(InfoCatólica) El Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, declaró ante un congreso internacional de canonistas reunido en Budapest que su Iglesia aguarda la restauración de la plena comunión con la Iglesia de Roma, y situó esa esperanza en el marco de la antigua institución de la Pentarquía y del título papal de «Patriarca de Occidente», suprimido del Annuario Pontificio en 2006 y restablecido en la edición de 2024.
La intervención tuvo lugar en la clausura del 27º Congreso Internacional de la Sociedad para el Derecho de las Iglesias Orientales, celebrado bajo el lema «El Obispo de Roma: horizontes futuros desde las tradiciones antiguas para católicos y ortodoxos». El Patriarca, doctor en Derecho Canónico Oriental por el Pontificio Instituto Oriental de Roma, recordó que figuró entre los miembros fundadores de la Sociedad en 1969 y que fue su primer vicepresidente. Agradeció su labor al presidente saliente, el metropolita Grigorios de Peristeri, y felicitó al recién elegido, el profesor Péter Szabó, anfitrión del congreso.
La jornada coincidió con la inauguración en Budapest del nuevo Centro de Diálogo Cristiano Ortodoxo del Patriarcado Ecuménico, al que Bartolomé I ha dado el nombre de «Fanarion», en memoria del Fanar, sede histórica de la Iglesia de Constantinopla. El proyecto es fruto de más de una década de trabajo del metropolita Arsenios de Austria, exarca de Hungría.
Un «taller de ecumenismo jurídico»
«El "Fanarion", al igual que el Fanar, está concebido por nosotros como un hogar permanente para el encuentro interortodoxo, intercristiano e interreligioso», afirmó el Patriarca, según recoge Orthodox Times. Lo describió como un lugar de reunión para teólogos, canonistas y estudiosos de toda confesión cristiana y de otras tradiciones religiosas.
Entre los fines del centro señaló uno que, según el artículo 4 de los estatutos de la Sociedad, constituye una de sus misiones nucleares: poner la competencia canónica de sus miembros al servicio del diálogo teológico oficial entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa. Expresó su esperanza de que «Fanarion» llegue a ser «un verdadero taller de "ecumenismo jurídico"», que aporte los frutos de la investigación canónica a los trabajos de la Comisión Mixta Internacional. Los instrumentos normativos de ambas Iglesias, sostuvo, no son meros muros jurídicos que separen a quienes están dentro de quienes están fuera, sino elementos necesarios para el avance del movimiento ecuménico.
Ratzinger, Atenágoras y el primado
El núcleo doctrinal de la alocución giró en torno a la comprensión ortodoxa del primado romano. Bartolomé I recordó la fórmula acuñada por el entonces profesor Joseph Ratzinger, después Papa Benedicto XVI: «Roma no puede exigir de Oriente más de una doctrina sobre el primado que la formulada y vivida durante el primer milenio». Con esas palabras, señaló, el futuro Pontífice remitía al patrimonio patrístico común de la Iglesia indivisa como medida y criterio de cualquier comprensión actual del primado.
Esa enseñanza, añadió, había sido expresada por su predecesor, el Patriarca Atenágoras, quien el 25 de julio de 1967, con ocasión de la visita de Pablo VI al Fanar, se dirigió al Obispo de Roma como «sucesor de Pedro, el primero en honor entre nosotros, el que preside en el amor», expresión tomada del saludo de San Ignacio de Antioquía a la Iglesia de Roma. La tradición ortodoxa, explicó, entiende el primado romano como «un primado de servicio amoroso, ejercido dentro, y nunca por encima, de la comunión de las Iglesias hermanas», vinculado a la Pentarquía, en cuyo seno el Papa era reconocido como primus inter pares precisamente en cuanto «Patriarca de Occidente».
La Pentarquía y el título de «Patriarca de Occidente»
Sobre la Pentarquía, integrada por las sedes de Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén, citó la analogía de Anastasio el Bibliotecario, erudito romano del siglo IX, según la cual, así como el cuerpo humano se gobierna armónicamente por sus cinco sentidos, el Cuerpo de Cristo se ordena mediante la concordia de sus cinco sedes patriarcales. Invocó además la enseñanza de su director de tesis, el padre Ivan Žužek, para quien «Patriarca de Occidente» no era un título honorífico más, sino un título con contenido real y con derechos patriarcales concretos, aunque no expresión, precisó el Patriarca, de una jurisdicción universal e inmediata.
