(InfoCatólica) «¿Cuando eres testigo de algo que te resulta inaceptable, que va contra tus principios, contra la fe que profesas, contra tu conciencia, sabes decir en voz alta: no está permitido? ¿O más bien callas por miedo a perder algo: el sillón, los amigos, la pasta, la posibilidad de frecuentar los salones?». Con estas preguntas interpeló el arzobispo Adrian Galbas, metropolitano de Varsovia, a los profesores de religión de la archidiócesis reunidos el sábado 29 de agosto en el Templo de la Divina Providencia, en la jornada catequética anual previa al inicio del curso escolar.
En la homilía de la misa que abrió el encuentro, el arzobispo recordó que la cita coincide con la memoria del martirio de san Juan Bautista, uno de los patronos de la archidiócesis. El precursor, dijo, fue «como una fortaleza inexpugnable, como una columna de acero y un muro de bronce», y aplicó al Bautista las palabras dirigidas a Jeremías, «otro loco de Dios» (Jr 1,17-19). Juan «fue condenado a muerte por decir la verdad»: denunció que el rey vivía inmoralmente con la mujer de su hermano siendo él marido de otra, situación que la ley judía equiparaba al incesto, según recordó Galbas citando el Levítico (Lv 20,21).
La homilía de Mons. Galbas, no son en la forma, ni especialmente en el fondo mensajes que desgraciadamente se escuchen por quien tiene la misión precisamente de decirlos. Más bien suele oírse lo contrario: adaptarse a los tiempos, adaptar el mensaje de la Iglesia a los tiempos, …
«Todos murmuran, nadie lo dice»
La gente de entonces condenaba aquella situación, señaló el arzobispo, pero lo hacía en voz baja. «Omnes murmurant, nemo clamat. Vieja regla: todos murmuran, nadie lo dice». Esa dinámica, advirtió, «es uno de los fundamentos de las relaciones patológicas en la familia, en la sociedad, en la Iglesia, en la diócesis, en toda comunidad y en todo vínculo». Juan, en cambio, lo dijo en voz alta: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18). Por eso Herodes lo encarceló.
A juicio del metropolitano de Varsovia, poner límites forma parte de la misión de la Iglesia, «de la que Juan es precisamente icono». Entre las realidades que esta debe defender situó en primer lugar la vida humana. «La vida humana no se puede destruir, hay que rodearla de cuidado. Cada vida, desde el principio hasta el final, porque todo hombre es importante y todos tienen una dignidad que nadie puede pisotear», afirmó.
El arzobispo sostuvo asimismo que no se puede «llamar matrimonio a cualquier unión entre personas, ni siquiera a la estable, aunque esas personas digan que se quieren».
Los vientres de alquiler: «Considera al niño una mercancía»
Galbas se refirió también a las informaciones publicadas por los medios sobre la conferencia que la clínica ucraniana de fertilidad BioTexCom organiza en Varsovia para presentar sus servicios, entre ellos la maternidad subrogada. En su opinión, «el contexto adecuado para acoger una nueva vida es la relación matrimonial, y no recurrir a la subrogación, porque ahí se produce una separación de los vínculos parentales, y eso es deshumanizante, porque considera al niño una mercancía». Cuando los esposos no pueden concebir, añadió, «están invitados a considerar la noble decisión de la adopción, y no la de la subrogación».
«Hoy hay más problemas de este tipo. Problemas ante los cuales la Iglesia tiene que decir con valentía: no está permitido», subrayó.
El arzobispo advirtió de que esa posición clara acarrea críticas. «Por fidelidad al Evangelio, la Iglesia ha sido y sigue siendo hoy considerada anormal, y es atacada. Si se sumara al coro de los que dicen: todo está permitido, cambiaría de inmediato su prensa», señaló. Y añadió: «Y entonces tendríamos una Iglesia estupenda, gente estupenda, un siglo XXI estupendo. ¿Pero para qué le sirve a nadie una Iglesia así?».
Entre las causas del alejamiento de los jóvenes situó precisamente la ambigüedad en la transmisión de la doctrina: si se marchan, dijo, es también porque algunos presentan su enseñanza «de forma tan confusa que es como agua jabonosa, como un kisiel desleído, y no se diferencia en nada de lo que ofrecen en los demás puestos del mercado mundial».
