(InfoCatólica) En un mundo en el que todo tiene que ser inmediatamente visible, el Papa León XIV ha pedido a las monjas dominicas que custodien el silencio como valor fundamental de la vida claustral. Lo hizo este miércoles, 30 de septiembre, en la Sala de los Papas, al recibir a la Comisión Internacional de las Monjas Dominicas Contemplativas, a cuyas integrantes invitó además a no preguntarse «cómo mantener estructuras que se vacían», sino a escuchar lo que el Espíritu pide hoy a su vocación.
El Pontífice abrió su discurso con una referencia a la sierva de Dios Sor María Petra Giordano, monja profesa de la Orden de Predicadores cuyas virtudes heroicas fueron reconocidas el pasado mes de junio. La religiosa italiana participó en la revisión de las constituciones de las monjas dominicas tras el Concilio Vaticano II. De ella dijo el Papa que «ha hecho de la fe y de la vocación los puntos fijos de su vida consagrada».
Fe y llamada, añadió, pueden orientar también este encuentro, «para reafirmar que la vocación contemplativa, en el espíritu dominico y en la Iglesia entera, no se ubica en los márgenes de la misión, sino que es su corazón latente».
Del silencio nace el anuncio
León XIV recordó que, según los escritos de Jordán de Sajonia, sucesor inmediato de Santo Domingo, las monjas de las primeras comunidades femeninas, dedicadas principalmente a la oración contemplativa y al estudio, acompañaron desde los comienzos con la penitencia la predicación de los frailes, participando del mismo carisma.
Citó también el principio de Santo Tomás de Aquino, según el cual se transmite a los demás el fruto de la propia contemplación, y que en palabras del Papa «retoma la intuición de santo Domingo, según la cual cada palabra de anuncio, para que sea verdadera, debe tener su origen en el silencio, la escucha, la oración y una profunda relación con Dios». Recurrió asimismo a una enseñanza de su predecesor Francisco, para quien la contemplación es «"respiración" de nuestra relación con Dios».
El Papa se dirigió de forma particular a las presidentas federales, a quienes recordó que su presencia en las visitas a los monasterios, más allá de los trámites administrativos, las hace «ante todo guardianas de estos valores». Por ello, pidió que esas visitas «sean siempre, en primer lugar, momentos de encuentro común con el Señor: en la oración, en la escucha recíproca, en la corrección fraterna y en la reconciliación».
Oasis de paz en un mundo acelerado
El Pontífice subrayó que las Constituciones de las monjas exigen el respeto diligente del silencio, que sirve no solo para custodiar la observancia y la quietud del monasterio, sino también para mirar dentro de sí y estar atentas a las hermanas de la comunidad y a las de fuera.
«Hacer silencio es un acto de la voluntad, que implica toda la persona y que ayuda a vivir relaciones sólidas, porque están animadas por la Palabra de Dios. Es crear espacios de libertad y de verdad, en los cuales custodiar la atención, volviéndose sensibles a la voz de quien "no cuenta", y madurando sabiduría y generosidad», afirmó.
«Esto es particularmente importante en un mundo marcado por la velocidad, en el cual todo tiene que ser inmediatamente visible y cada vacío es llenado con rapidez», prosiguió. Por eso pidió que las comunidades contemplativas ofrezcan «oasis de verdadera y profunda paz, donde se acalle el caótico afán ligado a las cosas exteriores y uno se pueda poner a la escucha de la voz de Dios».
Menos vocaciones y la tentación de sobrevivir
León XIV no eludió las dificultades que atraviesan los monasterios, como ya hizo el 21 de septiembre ante una delegación de la Federación de Clarisas Capuchinas de Italia. Enumeró «comunidades que languidecen; fallecimientos que superan las nuevas vocaciones; disminución de la capacidad de trabajo, con los consecuentes problemas económicos; gestión de inmuebles grandes y onerosos», además de retos como la formación compartida o la interculturalidad.
Advirtió frente a la tentación del «espíritu de supervivencia», que lleva a aislarse y a reducir los compromisos con la ilusión de que bastan las propias fuerzas. «Frente a todo esto, les invito a no hacerse la pregunta de cómo mantener estructuras que se vacían. Escuchen, más bien, qué pide el Espíritu, hoy, a la vida contemplativa dominica, siendo conscientes de que, antes que gestiones que realizar, hay una llamada a la que responder, un fuego que arde y que no se puede dejar morir», dijo, evocando a Santa Catalina de Siena.
«Su servicio a la Iglesia es precioso: continúenlo con confianza, en la comunión y con discernimiento, unidas pero sin uniformarse, fieles a la tradición y abiertas a la novedad, contemplativas porque son capaces de llevar al mundo delante de Dios», concluyó el Papa, que encomendó a las religiosas a la Virgen María, invocada con el Santo Rosario, antes de impartirles la Bendición Apostólica.








