Colonia prepara el 750 aniversario de la primera procesión del Corpus
Basílica de San Gereon de Colonia | © Wikimedia

Fruto de la «piedad visual»

Colonia prepara el 750 aniversario de la primera procesión del Corpus

Colonia celebrará en 2029 el 750 aniversario de su procesión del Corpus. Pero la historia comienza antes, en Bolsena, con una hostia que sangró y un Papa que salió procesionalmente a recibirla.

(DomRadio/InfoCatólica) La Arquidiócesis de Colonia se prepara para celebrar en 2029 el 750 aniversario de lo que considera la primera procesión anual regular del Corpus Christi del mundo. El hito hunde sus raíces en el siglo XIII, cuando una hostia que sangró en Italia desencadenó los acontecimientos que llevarían al Papa a instituir la fiesta y a Colonia a celebrar su primera procesión solemne.

Para reconstruir ese itinerario, Andreas Odenthal, catedrático de Liturgia en la Universidad Renana Friedrich Wilhelm de Bonn y decano de su Facultad de Teología hasta 2025, analiza en DomRadio los fundamentos históricos del movimiento procesional en la Colonia medieval.

El milagro que lo precedió todo

La historia de la procesión del Corpus comienza con un prodigio eucarístico. En 1263, en la localidad italiana de Bolsena, un sacerdote que dudaba de la presencia real de Cristo en la Eucaristía vio cómo la hostia consagrada comenzaba a sangrar durante la misa, empapando los corporales. Las reliquias fueron llevadas a la cercana Orvieto, donde se encontraba el Papa Urbano IV, quien salió a recibirlas procesionalmente acompañado por el clero y los fieles: lo que se considera la primera procesión eucarística solemne de la historia.

El acontecimiento espoleó a Urbano IV a dar forma canónica a una devoción que ya germinaba en varias diócesis europeas. En agosto de 1264 promulgó la bula Transiturus de hoc mundo, instituyendo la fiesta del Corpus Christi para toda la Iglesia. Encargó a Santo Tomás de Aquino, que residía entonces en Orvieto, la composición de los textos litúrgicos del nuevo oficio. De aquella labor surgieron el Pange Lingua y el Tantum Ergo, himnos que han acompañado la adoración eucarística hasta nuestros días.

La muerte prematura de Urbano IV, pocos meses después de promulgar la bula, frenó su implantación universal. Hubo que esperar al Concilio de Vienne de 1311 para que su observancia quedara regulada en toda la Iglesia. En ese contexto de recepción desigual y gradual, Colonia se adelantó a las normas romanas.

La devoción visual como sustituto de la comunión

Odenthal sitúa el surgimiento de las procesiones eucarísticas en un fenómeno bien documentado de la Baja Edad Media: la reducción drástica de la comunión entre los fieles. Comulgar había pasado a ser, en la práctica, asunto exclusivo de los clérigos; los concilios y sínodos prescribían al menos una comunión anual, sin apenas éxito.

Ante esta carencia, los fieles desarrollaron la llamada piedad visual (Schaufrömmigkeit): contemplar la hostia se convirtió en el eje de la práctica religiosa popular, especialmente durante la misa. Según Odenthal , esta lógica explica la introducción, en el siglo XIII, de la elevación de la hostia en el momento de la consagración, y la aparición, a lo largo del siglo XIV, de las primeras custodias eucarísticas. El propósito era el mismo: si el fiel ya no recibía el cuerpo de Cristo, al menos podía contemplarlo.

Una innovación relativa: la nota de San Gereon

La fuente sobre la que descansa el jubileo coloniense describe una procesión celebrada antes de la misa mayor en la solemnidad del Corpus. Los canónigos portaban el cuerpo de Cristo en una píxide, la reliquia de la cabeza del mártir San Gereon y la corona de Santa Elena, fundadora legendaria de la colegiata, con destino a la iglesia parroquial de San Cristóbal.

Odenthal, sin embargo, advierte contra una lectura triunfalista del documento. Lo descrito no era, en rigor, una novedad radical: se trataba de la llamada procesión dominical, práctica habitual en conventos y colegiatas todos los domingos y festividades solemnes, que consistía en recorrer el claustro y las dependencias asperjándolos con agua bendita. Los canónigos de San Gereon simplemente trasladaron esa costumbre al nuevo festivo del Corpus, enriqueciéndola con la presencia eucarística. Tampoco el hecho de portar una píxide con el Santísimo era novedad en Colonia: la colegiata de los Apóstoles ya lo practicaba en las rogativas del día de San Marcos y en los días anteriores a la Ascensión.

El resultado, concluye el liturgista, es inicialmente poco espectacular: una práctica habitual en grandes festividades se trasladó al nuevo festejo del Corpus. Y sin embargo, en ese trasvase latía ya una tendencia que habría de consolidarse en el siglo siguiente.

El siglo XIV: la Eucaristía como protagonista

El giro decisivo llega con dos nuevas procesiones documentadas en la Colonia del siglo XIV. La primera es la procesión de los Santos Clavos y la Lanza, que recorría la ciudad medieval el viernes de la segunda semana de Pascua. La segunda, consignada en el ceremonial de la Catedral de Colonia en el primer cuarto del siglo XIV, es la procesión del cabildo catedralicio en la solemnidad del Corpus. En ambas, la Eucaristía dejó de ser un elemento más entre reliquias para convertirse en el centro y razón de ser del cortejo; las reliquias, tan características del procesionismo coloniense, pasaron a segundo plano.

La procesión de la catedral incorporó además paradas o stationes en las que se impartía la bendición eucarística hacia los cuatro puntos cardinales, un gesto que Odenthal describe como una bendición urbi et orbi: a la ciudad de Colonia y a los territorios circundantes. Con estos elementos, la procesión adquirió una dimensión nueva que justifica, a su juicio, hablar ya de una verdadera procesión del Corpus en sentido propio.

Los laicos, destinatarios esenciales de una devoción superviviente

El análisis concluye con una doble explicación de por qué la procesión del Corpus sobrevivió donde tantas formas litúrgicas medievales desaparecieron. La primera razón es estructural: los laicos eran sus destinatarios naturales. Privados en la práctica de la comunión sacramental, encontraron en la procesión eucarística una forma de participación y proximidad al misterio que la misa ya no les ofrecía en igual medida.

La segunda razón es confesional: tras la Reforma protestante, la procesión del Corpus se convirtió en uno de los signos más visibles de la identidad del catolicismo durante la época tridentina. La confrontación con las iglesias de la Reforma selló su carácter específicamente católico.

«La liturgia se encuentra en constante evolución», concluye Odenthal, quien invita a preguntarse qué nuevas formas de adoración eucarística podrán surgir en el futuro a partir de esta rica herencia medieval.

La procesión del Corpus llega a España

Si Colonia se anticipó al resto de la Iglesia universal en institucionalizar la procesión, la Península Ibérica tardó algunas décadas más en dejar constancia documental de su propia tradición. Los primeros testimonios conocidos sitúan las procesiones del Corpus en Tarragona en 1301, Girona en 1312 y Zaragoza en 1318; Barcelona las incorporó a finales del siglo XIV, y Sevilla en 1363. En los siglos siguientes, estas ciudades desarrollarían algunas de las celebraciones más elaboradas del catolicismo mundial, con las de Toledo, Sevilla y Valencia a la cabeza.

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