Doce cuestiones, verdades incómodas y un camino católico hacia el futuro
El ángel con teléfono móvil de la catedral de San Juan de Bolduque | © WikiMedia/Ton Mooy, CC BY 3.0

Doce cuestiones, verdades incómodas y un camino católico hacia el futuro

La crisis es grave porque dentro de la Iglesia hay incertidumbre precisamente sobre aquellas cuestiones sobre las que debería ofrecer certeza: ¿Qué es verdad? ¿Qué es el pecado? ¿Qué es el matrimonio? ¿Qué es el sacerdocio? ¿Qué es la liturgia? ¿Qué es la obediencia? ¿Qué significa la misericordia? ¿Qué ha confiado realmente Cristo a su Iglesia? Y, quizá más fundamental aún: ¿Seguimos creyendo de verdad que la Iglesia ha recibido de Cristo algo que ella misma no tiene potestad para cambiar? Ahí está el quid de la cuestión.

La Iglesia en crisis, y cómo no debemos salvarla

Doce cuestiones, verdades incómodas y un camino católico hacia el futuro

Tengo una buena noticia y una mala. La mala es que la Iglesia católica se encuentra en crisis. La buena es que ya ha pasado por esto otras veces. Es más: quien conozca un poco la historia de la Iglesia tiene a veces la impresión de que la crisis es una de las pocas tradiciones católicas verdaderamente duraderas. Hemos tenido papas corruptos, obispos mundanos, herejías, cismas, revoluciones, persecuciones y comisiones litúrgicas. Y, sin embargo, seguimos existiendo.

Esto último me parece, sobre todo, una prueba del origen divino de la Iglesia. Una organización puramente humana que hubiera sido gobernada como lo ha sido la Iglesia en ocasiones probablemente habría quebrado hacia el siglo IV. Pero, aun así, la situación es grave. No porque la Iglesia sea poco popular. No porque su cuota de mercado esté disminuyendo. No porque no se adapte lo suficiente al consumidor moderno.

La crisis es grave porque dentro de la Iglesia hay incertidumbre precisamente sobre aquellas cuestiones sobre las que debería ofrecer certeza: ¿Qué es verdad? ¿Qué es el pecado? ¿Qué es el matrimonio? ¿Qué es el sacerdocio? ¿Qué es la liturgia? ¿Qué es la obediencia? ¿Qué significa la misericordia? ¿Qué ha confiado realmente Cristo a su Iglesia? Y, quizá más fundamental aún: ¿Seguimos creyendo de verdad que la Iglesia ha recibido de Cristo algo que ella misma no tiene potestad para cambiar? Ahí está el quid de la cuestión.

1.- La primera reforma necesaria: dejar de actuar como si todo tuviera que reformarse

Vivimos en una cultura en la que el cambio se considera casi automáticamente una mejora. Un teléfono de 2019 está anticuado. Un ordenador de 2012 es una antigualla. Y por eso a veces pensamos inconscientemente que una doctrina del año 325 necesita con urgencia una actualización de software. Pero la revelación no es un iPhone. El cristianismo no es un producto del que deba salir un nuevo modelo cada año. La tarea de la Iglesia no es fabricar constantemente una nueva religión. Su tarea es recibir, conservar, profundizar y proclamar lo que ha recibido de Cristo.

Eso no significa que nada pueda cambiar. Los métodos pastorales pueden cambiar. Las disciplinas canónicas pueden cambiar. Las formas de gobierno pueden cambiar. Las disciplinas litúrgicas pueden cambiar. Pero la verdad no puede ser verdadera hoy y falsa mañana.

Un obispo debería plantearse una sencilla pregunta ante cada renovación eclesiástica: ¿Ayuda esto a mi pueblo a ser más santo? No: «¿Es esto innovador?». No: «¿Está formulado de manera inclusiva?». No: «¿Podemos crear un grupo de trabajo para ello?». Sino: ¿Acerca esto a las personas a Cristo, a los sacramentos y a la vida eterna? Eso podría acortar muchas reuniones. Y quizá eso ya sea en sí mismo una pequeña reforma eclesiástica.

