Convivir antes de casarse o cómo destruir el matrimonio
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Convivir antes de casarse o cómo destruir el matrimonio

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Contemplo con estupefacción y perplejidad cómo la gente se acerca a casarse actualmente a la Iglesia Católica. ¿Saben ustedes que el matrimonio según la ley divina no es una foto bonita de Instagram? Con esta pregunta provocadora quisiera iniciar este artículo para explicar el verdadero sentido del matrimonio católico, en un mundo donde prima lo estético a lo ético. 

Debemos recordar con rigor doctrinal que la cohabitación previa a la celebración del sacramento sitúa a los novios en una condición objetiva de pecado grave, de escándalo público y de ocasión próxima de pecado (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, [CIC] nn. 1857-1860, 2353). Esta forma de vida es incompatible con el estado de gracia requerido para la vivencia fructífera de la fe cristiana.

Esta práctica desatendida no es un simple fenómeno pasajero, sino el reflejo de dinámicas sociales e ideológicas estructuradas que buscan la erosión paulatina de la familia. Recordemos que la familia constituye el núcleo natural e insustituible para el desarrollo integral de la persona y la preservación de la libertad frente al poder político (cf. S. S. León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 16 de mayo de 2025). Al debilitar la estabilidad del hogar, el individuo queda expuesto e indefenso ante las imposiciones de los sistemas ideológicos dominantes.

¿Qué es el matrimonio?

El Diccionario de la Lengua Española (RAE) define el matrimonio en su acepción principal como la «unión de hombre y mujer, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses». Resulta revelador que la propia institución lingüística incorpora una segunda acepción para incluir las uniones entre personas del mismo sexo según el derecho civil. Este cambio documental constituye una prueba evidente del vaciamiento semántico al que la cultura contemporánea ha sometido a esta institución tradicional.

La necesidad de protección de la excelsa institución nace de su carácter natural y antecedente a cualquier positivización legal dictada por el Estado. En el vínculo matrimonial, un hombre y una mujer se entregan mutuamente para la transmisión de la vida y la ayuda espiritual. Iniciar una cohabitación prescindiendo de un compromiso definitivo de fidelidad desmantela las bases mismas del orden social (cf. Casti connubii, 1930; Familiaris consortio, 80-81).

El Catecismo Mayor de San Pío X (n. 831; ed. oficial en español de 1973) define con solidez esta realidad: «El Matrimonio es un sacramento instituido por nuestro Señor Jesucristo, que establece una santa e indisoluble unión entre el hombre y la mujer y les da gracia para amarse uno a otro santamente y educar cristianamente a los hijos».

En la codificación canónica tradicional se definía con claridad transparente la ordenación de esta institución (CIC 1917, c. 1013 §1). Se señalaba la procreación y educación de la prole como fin primario, asignando a la ayuda mutua y al remedio de la concupiscencia (remedium concupiscentiae) la condición de fines secundarios.

El nuevo Código de 1983 (CIC 1983, c. 1055 §1) sitúa en primer plano y como fin del matrimonio el «bien de los cónyuges». Este nuevo ordenamiento tristemente no menciona el remedio de la concupiscencia, el cual constituía una herramienta de incalculable valor teológico para la salvación de las almas frente a las debilidades de la carne.

Esta reestructuración normativa no ha modificado la naturaleza esencial del matrimonio. De su propia estructura emergen dos propiedades esenciales e irrenunciables: la unidad y la indisolubilidad (cf. Concilio de Trento, ses. XXIV, c. 7; CIC 1983, c. 1056).

El matrimonio indisoluble no admite fractura por decisión humana, como recuerda el precepto evangélico: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mt 19,6). La proliferación del divorcio atenta contra la unidad sacramental y priva a la prole del derecho natural a ser educada por su padre y su madre en un entorno estable. La mentalidad moderna pretende reducir el matrimonio a un pacto emocional mutable, pero la relativización de la familia genera distorsiones antropológicas graves que destruyen el tejido social.

¿Por qué cohabitar antes del matrimonio lo destruye?

Existe en la cultura contemporánea la firme convicción que la convivencia previa garantiza el éxito de la futura unión. Sin embargo, la evidencia sociológica rigurosa demuestra exactamente lo contrario. El informe titulado What's the Plan? Cohabitation, Engagement, and Divorce, publicado por Scott Stanley y Galena Rhoades para el Institute for Family Studies (IFS, abril de 2023), expone un dato concluyente. Las parejas que decidieron convivir para "probar" su relación antes del compromiso experimentaron un índice de disolución matrimonial significativamente superior al de aquellas que evitaron la cohabitación previa o esperaron a estar formalmente comprometidas.

