León XIV pide en Tenerife una integración recíproca y condena a los traficantes de personas
© Bernabé Villalba/conelpapa.es

A los traficantes: «Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él»

León XIV pide en Tenerife una integración recíproca y condena a los traficantes de personas

«Integrar no significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria. […] A ustedes, queridos hermanos migrantes, les corresponde una parte noble y necesaria de este camino: abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones».

(InfoCatólica) León XIV dedicó su última jornada en España a los migrantes. En dos encuentros celebrados en Tenerife en la mañana del viernes 12 de junio, el Papa pidió una integración recíproca que no borre la identidad de quien llega ni cierre el corazón de quien recibe, y lanzó una condena directa contra quienes trafican con personas: «Deténganse. Conviértanse» (cf. Mc 1,15).

El Pontífice aterrizó en la isla procedente de Gran Canaria y fue recibido en el aeropuerto por el presidente regional, Fernando Clavijo; la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz Delgado; la embajadora de España en la Santa Sede, Isabel Celaá, y el obispo de San Cristóbal de La Laguna, monseñor Eloy Alberto Santiago Santiago, entre otras autoridades. Su primer destino fue el centro de primera acogida Las Raíces; el segundo, la Plaza del Cristo de La Laguna, donde se reunió con las realidades de integración de los migrantes. Desde el balcón del Obispado dirigió también unas palabras improvisadas a los presentes.

A medio día tendrá lugar la Santa Misa.

Corazones heridos, corazones consolados

En Las Raíces, el Papa pronunció su discurso en francés, lengua mayoritaria de los migrantes que aguardaban su visita. El director del centro, Ernesto Mayoral, recordó que por sus instalaciones han pasado más de 70.000 personas desde 2021, en lo que describió como «una acogida digna y organizada». Unas 600 personas trabajan en el dispositivo.

Antes de la intervención papal, dos migrantes del África subsahariana ofrecieron su testimonio. Theodor agradeció al Papa «recordar al mundo que todos somos personas» y le aseguró que los acogidos rezan por él. Bousso subrayó que «nadie abandona su tierra, su familia y sus raíces por voluntad propia» y calificó la presencia del Pontífice en Canarias como «una luz para quienes muchas veces no tenemos voz».

León XIV enmarcó el encuentro en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, «que es para los cristianos el amor misericordioso e infinito de Dios por cada ser humano». Subrayó que «más allá de nuestro lugar de proveniencia, el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad». Tras escuchar los testimonios, el Papa dijo pensar «en sus corazones, heridos por tantas dificultades y también consolados por el amor recibido gracias a otros corazones abiertos, generosos y misericordiosos».

La ministra Saiz, que intervino antes del Pontífice, citó el himno paulino del amor: «el amor es paciente, no es envidioso, no es engreído» (cf. 1 Co 13,4), y recordó a «los millones de españoles que tuvieron que marcharse fuera de nuestro país».

Santos misioneros desde Canarias

El Papa evocó la figura de dos santos canarios que partieron como misioneros a América: el Hermano Pedro de Betancur, misionero en Centroamérica, y san José de Anchieta, cofundador de São Paulo y Río de Janeiro. Ambos, señaló, «también fueron migrantes que se dirigieron hacia lo desconocido, llevando como principal equipaje la fe, la esperanza y la caridad». León XIV invitó a los presentes a ofrecer «el tesoro de humanidad, de sueños y de cultura» que han traído a las islas, y a estar «abiertos a recibir aquello que se les brinda», un intercambio que pidió vivir «con responsabilidad, pensando en el futuro de las generaciones venideras». En este punto citó su propia encíclica Magnifica humanitas para recordar que las migraciones «pueden ser una ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo entre los pueblos» (n. 81).

El Pontífice recordó también a su predecesor, el Papa Francisco, «que tanto anheló poder estar con ustedes», y recurrió a una imagen que el Papa argentino utilizaba con frecuencia: la de las raíces, símbolo de la necesidad de «no olvidar los orígenes, de permanecer unidos y de confiar en el Señor». Citando a Jeremías a través de la exhortación Christus vivit, pidió a los migrantes estar «firmemente arraigados en el Señor, para que ninguna tormenta pueda alejarlos de su presencia, que fortalece y da vida» (cf. Jr 17,8; Col 2,7).

Una ciudad sin murallas

Ya en la Plaza del Cristo de La Laguna, León XIV construyó su discurso a partir de una característica de la ciudad: «es una ciudad sin murallas, una ciudad abierta». De ahí extrajo una reflexión sobre las barreras invisibles: «las más difíciles de derribar no son siempre de piedra. A veces están en la mirada, o en el miedo o en la indiferencia».

El Papa definió la integración como «un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro». Se dirigió expresamente a los migrantes para recordarles su parte del camino: «abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones».

Distinguió entre acogida e integración: «la acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro». Y advirtió de un peligro que calificó como «naufragio silencioso después de la llegada: quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad. Integrar es impedir ese segundo naufragio».

Condena contra los traficantes

El pasaje más duro del discurso fue la interpelación directa a quienes explotan a los migrantes. «A quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio», les exigió: «Deténganse. Conviértanse». Les advirtió de que «las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios» (cf. Gn 4,10; Ex 3,7-9) y de que «por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina» (cf. 2 Co 5,10). Les instó a romper «esas cadenas», devolver «lo arrebatado» y volver «mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión» (cf. Ez 33,11).

Evangelizar, no solo asistir

León XIV pidió a los católicos que la integración «no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea». Quien llega a las parroquias, dijo, «necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección; y también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona». Definió así la misión: «una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres».

Agradeció el trabajo de Cáritas diocesana, la Delegación diocesana de Migraciones y las parroquias y realidades eclesiales y civiles que «van más allá del primer auxilio y acompañan procesos de protección, promoción e integración». También reconoció a los migrantes procedentes de Latinoamérica, Filipinas y otras latitudes que «forman ya parte viva de la comunidad y, con su fe, su trabajo y sus dones, ayudan a renovarla».

El discurso concluyó con la imagen de la Sagrada Familia de Nazaret, que «tuvo que migrar a Egipto para proteger la vida del Niño Jesús» (cf. Mt 2,13-15), como modelo y amparo de toda familia refugiada.

Desde el balcón del Obispado, León XIV se dirigió brevemente a la multitud congregada en la plaza. En tono espontáneo, agradeció la acogida y recordó que «todos somos hermanas y hermanos, algunos peruanos, algunos colombianos, algunos venezolanos, algunos de Tenerife. Somos todos una sola familia». Y concluyó: «Es cuando compartimos con los demás que descubrimos el verdadero sentido de nuestras vidas».

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