2.- Sinodalidad: instrumento útil, mala dirección

No hay nada anticatólico en los sínodos. La Iglesia los ha conocido durante siglos. El riesgo aparece cuando la sinodalidad deja de ser un método y se convierte en un ideal teológico casi autónomo. Porque el cristianismo no comenzó con: «Donde dos o tres están reunidos en corro de diálogo, allí brota por sí sola la verdad». A los Apóstoles se les confió una fe. Después se les permitió reunirse para deliberar sobre ella. Ese orden es importante.

Escuchar es excelente, pero los católicos deben atreverse a veces a plantear la pregunta descortés: ¿Escuchar a quién? ¿A la cultura? ¿A las encuestas de opinión? ¿A los grupos de interés? ¿A nosotros mismos? ¿O a Cristo? Porque cuando el resultado de un proceso eclesial de escucha coincide, de forma previsible, con los deseos de la cultura secular moderna, cabe al menos preguntarse si hemos escuchado realmente al Espíritu Santo o si, tal vez, hemos escuchado sobre todo al espíritu de la época.

Y es que el Espíritu Santo tiene una característica curiosa: con sorprendente frecuencia habla en continuidad con lo que ha dicho durante los últimos veinte siglos. Un consejo, sin más, para mis hermanos obispos: utilizad la sinodalidad, pero sed obispos. Un obispo no ha sido elegido para ser facilitador permanente de dinámicas de grupo. Es sucesor de los apóstoles. Eso significa enseñar, santificar, gobernar y, a veces, también decir: «No. Esto no podemos cambiarlo». Esa palabra, «no», tiene hoy mala reputación. Pero los padres lo saben: quien nunca dice «no» no por eso quiere más a sus hijos.

3.- Recuperar la distinción entre misericordia y aprobación

Nadie necesita una Iglesia insensible. Pero tampoco nadie necesita una Iglesia que ya solo se atreva a nombrar el pecado en documentos históricos. Cristo fue infinitamente misericordioso. Pero su misericordia nunca consistió en fingir que la conversión fuera innecesaria. Al pecador, Cristo le dice: «Ven». Pero también: «Sígueme». Y seguirle significa necesariamente que no nos quedamos exactamente donde estábamos.

Parece sencillo. Pero hoy resulta revolucionario. La tentación pastoral es a veces esta: no queremos herir a nadie, así que preferimos no hablar ya del pecado. El problema es que entonces también el perdón pierde su sentido. Quien nunca está enfermo no necesita médico. Quien nunca peca no necesita Redentor. Y de repente descubrimos por qué, en un sistema teológico así, a Cristo le queda cada vez menos que hacer.

Un consejo, sin más, para mis hermanos sacerdotes. Predicad de nuevo sobre el pecado, la gracia, el cielo, el infierno, la confesión, la virtud, la castidad, la oración, el sacrificio y la conversión. No todo a la vez cada domingo. Los fieles también tienen que llegar a tiempo a comer. Pero haced saber a la gente que el cristianismo trata realmente de algo.

4.- Salvad la liturgia tanto del experimentalismo como de la ideología

La liturgia es uno de los temas más delicados dentro de la Iglesia. Es comprensible. Lex orandi, lex credendi. Tal como rezamos, así aprendemos a creer. Por eso la lucha por la liturgia nunca es solo una cuestión estética. En última instancia, se trata de Dios.

Una misa católica no es, ante todo, una reunión en la que la comunidad celebra su unión. Es el sacrificio de Cristo hecho presente sacramentalmente. No es un banquete en forma de sacrificio, sino un sacrificio en forma de banquete. Eso lo cambia todo. Cuando se cree realmente en ello, surgen por sí solos el respeto, el arrodillarse, el silencio, la belleza, el esmero, la música sacra y un sacerdote que no piensa que la liturgia mejora cuando cuenta espontáneamente una anécdota graciosa. El Espíritu Santo tiene muchos talentos. Que yo sepa, el teatro de improvisación en el altar no figura entre los siete dones.

Un consejo, sin más, para mis hermanos obispos. No consideréis automáticamente el apego a la liturgia tradicional como un problema psiquiátrico. No todo joven católico al que le gusta el latín es un agente secreto de 1957. Cuando a los jóvenes les atraen el canto gregoriano, el silencio, el incienso, arrodillarse, la celebración ad orientem o la espiritualidad clásica, no preguntéis inmediatamente: «¿Qué ha salido mal aquí?». Preguntad quizá: «¿Qué buscan aquí que echan de menos en otros lugares?».

