplinas humanas de la vida conyugal. La parroquia local debería hacer que sea fácil, normal y habitual que todos los matrimonios crezcan en estas capacidades».
El estigma, primer obstáculo
Entre uno de cada cinco y uno de cada cuatro casados que van a misa el domingo reconocen atravesar dificultades en su matrimonio, según los datos de Communio. Muchos no piden ayuda porque acudir a un curso o un retiro matrimonial se interpreta como señal de fracaso. Por eso el informe propone invitar primero a los matrimonios que funcionan bien, de modo que participar sea lo normal. «Allí donde el enriquecimiento se ofrece a todos los matrimonios como mantenimiento ordinario, las parejas en dificultad tienen muchas más probabilidades de darse a conocer. Y donde el personal y el clero saben qué hacer a continuación, quienes de otro modo sufrirían en silencio reciben ayuda», escriben los autores.
El segundo obstáculo es la falta de preparación del clero. El 88% de los sacerdotes atiende a matrimonios, pero el 64% se siente poco o solo medianamente cualificado para hacerlo. El documento propone que la parroquia actúe como primer interviniente y no como cirujano, con un pequeño equipo de matrimonios laicos formados que acojan, escuchen y deriven a cada caso a la ayuda adecuada.
«El impacto sería civilizatorio»
Los autores recuerdan que las campañas diocesanas y parroquiales de promoción vocacional lograron en muchas diócesis frenar la caída de las vocaciones sacerdotales, y sostienen que aplicar los mismos recursos y el mismo empeño a la vocación matrimonial puede dar resultados equivalentes. Invocan además la enseñanza de San Pablo VI en Humanae vitae (n. 26), según la cual los esposos se convierten en apóstoles de otros esposos, como mecanismo para que la pastoral crezca sin necesidad de más personal.
El informe cierra con cuatro recomendaciones, que son medir el estado real de los matrimonios de cada parroquia mediante encuestas anónimas, construir formación continua después de la boda, eliminar el estigma y predicar con claridad la grandeza del matrimonio, que «nunca ha estado reservado a quienes ya lo tienen todo en orden».
De Gance estará en Roma durante el encuentro. «Espero que la Santa Sede vea que el matrimonio es ahora mismo la necesidad más central de la Iglesia, y también una de las que menos financiación y recursos recibe», afirmó. «Si los obispos y otros responsables dan pasos reales para revertir la caída libre del matrimonio, el impacto sería civilizatorio».