Recordó que el Patriarcado Ecuménico recibió con pesar la supresión de ese título del Annuario Pontificio de 2006, mientras se mantenían otros como «Vicario de Cristo» y «Sumo Pontífice de la Iglesia universal». Sostuvo que se trata del único título papal originado y aceptado en la Iglesia indivisa del primer milenio y orgánicamente ligado a la eclesiología de la Pentarquía, mientras que los que implican jurisdicción universal e inmediata, a su juicio, encajan mal con la noción de «Iglesias hermanas».
Lo que la Santa Sede explicó en 2006
La supresión de 2006, sin embargo, no se produjo sin explicación ni respondió a un endurecimiento de las pretensiones romanas. El 22 de marzo de aquel año, el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, presidido por el cardenal Walter Kasper, publicó un comunicado que aclaraba los motivos de la decisión y concluía señalando que con esa renuncia el Papa esperaba promover el diálogo ecuménico.
El argumento era, en primer lugar, histórico. La nota recordaba que el título había sido utilizado en el año 642 por el Papa Teodoro I, que su uso se afianzó en los siglos XVI y XVII «en el marco de la multiplicación de los títulos del Papa» y que apareció por primera vez en el Annuario Pontificio en 1863. El mismo texto situaba su origen oriental en el sistema eclesiástico imperial de Justiniano (527-565), en el que el Papa era considerado patriarca de Occidente junto a los cuatro patriarcados orientales, mientras que Roma había privilegiado más bien la idea de las tres sedes episcopales petrinas: Roma, Alejandría y Antioquía.
El segundo argumento era la imprecisión del término. «El término "Occidente" no pretende describir un territorio eclesiástico, ni puede utilizarse como definición de un territorio patriarcal», señalaba el comunicado, de modo que el título únicamente describiría «la relación especial del Obispo de Roma» con la Iglesia latina. De ahí la conclusión: «el título de Patriarca de Occidente, con el paso del tiempo, se convertía en algo obsoleto y prácticamente inutilizable». El texto añadía que la Iglesia católica había encontrado ya, con el Concilio Vaticano II y a través de las Conferencias Episcopales y de sus reuniones internacionales, «el orden canónico adaptado a las necesidades actuales» para la Iglesia latina.
Decisivo es el tercer punto, que corrige la lectura más extendida en ambientes ortodoxos. «La renuncia a dicho título quiere expresar un realismo histórico y teológico, y al mismo tiempo, ser la renuncia de una pretensión, renuncia que podría ser de beneficio al diálogo ecuménico», afirmaba el comunicado. El Consejo Pontificio subrayaba expresamente que la supresión no implicaba la posibilidad de «nuevas pretensiones papales» respecto a las Iglesias de Oriente, tal como habían supuesto algunas reacciones negativas de teólogos y representantes ortodoxos. La decisión de Benedicto XVI, por tanto, se presentó desde el primer momento como un gesto ecuménico, no como una afirmación de jurisdicción.
Aquellas reacciones no se hicieron esperar. El entonces obispo Hilarión Alfeyev, del Patriarcado de Moscú, criticó la elección del Papa por considerarla expresión del deseo de afirmar aún más su pretendida jurisdicción universal, dado que los demás títulos siguen resultando inadmisibles para los ortodoxos. También el entonces metropolita de Pérgamo, Juan Zizioulas, escribió una carta lamentando el paso. Es esa memoria la que Bartolomé I ha vuelto a evocar en Budapest.
Una restauración sin explicación oficial
Respecto al restablecimiento del título, el Patriarca reveló que planteó la cuestión al Papa Francisco, quien acogió sus preocupaciones «con su característica apertura y cordialidad» y le aseguró que el título sería restablecido en el momento oportuno. La restauración llegó en la edición de 2024, después de la muerte del Papa emérito Benedicto XVI, a finales de 2022. Calificó la decisión de «un paso pequeño, pero de ninguna manera insignificante» y «un signo positivo y esperanzador».
Conviene precisar, no obstante, que ese testimonio es hasta ahora la única versión conocida sobre la intención pontificia. El título reapareció entre los que el Annuario Pontificio atribuye al Obispo de Roma en la edición de 2024, y tras su publicación el Vaticano no ofreció explicación alguna sobre la restitución. A diferencia de 2006, cuando la Santa Sede razonó públicamente la decisión mediante un documento del organismo competente, la reincorporación de 2024 se produjo sin nota aclaratoria.