Para los católicos tradicionales. Pero también ellos tienen que dejarse decir algo. La liturgia tradicional puede santificar a alguien. Pero un rito antiguo no hace santo a nadie automáticamente. Uno puede asistir a la misa más reverente y, a continuación, maldecir en el aparcamiento a los tres obispos [sic] y al Vaticano entero. Eso será quizá litúrgicamente tradicional, pero espiritualmente es menos recomendable. La tradición sin amor se convierte en arqueología con mal genio.

5.- Dejad de tratar a los jóvenes creyentes como si fueran porcelana religiosa

Según algunos modelos pastorales, los jóvenes necesitarían ante todo pocas barreras de entrada, pocas exigencias, celebraciones breves, textos comprensibles, mucha voz y voto y, sobre todo, nada que suene a obligación. Solo que hay un problema. Ese modelo no parece funcionar demasiado bien. Muchos jóvenes que descubren la fe buscan precisamente otra cosa: verdad, orden, ascesis, identidad, confesión, adoración, sacramentos, profundidad intelectual y una comunidad que les exija algo.

Hemos subestimado a los jóvenes. Les ofrecimos gaseosa cuando buscaban vino. Les dimos eslóganes cuando querían leer a Tomás de Aquino. Pensamos que el canto gregoriano los ahuyentaría. Algunos de ellos, entretanto, lo descargan voluntariamente en Spotify.

Un consejo para mis hermanos sacerdotes: atreveos a tratar a los jóvenes como adultos. Enseñadles el Catecismo. Enseñadles a rezar. Enseñadles a ayunar. Enseñadles por qué la Iglesia enseña lo que enseña. No ofrezcáis un cristianismo diluido. Nadie ha muerto mártir por un vago sentimiento de pertenencia.

6.- Vocaciones: ¿quién pide todavía un sacrificio?

Se habla mucho de la escasez de sacerdotes. Es comprensible. Pero el debate pasa después, con sorprendente rapidez, a cuestiones como las fusiones, los modelos de gestión, los laicos que presiden celebraciones, la reestructuración y, por supuesto, el celibato. Todo ello puede discutirse. Pero quizá deberíamos plantearnos antes algo más sencillo: ¿Por qué querría un joven hacerse sacerdote?

Cuando oye que va a ser gestor de ocho parroquias, que su agenda estará llena de reuniones, que ante todo no debe ofender a nadie y que, al cabo de veinte años, quizá le toque un plan estratégico sobre patrimonio inmobiliario sostenible, resulta asombroso que aún se presente alguien. Pero dile: «Entrega tu vida a Cristo. Celebra cada día el sacrificio de la Misa. Perdona los pecados. Bautiza a los niños. Acompaña a los moribundos. Anuncia el Evangelio. Hazte padre espiritual. Guía las almas hacia la eternidad». De repente, eso suena distinto.

Un consejo, sin más, para mis hermanos obispos. No busquéis candidatos que destaquen principalmente en la gestión. Buscad hombres que recen. A un administrador mediocre le puede ayudar un buen economista. A un sacerdote que no reza no le salva ningún curso de gestión.

7.- El obispo debe volver a ser padre

Un obispo moderno puede convertirse fácilmente en una especie de director general de servicios religiosos. Tiene reuniones, abogados, asesores de comunicación, problemas inmobiliarios, preguntas de la prensa, asuntos de personal, protocolos y comisiones. Todo ello es necesario. Pero cuando sus sacerdotes apenas lo conocen y sus fieles solo lo ven en la felicitación de Navidad, algo va mal.

Un obispo es, ante todo, padre y pastor. Por lo tanto, debe conocer a sus sacerdotes. Conocer a los seminaristas. Visitar las parroquias. Velar por la enseñanza de la religión. Proteger la liturgia. Combatir los abusos. Proclamar la doctrina de la fe. Y, de vez en cuando, decir en público algo que todo el mundo comprenda de inmediato: «Ah, sí. Este hombre cree de verdad que la fe católica es verdadera». Sería refrescante.

Me permito hacer una sugerencia concreta. Cada obispo podría reservar cada año un número considerable de días en los que no asistiera a reuniones, sino que visitara el seminario, hablara individualmente con los sacerdotes, se reuniera con los catecúmenos, visitara colegios, oyera confesiones, se encontrara con los jóvenes y visitara las parroquias. Eso le permitiría ver lo que su diócesis necesita realmente.

