Cuando la mujer deja de ser sujeto moral: feminismo, psicologismo y el caso Lindsay Clancy
Lindsay Clancy | Screenshot YT

Cuando la mujer deja de ser sujeto moral: feminismo, psicologismo y el caso Lindsay Clancy

El reciente juicio de Lindsay Clancy ha puesto sobre la mesa una cuestión mucho más profunda que la responsabilidad penal de una mujer concreta. Ha revelado una dificultad cultural para hablar del mal cuando quien lo realiza es una mujer y, particularmente, una madre.

El 24 de enero de 2023, Lindsay Clancy estranguló a sus tres hijos pequeños —Cora, de 5, Dawson, de 3 y Callan, de 8 meses— y posteriormente intentó quitarse la vida. La cuestión central del proceso celebrado en Massachusetts en 2026 no fue si había matado a sus hijos —ese hecho no estaba en discusión—, sino si era penalmente responsable debido a su estado mental. La defensa sostuvo que padecía una psicosis posparto, que anulaba su responsabilidad; la fiscalía presentó peritos que cuestionaron esa interpretación y sostuvo que sus actos mostraban planificación y conducta intencional. El juicio terminó sin veredicto porque el jurado no alcanzó la unanimidad, ya que un solo miembro del jurado tuvo dudas sobre las pruebas de su supuesto estado mental psicótico.

Sería injusto utilizar este caso para negar la existencia de la enfermedad psiquiátrica posparto. La psicosis posparto existe, es poco frecuente y constituye una emergencia médica potencialmente gravísima. Tampoco corresponde a quien observa el caso desde fuera determinar cuál era exactamente el grado de libertad interior de Lindsay Clancy en el momento de los homicidios. Y es que en definitiva, como hombres eso no nos toca juzgarlo, solo los actos externos: De internis neque Ecclesia iudicat. La certeza jurídica es una certeza moral, no absoluta, pretenderlo es una extralimitación irrealista y menos por un jurado sin entrenamiento profesional.

Pero hay otra pregunta, distinta de la jurídica y psiquiátrica, que merece ser formulada: ¿qué nos dice la reacción cultural ante Lindsay Clancy acerca de nuestra concepción de la mujer, de la maternidad, del sufrimiento y de la responsabilidad moral?

Carrie Gress y la pérdida cultural de la maternidad

La filósofa católica Carrie Gress lleva años planteando precisamente esta cuestión. En The End of Woman sostiene que determinadas corrientes del feminismo moderno no se limitaron a reivindicar derechos legítimos de las mujeres, sino que fueron modificando el concepto mismo de feminidad e incluso con intenciones anticristianas desde sus orígenes. No será raro encontrar tintes paganos y de brujería asociados a este movimiento.

Según Gress, uno de los grandes errores fue tomar como modelo de realización femenina una concepción de la autonomía elaborada sobre parámetros tradicionalmente masculinos y considerar sospechosas aquellas realidades específicamente vinculadas a la mujer: maternidad, receptividad, cuidado, fecundidad, dependencia recíproca y vida familiar. Ella resume su crítica diciendo que el feminismo partió de una pregunta equivocada: cómo hacer que las mujeres se parezcan más a los hombres.

Su tesis es más profunda que la defensa de la maternidad biológica. Para Gress, lo maternal constituye una dimensión de la feminidad que puede expresarse también psicológica y espiritualmente. Una religiosa, una maestra, una tía o una mujer sin hijos pueden poseer una extraordinaria fecundidad maternal. Definir a la mujer desde lo materno no significa reducirla a tener hijos, sino reconocer una capacidad específicamente femenina para recibir, custodiar, nutrir y hacer crecer la vida de otros.

El problema aparece cuando una cultura comienza a presentar precisamente esa orientación hacia el otro como alienación.

El hijo se convierte entonces en una carga. El marido, fácilmente, en adversario. La renuncia, en opresión. El sacrificio, en patología. La dependencia mutua, en pérdida de autonomía. Y el «yo» termina ocupando el centro.

