(InfoCatólica) Cien años después de la ley anticatólica que sirvió de base a la persecución religiosa en México, los obispos del país publicaron un mensaje conmemorativo cuyo eco ha llegado hasta el otro lado de la frontera. El Arzobispo de Los Ángeles, José H. Gómez, lo ha recogido en su columna semanal para recordar que la archidiócesis que preside, la mayor comunidad católica de Estados Unidos, se construyó en buena parte con los refugiados que huyeron de aquella violencia.
El Arzobispo Gómez, que presidió la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos entre 2019 y 2022, arranca su texto con un objeto concreto: la reliquia de la tilma de Nuestra Señora de Guadalupe que se venera en una capilla de la catedral angelina y que, según sostiene, sería la única existente. Fue un regalo que el Siervo de Dios Luis María Martínez, arzobispo de México, entregó en 1941 a su predecesor, el Arzobispo John J. Cantwell, en agradecimiento por su labor.
Durante las persecuciones que siguieron a la Revolución de 1917, Cantwell trabajó con los Caballeros de Colón y otras instituciones para acoger a miles de personas que escapaban del terror, ofrecerles refugio y ayudarlas a rehacer su vida en Los Ángeles.
Una legislación que ilegalizó el culto público
La norma, impuesta bajo el régimen posrevolucionario del presidente Plutarco Elías Calles, criminalizó buena parte de la actividad y el ministerio de la Iglesia, sometió a los sacerdotes al control estatal y dejó fuera de la ley el culto público. Templos, seminarios, conventos y otros bienes eclesiásticos fueron incautados, clausurados, profanados o destruidos.
Hubo sacerdotes fusilados, algunos abatidos mientras celebraban la Misa. Las religiosas fueron expulsadas del país. Católicos corrientes, incluidos adolescentes, sufrieron cárcel, tortura y muerte. El régimen colgó a muchas de sus víctimas de los postes de telégrafo que jalonaban las carreteras. En el momento más álgido del derramamiento de sangre, Calles se jactó de que borraría la memoria del catolicismo de la conciencia mexicana en una sola generación.
Los nombres que no se borraron
Gómez, criado en Monterrey en la generación siguiente a la persecución, recuerda que aquellos nombres y aquellas historias se conocían, y que los mártires perdonaron a sus verdugos y murieron con una invocación en los labios: «¡Viva Cristo Rey y Nuestra Señora de Guadalupe!».
Entre esos nombres cita al Beato Miguel Pro, el jesuita que afrontó al pelotón de fusilamiento con los brazos abiertos en cruz y cuya ejecución quedó fotografiada, y al Beato Salvador Huerta Gutiérrez, padre de doce hijos y mecánico de automóviles. También a la Sierva de Dios María de la Luz Camacho, catequista de 27 años que en Coyoacán se plantó ante la puerta de su parroquia, con los brazos en cruz, frente a una banda juvenil anticlerical que pretendía destruirla. Proclamó «¡Viva Cristo Rey!» y le dispararon en el corazón. El templo se salvó.
La capilla juvenil de la catedral de Los Ángeles está dedicada a San José Sánchez del Río. Cuando se negó a renegar de su fe, agentes del Gobierno le arrancaron la piel de las plantas de los pies y lo obligaron a caminar descalzo por las calles hasta el cementerio, donde lo mataron. Tenía 15 años y por el camino no dejó de gritar: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!».
Memoria y libertad religiosa
«La memoria cristiana no es nostalgia del pasado: es fuerza para el presente», escriben los obispos mexicanos en su mensaje. Gómez enlaza esa idea con la persecución actual: recuerda que, según el Vaticano, más de una docena de cristianos son asesinados cada día por vivir su fe en Jesús y que más de 400 millones sufren violencia y persecución en el mundo.
La procesión anual de Nuestra Señora de Guadalupe, la fiesta religiosa más antigua de Los Ángeles, la iniciaron en 1931 las familias mexicanas que habían huido de la persecución. De ahí la conclusión del mensaje episcopal que el Arzobispo hace suya: «¡Viva Cristo Rey y Nuestra Señora de Guadalupe! Cien años después, ese grito sigue siendo un programa de vida: reconocer que ningún poder humano es absoluto, porque solo Dios es Señor de la conciencia y de la historia».