8.- Sacerdotes: sed sacerdotes, no presentadores

Un sacerdote no tiene por qué ser el hombre más popular de la parroquia. Menos mal. De lo contrario, la Iglesia católica tendría graves problemas de personal. Tampoco tiene que ser «relevante» constantemente. Su relevancia no procede de su personalidad. Procede de Cristo. Cuando un sacerdote unge a los enfermos, es relevante. Cuando absuelve, es relevante. Cuando celebra la Eucaristía, es relevante. Cuando asiste a un moribundo, es más relevante que todas las tertulias televisivas que se emiten esa noche.

Las prioridades concretas para los sacerdotes son fáciles de establecer. Rezad fielmente el breviario cada día. Reservad cada día un tiempo de oración en silencio. Celebrad la Misa con dignidad. Ofreced generosamente oportunidades para confesarse. Estad disponibles para los enfermos. Impartid una catequesis auténtica. Predicad con contenido. Evitad la creatividad litúrgica. Leed teología con regularidad. Vivid con sencillez. Y sed paternales. Esto último es importante. El sacerdote no es un mero funcionario de sacramentos. Es padre espiritual.

9.- Laicos: dejad de esperar a que Roma lo resuelva todo

Los católicos tenemos a veces una costumbre curiosa. Nos quejamos de que la jerarquía tiene demasiado poder. Y luego esperamos que la jerarquía lo resuelva todo. Las dos cosas no casan. Si hay que evangelizar de nuevo la cultura, eso lo harán en gran parte los laicos. En las familias, los colegios, las universidades, las empresas, los medios de comunicación, las artes, la política, la ciencia y las comunidades de vecinos. Al menos, ese sería el panorama ideal. Los primeros cristianos no tenían una conferencia episcopal con una agencia de comunicación profesional. Y, sin embargo, evangelizaron el Imperio romano. Lo cual relativiza bastante nuestras excusas.

El programa de catequesis más importante sigue siendo la familia. De ahí algunos consejos para los padres. Rezad con vuestros hijos. Id con ellos a misa. Confesaos vosotros mismos. Hablad de la fe en casa. Haced que conozcan a los santos. Enseñadles que el domingo es de verdad domingo. Y no os sorprendáis si un hijo no se hace católico después de haber visto durante dieciocho años que ser católico apenas suponía ninguna diferencia para sus padres.

A los intelectuales católicos me gustaría decirles lo siguiente: escribid, enseñad, debatid, fundad, organizad. Estad presentes en la cultura. La ortodoxia católica no debe convertirse en un pasatiempo de intelectuales que solo hablan entre sí. Tomás de Aquino no escribía para un grupo cerrado de WhatsApp.

10.- Dad la batalla cultural sin convertiros vosotros mismos en guerreros culturales

Existen conflictos reales entre la moral católica y la cultura moderna. No debemos negarlo. Pero los católicos tradicionales corren a veces un peligro propio: que la lucha contra el error llegue a ser, poco a poco, más importante que el amor a la verdad. Esa diferencia es sutil, pero crucial. Uno puede acabar dedicando tanto tiempo a combatir el modernismo que Cristo se vuelve casi algo accesorio. Uno puede leer a diario todo lo que va mal en Roma y apenas abrir el Evangelio. Uno puede enterarse en diez minutos por Facebook de la última catástrofe en un dicasterio y no saber qué santo se celebra hoy en el calendario.

Eso no es una victoria de la tradición. Es distracción espiritual. Una regla práctica: leed más a Agustín que el Twitter eclesiástico. Leed más a Benedicto XVI que blogs airados. Rezad por vuestro obispo más tiempo del que dedicáis a quejaros de él. Esto último es especialmente difícil. Por eso, probablemente, es bueno para el alma.

11.- Abusos: cero romanticismo sobre la reputación eclesiástica

Aquí cabe poco humor. Los abusos y la cultura del encubrimiento que los rodea han causado un daño enorme. El católico tradicional nunca debe pensar que defender a la Iglesia significa anteponer la reputación institucional a la verdad y la justicia. Precisamente la ortodoxia católica exige justicia, amor a la verdad, protección de los vulnerables y responsabilidad de quienes ostentan la autoridad. Un obispo que protege a un abusador para «evitar el escándalo» provoca precisamente escándalo. La Iglesia no se defiende ocultando el pecado. La Iglesia se defiende combatiendo el pecado.