Reconoció además que la autoridad de la Iglesia se debilita por el mal cometido por sus propios miembros. «Enseguida aparece el reproche dirigido a toda la comunidad: no podéis decirnos lo que no está permitido, si vosotros hacéis a menudo cosas peores que nosotros (...). Pero esto, paradójicamente, es también una llamada a una mayor fidelidad a Cristo», constató.
El testimonio, único instrumento
Con una referencia a palabras del Papa Francisco, el arzobispo describió el testimonio como el instrumento evangelizador más eficaz hoy, y precisó que «es más eficaz cuando no sabes que lo estás dando». «Se da con la vida, con lo cotidiano, con lo ordinario. No con cualquier vida, sino con una empapada de Cristo, penetrada por su presencia. El anuncio oral es parte de ese testimonio, pero no lo agota. El anuncio por sí solo cansa y agota. El testimonio no», afirmó. El episodio de Salomé y Herodes lo presentó como advertencia para padres, educadores, catequistas, sacerdotes y hermanos mayores: «Qué fácil es escandalizar a un niño con la propia locura estúpida, qué fácil es utilizarlo para los propios fines».
El catequista es un eco, no la fuente de la voz
Galbas señaló un vínculo básico entre el Bautista y el oficio del catequista: Juan se define a sí mismo como voz (Jn 1,23), es decir, «alguien que sirve para transportar la palabra». Otro tanto ocurre con el catequista, «que es como un eco, alguien en quien resuena la palabra». El arzobispo recordó que el propio término procede del griego katēcheō, que significa instruir y enseñar de viva voz, pero también resonar, precisamente como un eco. Por eso el trabajo del catequista «no consiste solo en suministrar información, sino en un anuncio que sea escuchado y despierte una respuesta».
Se trata, advirtió, de una imagen hermosa pero exigente. «El eco no es la fuente de la voz. El catequista no inventa el Evangelio. No se presenta ante los alumnos como propietario de la verdad, del que pueda disponer a su antojo. Recibe una palabra que le precede y que también a él lo juzga, lo purifica y lo consuela». De ahí el examen de conciencia que propuso: «Antes de preguntar si mis alumnos me escuchan, debería preguntar: ¿escucho yo a Cristo? ¿Es para mí la Sagrada Escritura solo material para la clase, o también Palabra por la que me dejo conducir? ¿Hablo de la oración teniendo experiencia propia de ella? ¿Sé, al enseñar sobre la misericordia, acoger el perdón y pedirlo?».
Ser eco, matizó, no significa repetir mecánicamente: la fidelidad al Evangelio exige el esfuerzo de traducirlo al lenguaje de quien se tiene delante. El catequista, concluyó en este punto, «debe escuchar en dos direcciones: escuchar a Dios y escuchar al hombre. Sin lo primero transmitirá sobre todo sus propias opiniones. Sin lo segundo puede dar respuestas correctas a preguntas que nadie ha formulado».
La evaluación de los alumnos
Dirigiéndose a los catequistas, Galbas recordó que el alumno tiene derecho a conocer con rigor el cristianismo también cuando atraviesa dudas. «Evaluemos su conocimiento, sus capacidades y su trabajo conforme a los criterios de evaluación, y no el nivel de su fe personal ni la intensidad de sus prácticas religiosas. No tenemos ningún instrumento para poner nota a la relación de alguien con Dios», previno.
Señaló también que ya no puede darse por supuesto un lenguaje común de fe: en la misma aula conviven alumnos comprometidos religiosamente, indiferentes, buscadores, rebeldes y a veces heridos por experiencias vinculadas a la Iglesia. «El solo hecho del bautismo no significa que cada uno de ellos comprenda hoy el mensaje básico del cristianismo. Siendo hoy catequista, no basta con empezar por lo que el hombre debe cumplir. Hay que mostrar con paciencia quién es Aquel en quien el cristiano confía. Solo a esa luz los mandamientos se convierten en un camino de respuesta y los sacramentos dejan de parecer ritos incomprensibles», advirtió. No se trata de renunciar a las exigencias, precisó, sino de respetar un orden: «Primero hay que ver el don para comprender la responsabilidad. Primero hay que conocer a Aquel que llama, para después escuchar el sentido de la llamada».







