(InfoCatólica) Ni Gran Cruz de la Legión de Honor, ni Guardia Republicana con sus tambores, ni almuerzo o cena de Estado con el presidente. A pocos días de la llegada de León XIV a Francia, la Santa Sede ha ido desactivando uno tras otro los elementos con los que el Elíseo pretendía revestir la visita de mayor brillo institucional, según revela una investigación del diario católico La Croix.
La información, firmada por el periodista Mickaël Corre, detalla que el recibimiento militar será más sobrio de lo previsto, porque el Vaticano quiso evitar el despliegue de la Guardia Republicana. La Santa Sede habría declinado además la Gran Cruz de la Legión de Honor que Francia deseaba entregar al Papa, y tampoco habrá comidas oficiales con Emmanuel Macron.
Notre-Dame, sin visita presidencial
El último punto de fricción afecta a la catedral de Notre-Dame de París. Según La Croix, el presidente de la República habría querido disponer de algunas decenas de minutos con el Papa para presentarle en persona las obras de restauración del templo. El programa finalmente fijado no parece concebido para convertir las vísperas pontificias en una visita presidencial al monumento.
Macron recibirá a León XIV en el Elíseo, y el programa oficial contempla después un encuentro con las autoridades, una visita a la UNESCO, la celebración en Notre-Dame y un encuentro con jóvenes. El viaje incluye también una etapa en Lourdes y encuentros con sacerdotes, consagrados y catecúmenos.
«Rechazos que cuentan una historia»
A raíz de estas revelaciones, Philippe Marie analiza en el portal católico Tribune Chrétienne el significado de estas decisiones, en un texto recogido también por la agencia polaca KAI. «Hay a veces más política en un protocolo rechazado que en un largo discurso», escribe, y resume el contraste afirmando que el Elíseo habría querido dar más esplendor republicano a la visita mientras Roma ha optado por la sobriedad.
El autor sostiene que cada una de estas decisiones, tomada por separado, podría parecer secundaria, pero que «puestas una tras otra, cuentan algo». La República, argumenta, sabe desplegar su boato cuando recibe a los poderosos del mundo, con jinetes, condecoraciones, alfombras rojas y cenas oficiales. Sin embargo, León XIV no viaja a Francia principalmente para admirar el ceremonial del Estado, sino para celebrar, rezar y dirigirse a una Iglesia que se daba por condenada al declive y que ve surgir ahora una nueva generación de catecúmenos.
«Esto es quizá lo que el aparato del Estado francés aún no alcanza a comprender», concluye en este punto, «el Papa no es solamente un soberano extranjero al que se inscribe en una agenda diplomática».
Una catedral construida para Dios
Marie reconoce el papel del Estado en la restauración de Notre-Dame tras el incendio de 2019. El Estado es su propietario y asumió sus responsabilidades, y «sería injusto negarlo», admite. Pero advierte de que la catedral no fue edificada para celebrar al Estado, ya que no es el Panteón ni el Arco del Triunfo, ni un decorado patrimonial del que el poder político pueda presumir como logro presidencial. «Detrás del monumento permanece una catedral, detrás de las piedras permanece una fe», escribe.
Por eso, añade, cuando León XIV entre en Notre-Dame no lo hará como un huésped ilustre al que el presidente enseña una obra bien acabada, sino «como sucesor de Pedro en una catedral católica».
El analista subraya que el matiz resulta aún más significativo cuando Francia acaba de aprobar una legislación que instaura la eutanasia. A su juicio, el Estado que desea honrar al jefe de la Iglesia católica ha consagrado en su derecho una evolución antropológica en total oposición al mensaje evangélico. No se trata, precisa, de pedir a la República que se haga católica, pero sería extraño actuar como si esas divergencias desaparecieran bajo los dorados del protocolo.
La Iglesia, insiste, no es un elemento del patrimonio nacional al que se honra cuando embellece el paisaje y al que se pide silencio cuando cuestiona las decisiones de la sociedad. Una catedral plantea siempre a la República una pregunta incómoda sobre por qué fue construida, y la respuesta que ofrece el autor es breve: «Para Dios».
El canónigo honorario recibe al Papa
El artículo repara también en el nombre del presidente. Emmanuel significa «Dios con nosotros», recuerda Marie, y para quien quería mostrar al Papa las piedras levantadas de Notre-Dame el recordatorio podría ser oportuno, porque una catedral «no proclama en primer lugar el poder de quienes la restauran, sino la presencia de Aquel para quien fue erigida».
La cortesía diplomática, resume, «tendrá todo su lugar. Pero tendrá su lugar, nada más». Y cierra con una última paradoja. Macron sigue siendo, como sus predecesores, primer y único canónigo honorario de la basílica de San Juan de Letrán, catedral del obispo de Roma. «El canónigo honorario recibirá, pues, al Papa. Pero esta vez quizá sea el Papa quien recuerde silenciosamente a la República que la Iglesia no es una de sus condecoraciones».








