(InfoCatólica) De entrevista a entrevista confirmado lo que ya anunció que haría. Que ordenará a sacerdotes casados. No hay pronunciamiento público de Roma. En un pulso similar en los años 70, la respuesta de Pablo VI llegó en días.
Mons Johan Bonny, dice que la diócesis de Amberes ya no queda ningún sacerdote asignado a un hospital, a una escuela o a un movimiento juvenil y ha decidido que la respuesta pasa por ordenar a hombres casados. Seis meses después de anunciar su propósito, el prelado confirma que varios candidatos reciben ya formación teológica y pastoral, mientras aguarda la autorización de la Santa Sede, sin la cual el proyecto no puede culminar.
Así lo ha explicado en una entrevista con el diario belga La Libre Belgique, en la que resume el sentido de su iniciativa en una frase, «La necesidad me obliga». El obispo insiste en que no se trata de una decisión ideológica, sino pragmática.
El proyecto se hizo público el 19 de marzo en la carta pastoral Implementatie van het synodaal proces in bisdom Antwerpen (Implementación del proceso sinodal en la diócesis de Amberes). «Pondré todos los medios para ordenar sacerdotes a hombres casados en nuestra diócesis de aquí a 2028», escribía entonces Bonny, que se comprometía a contactar personalmente con los candidatos y a asegurarles una formación «comparable a la de los demás candidatos al sacerdocio». Ese paso ya se ha dado.
Una diócesis sin reservas
Para el obispo, la escasez de clero no se reduce al número de misas dominicales que hay que atender, porque afecta a toda la presencia pastoral de la Iglesia. «Hoy la diócesis de Amberes solo cuenta con 70 sacerdotes menores de 70 años. Dos tercios de ellos son de origen extranjero. Tanto en la ciudad como en el campo, muchos sacerdotes corren de un campanario a otro», lamenta.
La carencia se nota también fuera de las parroquias. «En nuestra diócesis ya no hay ningún sacerdote vinculado a un hospital, a un movimiento juvenil o a una escuela. De los cinco centros penitenciarios de la provincia de Amberes, solo uno tiene todavía un capellán propio. Es claramente insuficiente», añade. Bonny considera que recurrir a sacerdotes extranjeros, que no siempre dominan el neerlandés, no es una solución duradera.
En una entrevista anterior con el portal alemán katholisch.de, el obispo ya había ofrecido la comparación con el pasado. Hasta los años sesenta, la diócesis contaba con cerca de 1.500 sacerdotes en activo, y hoy dispone de menos de un centenar, la mitad procedentes del extranjero.
Los argumentos de la carta
En su carta, Bonny sostiene que entre los fieles existe un consenso «casi total» y que «la cuestión ya no es si la Iglesia puede ordenar sacerdotes a hombres casados, sino cuándo lo hará y quién lo hará». A la falta de clero añade otras dos razones.
La primera es que en su diócesis ya ejercen sacerdotes casados, bien de Iglesias católicas orientales (de Rumanía, Ucrania, Bielorrusia u Oriente Medio), bien conversos de otras confesiones que fueron ordenados estando casados. «Nadie puede explicar ya por qué la ordenación de hombres casados es posible para los seminaristas católicos orientales o para los conversos católicos, pero no para las vocaciones católicas de origen», argumenta.
La segunda apela a «la salud psicosocial de los sacerdotes y la transparencia de su modo de vida». El obispo menciona el peso de los abusos sexuales y afirma que «las subculturas y los modos de vida clericales han pasado a la historia». Propone además aplicar el «discernimiento eclesial» que recoge el Documento final del Sínodo a la elección de candidatos, de modo que sea la comunidad la que señale a quién considera apto para el sacerdocio.
Dos cardenales y el Papa, al corriente
Bonny asegura que su propuesta no surge al margen del episcopado belga. «Hemos hablado de esta cuestión en la Conferencia Episcopal. También lo tratamos con el Papa Francisco durante nuestra última visita ad limina a Roma», afirma. Según su relato, sus hermanos en el episcopado comparten su parecer. El arzobispo de Malinas-Bruselas y presidente de la Conferencia Episcopal belga, Luc Terlinden, ha matizado, sin embargo, que el plan concreto de ordenar a hombres casados es una iniciativa del obispo de Amberes.
El paso por Roma es imprescindible, ya que un obispo no puede modificar por sí solo la norma vigente en la Iglesia latina. Bonny, que trabajó entre 1997 y 2008 en el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, viajó en junio a Roma por iniciativa propia. «Me reuní con el Cardenal surcoreano Lazarus You Heung-sik, responsable del Dicasterio para el Clero, y con el Cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos. Les expliqué, con cifras en la mano, que Flandes había agotado sus reservas. Me dijeron que hablarían de ello con el Papa León», relata.
En agosto, Terlinden, los obispos Patrick Hoogmartens (Hasselt) y Jean-Pierre Delville (Lieja) y el secretario general de la Conferencia Episcopal, Bruno Spriet, viajaron también a Roma para tratar con el Papa León XIV la situación de la Iglesia en Bélgica. Bonny supone que su iniciativa se abordó en ese encuentro, aunque el contenido de la conversación no se ha hecho público. Hasta el momento no consta ninguna autorización de la Santa Sede.