El feminismo es una expresión brutal del marxismo gramsciano, que ha provocado más muertes por aborto que los mismos sistemas de gobiernos totalitarios comunistas.

Del sufrimiento al victimismo

Aquí aparece una distinción fundamental: una cosa es reconocer a la mujer que sufre y otra convertir el sufrimiento en una identidad moral que la exime de responsabilidad. Cada vez más voces de expertas se levantan porque observan el feminismo como una trampa cultural que esconde y justifica mucha psicopatología, como por ejemplo la psiquiatra Hannah Spier y Janice Fiamengo, autora de The Goddess That Failed.

Las mujeres pueden ser víctimas reales de abandono, violencia, abuso, discriminación o injusticia. Negarlo sería absurdo y contrario al cristianismo. Pero de esta verdad no se sigue que la condición femenina confiera una especie de inocencia moral originaria.

Las estadísticas sobre infanticidio no dejan margen de duda de que la mujer es tan capaz de violencia como el hombre contra sus hijos.

El Supplementary Homicide Reports del FBI durante 32 años (1976–2007), tras una corrección publicada posteriormente, la muestra analizable fue de 15.691 agresores de filicidio. La distribución por sexo fue: 57,4 % hombres y 42,6 % mujeres. Es decir, aproximadamente 4 de cada 10 filicidios fueron cometidos por mujeres.

En menores de 1 año es casi igual: hombres 48,8 % y mujeres 51,2 %. De 1 año hasta 17 años: 55,4 % el padre y 44,6 % la madre. En la mayoría de edad, se dispara y es mayoritariamente el padre quien asesina.

Tenemos una gran dificultad para aceptar con la agenda feminista que la mujer puede matar por las razones más viles, como la envidia o el egoísmo, y sin tener que apelar a violencia doméstica o enfermedad mental, entendida como privada de juicio libre.

Gress ha criticado precisamente lo que considera una cultura feminista del victimismo: la interpretación de las relaciones entre hombres y mujeres mediante categorías de opresores y oprimidos. En esa visión, sostiene, la mujer adquiere con facilidad la categoría previa de víctima y el varón la de potencial opresor.

La consecuencia antropológica es paradójica: la mujer aparentemente es exaltada, pero moralmente es empequeñecida.

Porque tomar en serio a una persona significa reconocer simultáneamente su dignidad, su sufrimiento, su libertad y su capacidad para hacer el bien o el mal.

Si cada comportamiento femenino destructivo necesita ser explicado inmediatamente mediante trauma, depresión, agotamiento, opresión social, marido, maternidad o medicamentos, corremos el peligro de sustituir la comprensión psicológica por la absolución moral automática.

Y eso no es verdadera compasión. El psicologismo no es la psicología, sino agenda contracultural empujada por grupos que tienen intereses oscuros de destruir la cultura cristiana occidental.

La buena psicología intenta comprender las condiciones interiores que influyen sobre la libertad. Puede descubrir una psicosis, una depresión grave, un trauma o cualquier trastorno capaz de disminuir enormemente —e incluso anular en determinados casos— la responsabilidad de una persona. Sin embargo, la psicología moderna tiene un defecto de origen, y es que se rehúsa a usar el concepto de libertad, libre albedrío, culpa, responsabilidad y todo lo que tenga una implicación ética.

El Catecismo enseña expresamente que la imputabilidad y responsabilidad pueden quedar «disminuidas e incluso suprimidas» por diversos factores psíquicos o sociales. Pero inmediatamente conserva el principio general de que la libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que éstos son voluntarios.

Es una antropología extraordinariamente equilibrada: ni determinismo psicológico ni voluntarismo ingenuo.

Ese psicologismo reduccionista, intramundano y biologicista nos lleva a que todo pecado se convierte en herida; toda culpa, en trauma; toda exigencia moral, en culpabilización, y toda corrección, en violencia.

Una cultura así puede terminar tratando al adulto como un eterno menor de edad.

¿Y dónde quedan los niños?