Estos hallazgos confirman la enseñanza constante de la Iglesia, expresada en el Catecismo de la Iglesia Católica, que rechaza explícitamente el pretendido «derecho a la prueba» en el amor humano (n. 2391). El amor conyugal requiere una entrega total, incondicional y definitiva, mientras que la lógica del ensayo introduce un germen de provisionalidad que vicia la relación desde su origen. Una vez más, lo que la Santa Iglesia siempre ha enseñado es demostrado como la vía más eficaz para el bien de los que asumen su doctrina.

La razón por la cual se promueve socialmente este mito de la necesidad de prueba responde a su perfecta sintonía con el modelo económico consumista e individualista. La inestabilidad afectiva y la posterior ruptura de los hogares generan un exponencial incremento de la demanda material y la duplicación de necesidades inmobiliarias.

Además, es incoherente defender la dignidad de la persona mientras se tolera una concepción utilitarista de las relaciones afectivas. Pretender someter al cónyuge a un período de prueba supone tratar al ser humano con las categorías de un bien de consumo descartable. La entrega matrimonial exige una donación generosa entre un hombre y una mujer, ordenada intrínsecamente a la transmisión de la vida (cf. Humanae vitae, 12), cuya consumación tiene lugar en el acto conyugal de por sí apto para la generación (CIC 1983, c. 1061 §1).

¿Son estos matrimonios inválidos? Disposiciones del alma y esencia sacramental.

Al analizar esta materia desde la ciencia canónica, debe precisarse que la cohabitación previa no invalida automáticamente el sacramento. El canon 1099 del Código vigente establece que el error simple sobre la dignidad sacramental o sobre la indisolubilidad no destruye el consentimiento, a menos que determine de forma imperativa a la voluntad. Para que exista una nulidad por simulación se requiere un acto positivo de la voluntad que excluya explícitamente la unidad, la indisolubilidad o la ordenación a la procreación (CIC 1983, c. 1101 §2). Por este motivo, el matrimonio goza siempre de la presunción de validez ante la ley (CIC 1983, c. 1060).

Sin embargo, más allá de la validez formal del acto, el aspecto decisivo radica en las disposiciones espirituales necesarias para que el sacramento produzca sus frutos de gracia. Quien acude al altar habiendo banalizado la castidad o guardando en el fuero interno la reserva mental del divorcio se sitúa en una disposición afectiva defectuosa. Esta actitud bloquea la recepción de los frutos sacramentales y expone a los contrayentes al riesgo de cometer una profanación.

Del mismo modo, el empleo previo de métodos anticonceptivos no equivale jurídicamente a la exclusión deliberada de la prole en la boda. No obstante, mantener una mentalidad anticonceptiva de manera persistente y sin propósito de enmienda denota una grave incoherencia con la verdad del amor cristiano.

La Iglesia, en el ejercicio de la cura de almas y velando por el ius connubii (CIC 1983, c. 1058), evita imponer trabas arbitrarias para la admisión al matrimonio. S.S. Juan Pablo II en Familiaris consortio (n. 68) recordó que la denegación del enlace debe limitarse a los casos de rechazo formal y explícito de lo que la Iglesia pretende realizar al casar.

Es imprescindible aclarar con rigor que este ius connubii no constituye un derecho subjetivo a la recepción de los sacramentos como si se tratase de una prestación eclesiástica exigible. Se trata, en verdad, de la salvaguarda de un derecho natural preexistente e inherente a la persona humana para fundar una familia. La codificación de 1917 ya protegía este principio al establecer que «todos pueden contraer matrimonio si no se lo prohíbe el derecho» (CIC 1917, c. 1035), limitando las prohibiciones a la comprobación de impedimentos dirimentes (CIC 1917, c. 1014). Pero la formulación del Código de 1983 (CIC 1983, c. 1058) no puede tergiversarse para obligar a los sacerdotes a sacralizar uniones que desprecian frontalmente los mandamientos de la Ley Divina.

