(EWTN/InfoCatólica) Sin clavos, sin colas industriales y sin instalación eléctrica embutida en los muros. Una comunidad de monjas carmelitas descalzas de Fairfield, en Pensilvania, levanta su nuevo monasterio con técnicas de cantería y entramado de madera anteriores a la era industrial, con un objetivo declarado: que el edificio dure mil años.
Las religiosas del Carmelo de Jesús, María y José, en la diócesis de Harrisburg, se habían quedado pequeñas en el monasterio de los años cuarenta que habitaban. Al plantearse la nueva casa, decidieron que debía construirse, según explica Catherine Bauer, directora de marketing y desarrollo de la comunidad, «de una manera pensada para durar». La expresión no es retórica. «Y con eso quieren decir que dure mil años», precisa.
Cantería tradicional y ausencia deliberada de tecnología
La comunidad ha renunciado a la arquitectura y a los métodos constructivos contemporáneos. El monasterio, señala Bauer, «estará más bien en el lado pequeño» en cuanto a dimensiones, pero lo decisivo es otra cosa: «es más una cuestión de la cantería, de la autenticidad de construir desde cero sin clavos, sin cola y sin electricidad pasando por dentro». También los sistemas de fontanería y de agua responderán a soluciones tradicionales.
El planteamiento tiene una lógica económica de largo plazo. «La idea es que, a lo largo de los próximos doce o quince años que llevará construir esto, una vez terminado apenas requerirá mantenimiento para las generaciones futuras», afirma la responsable. «Así que, en esencia, se gasta el dinero ahora, por adelantado, y dentro de cincuenta años no hay que reemplazar sistemas, cubiertas, muros y todo eso».
Cien millones de presupuesto y un veinte por ciento ejecutado
Las obras comenzaron en 2013 y se encuentran en torno al veinte por ciento de ejecución. El presupuesto asciende a cien millones de dólares, de los cuales la comunidad ha recaudado unos veintidós millones.
Frente a ese coste inicial elevado, las carmelitas han desplegado una notable capacidad de aprovechamiento de recursos. No solo han buscado materiales de procedencia local, como la piedra y la madera, sino también vidrieras y un altar para su oratorio. El altar de mármol que localizaron había sido el altar original del Seminario de San Carlos Borromeo. Durante la dedicación del oratorio, celebrada en 2024, el obispo emérito William Gainer, que pronunció la homilía, reveló que había dicho en él su primera Misa décadas atrás.
«Estamos intentando recuperar muchas de estas cosas, lo cual es asombroso, dar un hogar a estos objetos hermosos», comenta Bauer.
Clausura hacia dentro, faro hacia fuera
Aunque las carmelitas viven ocultas, el edificio no está concebido como un recinto cerrado sobre sí mismo. El monasterio, sostiene Bauer, quiere ser «un faro de luz, un faro en la colina para la comunidad en general, para que los fieles vengan y lo visiten, y para ser un oasis para todos, una fuente de gracia, consuelo y santidad».
El público podrá asistir a Misa, recibir los sacramentos y rezar con las hermanas externas en el monasterio.
La finalidad última, recuerda la responsable de la comunidad, remite al carisma propio de la orden, en la línea de la visión de Santa Teresa de Ávila. «El carisma carmelita es rezar por los sacerdotes», afirma. «Esa es toda su misión, rezar por los sacerdotes y por la Iglesia. Y así es como vamos a sobrevivir. Ellas son el corazón de la Iglesia. Son las que mantienen la sangre bombeando por el resto del cuerpo de la Iglesia».