Este es quizá el aspecto más perturbador que el caso Clancy permite contemplar.

El movimiento de mujeres que la apoyan sin entender bien el caso y que hasta la endiosan, incluso algunas que tristemente han imitado su ejemplo, es abrumador. Ha hecho que toda la comunidad médica se cuestione el caso a profundidad.

Muchos hombres han terminado sus relaciones sentimentales a causa de las posturas que han visto en sus parejas. La niñez está en peligro grave si esto no se revisa con cuidado.

Durante décadas hemos escuchado que la realización personal constituye uno de los criterios fundamentales de una vida lograda. Pero matrimonio y maternidad introducen una lógica diferente: la del don, en la que tanto insistió en su Magisterio Juan Pablo II.

El problema, por tanto, no es reivindicar una feminidad servil frente a una masculinidad privilegiada. Es recuperar una antropología en la que hombre y mujer existen para el don. Conviene distinguir ser servicial (por abundancia) de ser servil (por carencia).

El Catecismo describe el hogar cristiano como el lugar donde «la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado son norma», y añade algo especialmente contracultural: la educación de la libertad requiere aprender la abnegación, el sano juicio y el dominio de sí.

Existe además una forma peculiar de paternalismo, escondida bajo cierto discurso aparentemente favorable a la mujer: el que la presenta como incapaz del mal, como si no estuviera igualmente herida por el pecado original. Tras la caída, hombre y mujer quedan sometidos a relaciones de dominio, como muestra Génesis 3, y sólo el servicio mutuo en la caridad supera esa dialéctica perversa, fruto del pecado. Si la mujer es más sensible y sufre más, es precisamente porque es guardiana de la vida, y esa misión no quedó borrada tras el pecado.

Lucha de sexos desigual

Si cuando un hombre abandona a sus hijos hablamos de irresponsabilidad, pero cuando una mujer lo hace buscamos inmediatamente una explicación que elimine cualquier dimensión moral; si la violencia masculina nos lleva a preguntar por las víctimas, pero la violencia femenina nos lleva principalmente a preguntar qué le hicieron a la agresora; si al hombre adulto lo consideramos responsable y a la mujer adulta necesitamos convertirla siempre en producto de sus circunstancias, no hemos alcanzado la igualdad moral.

Hemos regresado, por otra vía, a considerar a la mujer incapaz de plena agencia. Los opuestos se tocan: machismo y feminismo devalúan a la mujer.

Una auténtica defensa de la dignidad femenina debe poder afirmar dos cosas simultáneamente: una mujer puede sufrir profundamente y seguir siendo sujeto moral. Y también: una enfermedad mental real puede disminuir o incluso anular su responsabilidad en un caso concreto.

Determinar cuál de ambas situaciones, o qué combinación de ellas, existe corresponde a la investigación seria, no a una ideología previa.

De Eva a María: recuperar a la mujer como persona moral

El cristianismo ofrece una concepción mucho más elevada de la mujer. María no es grande porque carezca de voluntad, sino precisamente porque la posee y la entrega.

Su fiat sólo tiene sentido porque podía responder. No es pasividad psicológica. Es libertad ordenada al amor.

Quizá por eso Carrie Gress, The Marian Option, insiste tanto en recuperar a María frente a los modelos contemporáneos de feminidad. En su pensamiento, maternidad no significa simplemente reproducción biológica; significa una estructura de fecundidad, acogida y donación que alcanza su modelo más alto en la Virgen.

Nuestra cultura necesita recuperar esa dimensión sin idealizaciones ingenuas. La maternidad puede ser agotadora. Reconocer todo esto es justicia.

Carrie Gress termina su reflexión sobre la crisis de la feminidad reclamando una reconciliación de la mujer con la maternidad, con los hombres y, finalmente, consigo misma y con Dios. Una reseña académica de The End of Woman sintetiza precisamente ese llamamiento: volver a amar a los hijos, dejar de considerar al esposo como enemigo y recuperar la identidad femenina desde una perspectiva distinta de la lucha entre los sexos.

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