«Bajar de los pedestales de la arrogancia»: León XIV reivindica la humildad del Sagrado Corazón frente al «yo ampuloso» contemporáneo
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Recordó que España está consagrada al Sagrado Corazón de Jesús

«Bajar de los pedestales de la arrogancia»: León XIV reivindica la humildad del Sagrado Corazón frente al «yo ampuloso» contemporáneo

El Papa reivindica en Las Palmas una caridad que vaya más allá del asistencialismo y reclama humildad frente a la arrogancia individualista.

(InfoCatólica) El Papa ha celebrado la Eucaristía de la víspera de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús ante cerca de cincuenta mil fieles en el Estadio de Gran Canaria, en Las Palmas, en el marco de la tercera etapa de su viaje apostólico a España. En una homilía centrada en la gratuidad del amor divino, la caridad como motor de desarrollo integral y la humildad como condición para la paz, León XIV ha lanzado un llamamiento directo: «Que en el mundo cesen las guerras y crezca a nuestro alrededor una nueva humanidad, reconciliada en el amor».

Al inicio de la celebración, el Pontífice quiso dar gracias «por tanto bien que se hace aquí cada día», recordando los encuentros mantenidos por la mañana con migrantes, representantes de obras sociales y de acogida, así como con obispos y responsables eclesiales. Invitó además a la asamblea «a rezar juntos por los hermanos y las hermanas que han perdido la vida en el mar», en una referencia directa al drama migratorio del que las Islas Canarias son testigo permanente.

La gratuidad del amor divino

El Papa recordó que toda España está consagrada al Sagrado Corazón de Jesús y pidió que «estén vivos en nosotros los mismos sentimientos de humanidad, misericordia y compasión del Corazón del Salvador». Apoyándose en la primera lectura (cf. Dt 7,7-9), subrayó que Dios eligió a Israel «no porque tuvieran privilegios, dotes o méritos particulares, sino por puro amor», y que seguirá amándolos «aun cuando, por su corazón endurecido, no correspondan a sus sentimientos».

A partir de esa clave, León XIV desarrolló una reflexión sobre la caridad como realidad que desborda el sentimiento y la filantropía: «Esta es la caridad de Dios, en la que hunde sus raíces nuestra vocación al amor, que no está fundada en el cálculo, ni en el mero sentimiento, ni es reducible a simple filantropía, sino que invade todo nuestro ser: fuego para el alma, luz para la mente, impulso irresistible para la libertad». Y afirmó que «amar es connatural al hombre, más aún, es condición de plenitud de su misma existencia».

Caridad que integra, no mero asistencialismo

Citando a Francisco (Dilexit nos, 167) y a Benedicto XVI (Caritas in veritate, 1), el Papa insistió en que la mejor respuesta al amor de Cristo es el amor a los hermanos, lo que denominó el «intercambio maravilloso» (admirabile commercium): traducir la medida infinita del amor de Dios en la generosidad diaria con el prójimo, «especialmente en aquellos más necesitados, indefensos, incapaces de devolver algo a cambio». Destacó expresamente la experiencia de las Islas Canarias como ejemplo de «acogida, compartir y don desinteresado».

León XIV advirtió de que la gratuidad del Corazón de Cristo va más allá de la mera supervivencia y busca que cada persona recupere la confianza y retome su camino. «Nuestra caridad no debe ser mero asistencialismo, sino integrar a las personas, para su plena realización, espiritual, intelectual y física, y su inserción digna y constructiva en la comunidad», señaló, evocando la imagen evangélica del paralítico sanado al que Jesús ordena levantarse, coger su camilla y echar a andar «para una vida libre y digna». «Sólo así nuestros encuentros, aun frente a acontecimientos difíciles y dolorosos, se convertirán en ocasión para esparcir semillas de esperanza en el camino de la humanidad hacia un futuro mejor», concluyó sobre este punto.

El «yo ampuloso» que impide escuchar a Dios

La parte más incisiva de la homilía estuvo dedicada a la humildad como característica esencial del Corazón de Cristo. El Papa señaló que «el Corazón de Jesús es humilde, y por eso no sienten sus latidos los "doctos", los "sapientes", es decir, aquellos que tienen la presunción de bastarse a sí mismos, de saberlo todo, de no necesitar ni a Dios ni a los demás». Denunció que a quienes viven «aturdidos por los estruendos de un "yo" ampuloso, omnipresente y agitado» les falta «el silencio necesario para escuchar en sí y en los hermanos el palpitar escondido del amor».

Frente a la autosuficiencia y el individualismo, León XIV recordó que «no pocas veces, la riqueza nos vuelve ciegos, hasta el punto de pensar que nuestra felicidad sólo puede realizarse si logramos prescindir de los demás». Y ofreció la alternativa evangélica: «Para gustar la verdadera alegría de la vida, que reside en el amor, es necesario bajar de los pedestales de la arrogancia que divide, para encontrarnos en la humildad que nos hermana».

La paz nace de la humildad

Recuperando a san Agustín, el Pontífice estableció un vínculo indisoluble entre humildad, caridad y paz: «Donde hay auténtica humildad hay amor, y donde hay amor hay paz, porque sólo en la humildad conocemos realmente quiénes somos y, por tanto, podemos amarnos, encontrarnos, entregarnos y perdonarnos en la verdad».

En la conclusión de la celebración, León XIV pidió a los fieles que se miren «unos a otros, no sólo en esta jornada, sino siempre, con respeto y confianza» y que renueven el compromiso de ser «presencia viva del Señor en el mundo». «Encendidos por la caridad de su Corazón, seamos portadores de su misericordia y de su paz», exhortó, cerrando con el llamamiento al fin de las guerras y al nacimiento de «una nueva humanidad, reconciliada en el amor».

 

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