Días atrás a unos peregrinos de paso por Ávila se les ha impedido adorar al Señor como es debido. El motivo esgrimido por el obispo del lugar, no menos peregrino, es que la misa que mira hacia Oriente está prohibida en su diócesis. Por lo visto en las parroquias bajo su mando solo pueden celebrarse eucaristías si son de espaldas a Dios y de cara a la galería, esto es, a nuestra magnífica humanidad.
El atropello no es insólito, pero en este caso el lugar agrava la escena e invita a detenerse en la reflexión. Porque basta decir Ávila para que acudan a nuestra mente imágenes de la más honda religiosidad; la ciudad todavía parece custodiar el trato íntimo que mantuvieron con Dios santa Teresa y san Juan de la Cruz. Y en pleno Año Jubilar Sanjuanista y en esa Ávila que respira tradición, oración y densa espiritualidad, Jesús Rico García, que así se llama el obispo, ha prohibido que se rece como rezaron Teresa de Cepeda y Ahumada y Juan de Yepes Álvarez.
Esta colisión con la memoria de estos santos da la medida del absurdo que nos propone hoy la Iglesia. Porque la torpeza del obispo de Ávila, aunque personal, no es intransferible; la anécdota local que protagoniza expresa una categoría mucho más amplia que afecta a una parte muy nutrida de obispos que ya no reconocen como propio aquello que formó a sus santos.
Ese perder el Oriente es, por desgracia, la norma de algunos en la Iglesia de las últimas décadas.
El correlato objetivo de esta des-orientación etimológica fue el cambio litúrgico en la dirección de la oración cristiana. Malas y bien informadas lenguas dicen que el principal muñidor de la reforma fue un conspicuo masón, el cardenal Bugnini, y que un objetivo clave, logrado, era desviar la Misa de ese Oriente hacia el que sacerdote y fieles oraban juntos. Oriente era mucho más que un punto cardinal. Darle la espalda podía transformar la misa.
Perpetrada la reforma, o mejor dicho ruptura, la modificación formal confirmó su poder. Lex orandi, lex credendi. Cabe decir, para más inri, que Sacrosanctum Concilium no llegó a ordenar la celebración versus populum. La generalización de altares «hacia el pueblo» fue fruto de la recepción posconciliar de los muy cafeteros y de instrucciones posteriores, no una orden literal del Concilio. Allí solo se abrieron rendijas al humo de Satanás, de modo que todos aquellos que, intoxicados por ese humo, invocan el Concilio para proscribir la misa tradicional demuestran estar doblemente desorientados.
Esa des-orientación supuso una verdadera revolución antropocéntrica. La misa ocupa el centro de la vida católica; cualquier variación en ella tiene un alcance que supera nuestra comprensión. ¿Cómo no iba a afectar radicalmente un cambio de sentido de 180 grados? Es innegable que esa inversión que nos trajo el Novus Ordo nos educa en una percepción distinta de lo que está sucediendo en el altar.
De espaldas al Oriente, el rostro del sacerdote ocupa el foco visual de la acción litúrgica; la asamblea se convierte en interlocutor permanente, el altar se desdibuja como tal para acercarse a la mesa del banquete fraterno y el sacerdote se confunde con el pastor que preside una reunión religiosa. El acto es más comunitario que adorante y más dependiente del carisma del oficiante que de la objetividad sacra del rito. Con toda verticalidad capada, cuando la celebración llega el sursum corda lo cierto es que los corazones están ya atravesados de horizontalidad.
Perdido el Oriente, se pierde también el oremus. La oración se puebla de voces humanas, de lecciones explicativas, abrazos que sustituyen a las genuflexiones, ministros de ocasión, canciones pegadizas e incluso aplausos que revientan el recogimiento. Es como si la Iglesia hubiera dejado de confiar en el poder de la liturgia y confiase toda la elevación del alma a la técnica del drama musical.
Celebrando hacia el Pueblo, nuestra magnífica humanidad ocupa la mayor parte del acto sagrado.