Ante este escenario, surge una seria inquietud sobre las intenciones de quienes solicitan el matrimonio eclesiástico. Excluir de forma permanente en la conducta diaria la doctrina sobre la castidad, la anticoncepción y la educación cristiana de los hijos equivale a vaciar de contenido la esencia del sacramento. Presentarse ante el altar con la resolución firme de continuar en situación de pecado grave constituye una contradicción objetiva inadmisible.

El verdadero desafío se sitúa en el plano de la formación y el acompañamiento espiritual de los novios. La tarea prioritaria no consiste en promulgar nuevas leyes, sino en aplicar con fidelidad y valentía la doctrina perenne en la vida parroquial.

En el cuidado espiritual del rebaño, proponer a los novios un período de continencia y separación de residencia antes de la boda no es una exigencia arbitraria, sino una pedagogía de purificación indispensable (cf. CIC 1983, c. 1063). Quien no ejercita la renuncia y el dominio de sí durante el noviazgo difícilmente contará con las disposiciones necesarias para asumir los compromisos de fidelidad e indisolubilidad que la Ley Divina exige en el matrimonio.

Es hora de defender la institución matrimonial en todo su esplendor, proclamando la santidad de la unión entre un hombre y una mujer con Dios como fundamento y centro de sus vidas (cf. 1 Cor 6,18; Heb 13,4). Si el matrimonio queda reducido a un mero formalismo social o a la comodidad individual de las partes, la relación fracasará antes de llegar al altar. Debemos proclamar la verdad completa sobre el matrimonio para recuperar su sentido sagrado, hagámoslo antes de que sea demasiado tarde.

4 comentarios

templario
La clave de toda esta problemática es que la mayoría de los consagrados, ya no suelen predicar la Doctrina Católica. Ahora está de moda predicar la sinodalidad, ecologismo, amoris letitia, y otras falsas doctrinas. Esto ha generado una apostasía general y provocará al final un cisma.
Hechos 5,29: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
Oseas 4,6: mi pueblo perece por falta de conocimiento.
Se está cumpliendo la 2ª de tesalonicenses 2.
Apocalipsis 13 y 14.
Catecismo 675.
Daniel 12,11.
Non Nobis.
29/09/26 10:55 AM
maru
👍👍👍 antes de que sea demasiado tarde.
29/09/26 11:35 AM
Alberto
El matrimonio es una de las instituciones más atacadas desde hace años, y creo que no es casualidad. La entrega, la fidelidad y el compromiso con el otro exigen esfuerzo, pero también dan a la persona una estabilidad y un apoyo que hacen del matrimonio y de la familia pilares muy resistentes.

No digo que quien no cree en Dios carezca de valores. La ley natural está en el corazón del hombre y permite reconocer el bien. Pero esos valores quedan expuestos a nuestra conveniencia cuando perdemos de vista un fundamento moral que está por encima de nosotros. Cristo nos llama incluso a amar al enemigo: un amor que va más allá del afecto por los nuestros y de lo que nos resulta útil.

Cuando todo se vuelve subjetivo y solo vale mientras sirve a nuestros intereses, es como si desapareciese el suelo bajo nuestros pies. El matrimonio puede acabar reducido a un ornamento más de la boda, como el vestido, las flores o el salón de celebraciones. Y el otro también puede convertirse en algo accesorio, prescindible cuando deja de satisfacer nuestras expectativas.

Creo que hay intereses en debilitar las instituciones que sostienen al hombre. Una persona sin vínculos sólidos, sin familia y sin un fundamento que dé sentido a su vida queda más aislada y es más fácil de manejar. Desde mi fe, veo también detrás de esa destrucción la acción del demonio, que busca romper la comunión del hombre con Dios y con los demás.
30/09/26 12:49 PM
Amanda Melgar
Qué importante es que la Iglesia hable con claridad de lo que implica realmente un matrimonio católico. Muchas personas lo consideran una mera ceremonia religiosa, y es mucho más que eso. Convendría ser más firme, sobre todo en los cursos prematrimoniales, insistiendo en la importancia de ir viviendo desde ahora lo que Dios pide, como la vida separada antes del matrimonio, de cara a la castidad y a una sexualidad ordenada al matrimonio, sin pretender contentar a todos y sin tanto miedo. Lo mismo vale para la indisolubilidad: los novios han de saber que, por mucho que exista el divorcio civil, su matrimonio ante Dios es toda la vida.
30/09/26 1:13 PM

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