(InfoCatólica) Se puede acusar de muchas cosas a las nuevas religiones posmodernas, pero la coherencia no es una de ellas. En un giro llamativo, parece que los tiempos del calentamiento global están empezando a dejar paso a los del enfriamiento global.
Al Gore, expresidente de los Estados Unidos y activista contra el cambio climático, es conocido por sus dramáticas predicciones sobre el calentamiento global. Por ejemplo, en 2009 pronunció un discurso en la Conferencia Climática de Copenhague en el que afirmó que prácticamente todo el hielo del Ártico se habría derretido en unos cinco o siete años.
Por supuesto, ni esa ni sus otras predicciones climáticas se cumplieron, pero Gore consiguió pingües beneficios en el sector climático y una asombrosa influencia a través de su documental «Una verdad incómoda», que consolidó la idea del calentamiento global provocado por el hombre. En 2007 recibió el premio Nobel de la Paz (a pesar de aparentemente no haber hecho nada por la paz) y, no hace mucho, la Medalla Presidencial de la Libertad (a pesar de lo mismo, pero con la libertad).
En unas recientes declaraciones, el mismo Al Gore alerta ahora de una posible edad de hielo en los próximos veinticinco años, con un drástico descenso de las temperaturas. Siguiendo un peculiar hilo argumental, no se trata de reconocer que todas sus predicciones eran erróneas, sino de que, precisamente porque todas eran correctas, lo que va a pasar es lo contrario de lo que predijo.
Gore indica que el propio calentamiento global, en lugar de calentar, lo que haría sería enfriar la tierra dramáticamente. Esto sucedería porque el calentamiento derretiría el hielo de los polos (cosa que no ha sucedido) y ese derretimiento alteraría el sistema oceánico, la corriente del Golfo desaparecería y se produciría un cambio climático abrupto en sentido contrario, es decir, con una edad de hielo.
Al Gore compara este escenario con la película «El día de mañana», una entretenida película de aventuras que imagina una ola de frío brutal. El descenso de las temperaturas, provocado precisamente por el colapso de la corriente del Golfo, causa superhuracanes, granizos catastróficos y hace que la gente muera de frío por las calles, al cubrir repentinamente de hielo el hemisferio norte. Por supuesto, la película termina con el mundo reconociendo solemnemente que los sufridos activistas climáticos siempre tuvieron razón.
Curiosamente, en los años setenta se produjeron ya numerosas predicciones «científicas» de que se nos venía encima una nueva glaciación. Cuando se puso de moda el calentamiento global, estas incómodas predicciones se olvidaron en un abrir y cerrar de ojos, pero está claro que todo vuelve y que lo que ayer era verdad hoy no lo es, pero mañana podría serlo de nuevo.
Quizá lo único que se pueda concluir de todo esto sea que los activistas climáticos son los verdaderos «profetas de desgracias» de nuestro tiempo. Para ellos, el resultado de los cambios climáticos siempre es malo, catastrófico y a la vez inevitable y arreglable con masivas inversiones en proyectos climáticos. Así, Al Gore no considera la razonable posibilidad de que una tendencia al calentamiento se equilibre de forma natural con una tendencia contraria al enfriamiento, sino que va de catástrofe en catástrofe y de predicción incumplida en predicción incumplida hasta el éxito cinematográfico final.
Al menos, el expresidente norteamericano, que cumplió 78 años en marzo, ha aprendido algo y ya no hace predicciones a cinco años vista, sino para los próximos veinticinco, contando quizá con no estar presente para ver, una vez más, cómo no se cumple nada de lo predicho.