El Sínodo como aval
El obispo presenta su carta como la aplicación del Documento final del Sínodo sobre la sinodalidad, que a su juicio «viene del Vaticano». Sin embargo, como señaló en marzo CathoBel, portal de la Iglesia francófona belga, ese documento no recomienda la ordenación de hombres casados. La propuesta tampoco prosperó tras el Sínodo de la Amazonía de 2019, y el Papa Francisco no la recogió en la exhortación Querida Amazonia.
Candidatos en formación
Entretanto, los preparativos en Amberes siguen adelante. Los candidatos identificados reciben una formación comparable a la de los seminaristas, en un proceso que se lleva a cabo, subraya el obispo, «de manera transparente y discreta, lejos de la mirada de los medios».
«Los criterios para los candidatos son los mismos que para los diáconos permanentes», explica. Deben tener al menos 35 años, contar con el consentimiento de su esposa, llevar una vida familiar estable y no tener ya hijos pequeños.
Preguntado por katholisch.de sobre un posible veto romano, Bonny aseguró que no actuará contra la eclesiología de la Iglesia. «Hay un Papa y es él quien dice sí o no», afirmó, antes de dejar la respuesta abierta. «Lo veremos en 2028».
Esta vez el silencio de Roma
No es la primera vez que la Iglesia de ese ámbito geográfico plantea a Roma la ordenación de hombres casados como remedio a la falta de clero. En enero de 1970, el Concilio Pastoral holandés se pronunció a favor de que varones casados pudieran ser ordenados sacerdotes en la Iglesia latina, y los obispos del país no se limitaron a transmitir la propuesta a Roma, sino que la hicieron suya. La respuesta de Pablo VI fue inmediata y pública. El 1 de febrero, en la plaza de San Pedro, defendió el celibato sacerdotal como «la ley capital de nuestra Iglesia latina», y al día siguiente volvió sobre el asunto en una carta al cardenal Villot, secretario de Estado. La carta iba dirigida, en realidad, a los obispos holandeses, y en ella el Papa confesaba el «profundo dolor» que le habían causado aquellas declaraciones.
Luego llevó la cuestión a la instancia que consideraba adecuada: el Sínodo de los Obispos de 1971, que examinó la eventual ordenación de casados de edad madura, y la mayoría la rechazó, dejando a salvo la autoridad del Papa. Medio siglo después, el planteamiento de Amberes repite el de entonces: el mismo argumento de la escasez y el mismo ámbito lingüístico. Pablo VI respondió en cuestión de días; seis meses después de la carta pastoral de Mons. Bonny, no ha habido una sola palabra pública.
Los «argumentos» de Bonny ya fueron magisterialmente respondidos
Los argumentos de Mons. Bonny no son nuevos. Pablo VI los recogió uno por uno, casi seis décadas antes, en la encíclica Sacerdotalis caelibatus (1967), que se abre precisamente exponiendo las objeciones contra el celibato. La primera de las que hoy esgrime el obispo de Amberes es la escasez de clero. El Papa la formula en el n. 8: mantener el celibato causaría un daño gravísimo allí donde la falta de sacerdotes provoca situaciones dramáticas, y hay quien atribuye esa penuria al peso de la obligación. La respuesta llega en los nn. 47-49. Los obreros nunca han sido suficientes a juicio humano, y el Señor manda pedirlos al dueño de la mies. No cabe suponer que suprimir el celibato multiplicaría las vocaciones, porque la experiencia de las confesiones que permiten casarse a sus ministros apunta en sentido contrario. La causa del descenso está en otro lugar, sobre todo en la pérdida del sentido de Dios y de lo sagrado en las personas y las familias. La encíclica concluye con la esperanza de que «la calidad espiritual de los sagrados ministros engendrará también la cantidad» (n. 99).
El segundo argumento de Bonny es que «nadie puede explicar ya» por qué se ordena a casados orientales o conversos y no a las vocaciones autóctonas. Pablo VI ya lo había explicado. La disciplina oriental responde a una situación histórica propia, fijada en el Concilio Trullano del año 692 (n. 38). Aun así, en Oriente solo los célibes llegan al episcopado y ningún sacerdote puede casarse después de ordenado, lo que muestra que también aquellas Iglesias reconocen el vínculo entre celibato y sacerdocio (n. 40). La Iglesia latina, añade, no puede faltar a su propia tradición (n. 41). En cuanto a los ministros casados que se incorporan a la comunión católica, el Papa admite que se estudie su caso, pero en condiciones que no perjudiquen la disciplina del celibato (n. 42). Y advierte expresamente que estas excepciones no suponen relajar la ley ni deben leerse como un paso previo a su abolición (n. 43).
Tampoco el tercer argumento de la carta pastoral, la relación entre el modo de vida del clero, las «subculturas clericales» y los abusos, escapa a la encíclica. Pablo VI recoge en el n. 9 la tesis de que el sacerdocio casado evitaría infidelidades, desórdenes y defecciones. En el n. 83 responde que la responsabilidad de esos dramas no recae en el celibato en sí, sino en un discernimiento insuficiente de los candidatos o en el modo en que los ministros viven su consagración. Por último, frente a la propuesta de Bonny de que sea la comunidad la que «discierna» quién sería buen candidato al sacerdocio, la encíclica recuerda que la vocación, aunque divina, solo se hace operante con la aceptación de quien tiene en la Iglesia la autoridad y la responsabilidad del ministerio. Es a esa autoridad a quien corresponde fijar los requisitos de los candidatos según los tiempos y los lugares (n. 15).