Las interpretaciones disponibles proceden, por tanto, de terceros. Nikos Tzoitis, analista del Patriarcado Ecuménico, declaró a la agencia Fides que la decisión podía estar ligada a la insistencia de Francisco en la sinodalidad y a la mirada ecuménica hacia los primeros siglos del cristianismo, el milenio de la Pentarquía. En la misma línea apunta el documento de estudio El Obispo de Roma, cuya publicación aprobó Francisco en marzo de 2024, que recogía entre las sugerencias de los diálogos ecuménicos una distinción más clara entre el ministerio patriarcal del Obispo de Roma en la Iglesia de Occidente y su ministerio primacial de unidad en la comunión de las Iglesias de Occidente y de Oriente.
Una sínaxis de los cuatro tronos orientales
Bartolomé I anunció asimismo que ha dirigido una carta a los patriarcas de Alejandría, Antioquía y Jerusalén invitándoles a una sínaxis fraterna con ocasión de la fiesta patronal de la Iglesia de Constantinopla, el 30 de noviembre, para discernir conciliarmente los desafíos que afrontan los fieles. En ese texto describía a los antiguos patriarcados orientales como pilares de la Tradición apostólica que, junto con la Iglesia de Roma, formaron en el primer milenio la «lira de cinco cuerdas» de la Iglesia universal.
Reconoció el dolor que supone la separación entre Oriente y Occidente, una ruptura que «desgarró la túnica inconsútil del Señor», y afirmó que la privación del acompañamiento de la Iglesia de Roma durante un milenio entero acrecienta la responsabilidad pastoral de los tronos orientales. Ese pesar, concluyó, es inseparable de la esperanza: «Esperamos, por la gracia y la ayuda de Dios, la restauración de la plena comunión con la Iglesia de Roma dentro del único Cuerpo de la Iglesia una, santa, católica y apostólica», para que la Pentarquía «vuelva a estar íntegra y la "lira de cinco cuerdas" de la Iglesia universal pueda resonar nuevamente en toda la plenitud de su antigua armonía».
La Pentarquía y la Iglesia Católica
La aspiración a que la Pentarquía «vuelva a estar íntegra» admite lecturas de alcance muy distinto. Como realidad histórica, la existencia de cinco sedes patriarcales de rango eminente cuya concordia expresaba visiblemente la comunión no plantea dificultad alguna para la doctrina católica, y el propio documento de estudio El Obispo de Roma propone distinguir el ministerio patriarcal del Papa en Occidente de su ministerio primacial en la comunión de todas las Iglesias.
La dificultad aparece cuando la Pentarquía se toma como criterio normativo que mide lo que el primado romano puede ser. Para la fe católica, el primado de Pedro es de institución divina (Mt 16,18-19; Lc 22,32; Jn 21,15-17), mientras que el orden pentárquico se consolidó dentro del sistema eclesiástico imperial de Justiniano y descansa sobre cánones cuya justificación era la condición capitalina de Constantinopla, criterio que Roma nunca aceptó y que San León Magno rechazó expresamente en el caso del canon 28 de Calcedonia. La tradición romana sostuvo siempre el criterio apostólico y petrino de las sedes de Roma, Alejandría y Antioquía.
De ahí que las fórmulas de honor, «el primero en honor entre nosotros» o primus inter pares, resulten insuficientes si se toman como definición completa. El Concilio Vaticano I definió en Pastor aeternus que el Romano Pontífice posee una potestad de jurisdicción «verdaderamente episcopal» e «inmediata», a la que quedan obligados los pastores y fieles «de cualquier rito y dignidad», y anatematizó a quien sostuviera que el Papa tiene «tan solo un oficio de supervisión o dirección, y no la plena y suprema potestad de jurisdicción sobre toda la Iglesia». Conviene añadir que la conocida fórmula del entonces profesor Ratzinger, citada en Budapest, aparece en su obra acompañada de una condición recíproca que el discurso omite: la reunión sería posible si Oriente dejara de oponerse como heréticos a los desarrollos del segundo milenio en Occidente y aceptara a la Iglesia católica «como legítima y ortodoxa en la forma que adquirió en el curso de ese desarrollo».