En otras palabras: proteged primero a las víctimas. Investigad a fondo. Colaborad conforme a derecho con las autoridades civiles. Sed transparentes en la medida en que sea prudente. Y tened presente que, en última instancia, la reputación de la Iglesia pertenece a Cristo. Él soporta mejor la verdad que la mentira.

12.- Acabemos con el eterno complejo de inferioridad frente al mundo moderno

Desde hace algunas décadas, una parte del estamento eclesiástico parece a veces tener pánico a que el mundo moderno nos considere anticuados. Pero podemos estar tranquilos al respecto. El mundo moderno, efectivamente, nos considera anticuados. Al fin y al cabo, el cristianismo enseña que la castidad es una virtud, que el matrimonio tiene un significado objetivo, que los hijos son un don, que la verdad existe, que el sufrimiento puede cobrar sentido, que la propiedad genera obligaciones, que el perdón es más importante que la venganza, que la humildad es buena, que el hombre no es su propio creador y que, en última instancia, Dios es más importante que la autonomía. Y sí, también más importante que la economía.

Eso nunca estará del todo de moda. Y tampoco hace falta. El cristianismo no ha sobrevivido dos mil años porque reescribiera su mensaje cada veinte años. Ha sobrevivido porque el mensaje resultó ser más grande que cualquier moda.

¿Qué hay que hacer concretamente? Permitidme concluir con un programa sencillo. No con otra comisión más, sino para nosotros mismos.

A los obispos

  1. Proclamad con claridad la doctrina de la fe. No solo cuando no haya controversia. Precisamente cuando sea impopular. 2. Formad buenos sacerdotes. Intelectualmente ortodoxos. Espiritualmente profundos. Humanamente maduros. Formados en la liturgia. 3. Dad prioridad a los seminarios ortodoxos. Una diócesis sin vocaciones no debe limitarse a preguntarse por qué no acuden los jóvenes. También debe preguntarse qué encuentran los jóvenes cuando sí acuden. 4. Restableced la paz litúrgica. No tratéis como casos problemáticos a los fieles leales que anhelan la liturgia tradicional. 5. Fomentad la confesión y la adoración. La renovación de la Iglesia no empieza por la gestión. 6. Proteged la educación católica. Una escuela que se dice católica pero ya no se atreve a enseñar la visión católica del hombre tiene, sobre todo, un logotipo histórico. 7. Sed visibles como pastores. Acercaos a vuestra gente.

A los sacerdotes

  1. Rezad. Suena casi ofensivamente sencillo. Pero muchas crisis empiezan precisamente ahí. 2. Celebrad la Eucaristía a diario. Celebradla con reverencia. El fiel no acude a misa para encontrarse con la personalidad del sacerdote. Acude a encontrarse con Cristo. 3. Predicad la verdad entera. Con amor. Con inteligencia. Con humor cuando sea oportuno, pero sin vergüenza. 4. Oíd confesiones. Ofreced amplios horarios de confesión. No, llamar al timbre de la casa parroquial no cuenta. 5. Id al encuentro de los jóvenes. No para ir de modernos con ellos: es causa perdida. Un sacerdote de sesenta años que intenta hablar como uno de dieciséis es uno de los argumentos más sólidos a favor de un voto monástico de silencio. Sed padres. Con eso basta. 6. Cuidad la fraternidad sacerdotal. Un sacerdote aislado se vuelve vulnerable. 7. Amad a vuestra gente. También cuando es difícil. Sobre todo entonces.

A los laicos

  1. Sed santos vosotros mismos. Es más difícil que enfadarse con Roma, pero, al final, mucho más eficaz. 2. Formad familias católicas. 3. Dad a vuestros hijos una catequesis auténtica. 4. Apoyad a los buenos sacerdotes. No poniéndolos en un pedestal, sino ayudándoles a seguir siendo sacerdotes. 5. Fundad iniciativas católicas: colegios, editoriales, grupos de estudiantes, grupos de oración, instituciones culturales y medios de comunicación de calidad. 6. Conoced vuestra fe. Un católico que no conoce el Catecismo pero discute a diario sobre política eclesiástica se parece un poco a un analista de fútbol que no sabe si el balón está lleno de aire o de arena. 7. Sed alegres. Quizá esto sea más importante de lo que pensamos. La amargura no convierte a nadie.