Por supuesto esa desorientación también afecta al lenguaje pastoral. Palabras que miraban a Oriente, como sacrificio, propiciación o expiación, ceden terreno a las que miran al pueblo, a esa comunidad reunida en torno a una mesa festiva, no un altar sacrificial. El propio término eucaristía, válido en tanto que expresa la acción de gracias, uno de los cuatro fines de la misa, es signo de desorientación cuando su uso exclusivo desplaza al más amplio y correcto de misa.
La gravísima desorientación que implica la pérdida práctica del sentido de sacrificio, y la Presencia real, tiene su corolario en la forma como los sacerdotes desorientados, o el seglar que le ayude, dan la comunión a los fieles en la mano y de pie. El cuerpo aprende teología, aunque nadie la formule, y lo que se enseña con esa pedagogía corporal va en contra del sentido de la misa. Recibir de rodillas y en la lengua educaba en una reverencia que Memoriale Domini todavía quiso preservar, al recordar que el modo tradicional de distribuir la comunión expresaba de manera especial el respeto de los fieles hacia la Eucaristía.
Desorientadas están también la arquitectura, la música y la estética de sala, de reuniones. Empezando por el sagrario desplazado --¿cómo pudieron tolerar esto y cómo seguimos tolerándolo?-- y siguiendo por los presbiterios despejados de imágenes y objetos sacramentales molestos o los altares tipo IKEA. El templo moderno, para serlo rigurosamente y resultar atractivo a todo tipo de fieles, y si se tercia a infieles, debe mostrar esa querencia hacia nuestra magnífica humanidad incompatible con una presencia excesiva de Dios.
Esta desorientación ambiental sirve de marco a un mensaje que invierte igualmente la orientación de su foco. Con una ambigüedad controlada, la confusión contemporánea combina textos compatibles con lectura ortodoxa y aplicación heterodoxa. La Iglesia consigue hablar como el mundo. Pero ¿era ese su fin? Pierde el Oriente la Iglesia que atiende al hombre como sujeto psicológico antes que como pecador llamado a la gracia, que predica que para la misericordia no se precisa conversión, que el pecado, diluido en categorías terapéuticas y biográficas, es una herida, que la culpa es fragilidad y la confesión, acompañamiento. Convertida en coartada, la conciencia empieza a funcionar como aval de la real gana.
De ese mismo cambio de foco procede una Iglesia pública defensora de derechos y valores, de minorías del último grito, de ecologismos, migracionismos o cualquier otro ismo, de sujetos sociales vulnerables, que parece mucho más cómoda salvando cuerpos que salvando almas. Como si hubiese olvidado su razón de ser. Es la misma desorientación que impregna ese ecumenismo que deja de defender --o más bien ataca ya-- la pretensión católica de verdad.
Nótese que rezar a Oriente supone arrebatar a nuestra magnífica humanidad el lugar que le corresponde a Dios. La Iglesia orientada no a Oriente sino hacia la magnífica humanidad debe limar toda arista de verdad para diseñar un Cristo que sea referencia inspiradora de una fraternidad universal, un mínimo común denominador religioso, un Dios simpático que sirva tanto para los seguidores de Alá como de la Supraconciencia
La desorientación es tan hegemónica que uno empieza a entender por qué los obispos sistémicos, los funcionarios eclesiásticos gestores del desaguisado, los pastores que desvían del Oriente a sus ovejas, como el infeliz Jesús Rico García o el inefable Munilla, o tantos otros, nomina duriora, quieren impedir ese rezo.
Llevan demasiados años adorando al hombre como para permitir que unos cuantos tradis vengan a aguarles la fiesta echándoles en cara que es a Dios a quien hay que adorar. La misa tradicional les recuerda todo lo que han traicionado. Es comprensible que aparten la mirada, que no quieran ver la misa. Debe de ser muy duro intuir que uno lleva toda una vida desorientado y desorientando a sus feligreses. El depósito de la fe que debían custodiar, extirpado de sus corazones, debe de haberles dejado un horrible vacío interior. Uno los imagina mirando ese espacio corrompido con el espanto de un Dorian Gray ante su retrato.