Permitidme decir también algo que quizá resulte menos agradable para un público tradicional. La tradición puede convertirse ella misma en una ideología. Uno puede llegar a estar tan convencido de que defiende la verdad que olvida que la verdad es una Persona. Podemos tener razón y carecer de amor, ser ortodoxos y altivos, litúrgicamente correctos y espiritualmente fríos, teológicamente agudos y humanamente insoportables. Sería una victoria bastante curiosa.

El movimiento tradicional será verdaderamente fecundo cuando se le reconozca por la santidad, las familias numerosas, las vocaciones, la vida intelectual, la belleza, la caridad, la alegría y la fuerza misionera. No solo por la crítica. Al fin y al cabo, el árbol se conoce por sus frutos. No por lo afilado de sus tuits.

¿Dónde comienza la verdadera reforma?

Quizá no en Roma. Quizá no en un sínodo. Quizá no en una conferencia episcopal. Quizá comience mañana por la mañana. Cuando un sacerdote rece media hora más antes del desayuno. Cuando un padre rece el rosario con sus hijos. Cuando un joven vuelva a confesarse después de diez años. Cuando un obispo decida explicar con serenidad una verdad impopular. Cuando un seminarista elija la santidad por encima de la carrera. Cuando una parroquia retome la adoración eucarística. Cuando un profesor católico se niegue a reducir su fe a un vago humanismo. Cuando un matrimonio viva de verdad su unión como una vocación. Así es como la Iglesia se ha renovado siempre. No, en primer lugar, mediante programas, sino mediante santos.

Y, por tanto: que no cunda el pánico. Podemos tomarnos la crisis en serio. No tenemos por qué dramatizarla más de lo que es. Porque el futuro de la Iglesia no depende, al fin y al cabo, de la competencia de su burocracia. Gracias a Dios. Quizá sea esta la doctrina más consoladora de esta guindilla [ndt: referencia al nombre del blog del obispo, guindilla].

Cristo no dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi plan estratégico plurianual». Dijo: «Edificaré mi Iglesia». Eso no nos exime de nuestra responsabilidad. La pone en su sitio. No tenemos que reinventar la Iglesia. Tampoco tenemos que salvarla como si Cristo, tras su Ascensión, hubiera olvidado cómo funciona su propia Iglesia. Debemos hacer algo más sencillo: conservar la fe. Decir la verdad. Recibir los sacramentos. Educar a nuestros hijos. Servir a los pobres. Formar sacerdotes. Fomentar las vocaciones. Celebrar la liturgia con dignidad. Amar a nuestros enemigos. Y amar a Cristo más que a nuestro propio bando eclesial. Esto último puede ser lo más difícil. Porque, al fin y al cabo, no hay santos tradicionales y santos progresistas. Solo hay santos.

Y quizá sea esa precisamente la reforma que la Iglesia necesita ahora. No otro programa católico más. Sino, de nuevo, católicos que se tomen el Evangelio tan en serio que otras personas empiecen a preguntarse: «¿Qué han encontrado ellos que a nosotros nos falta?». Cuando vuelva a plantearse esa pregunta, comenzará realmente la nueva evangelización. Y quizá entonces la Iglesia descubra algo que, en sus mejores momentos, siempre ha sabido: que el mundo no se convierte porque nos parezcamos cada vez más a él, sino porque ve en nosotros algo de Cristo.

+Rob Mutsaerts

 

Traducción de InfoCatólica del blog de Mutsaerts

4 comentarios

JLuis
Por segunda vez, ¡Magnífico!. Gracias M. Mutsaerts.
17/09/26 11:58 AM
Miguel A. Parra
¡Gracias!
17/09/26 2:18 PM
Percival
Totalmente de acuerdo. Un Obispo con fe y sentido común. Casi no me lo creo. Aleluya.
17/09/26 6:10 PM
rocamador
“La tradición sin amor se convierte en arqueología con mal genio. Insuperable.
17/09/26 6:20 PM

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