(InfoCatólica) El Cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, ha hecho pública este lunes 27 de abril una extensa carta pastoral dirigida a su diócesis con el título «Volvieron a Jerusalén con gran alegría. Una propuesta para vivir la vocación de la Iglesia en Tierra Santa». El documento aborda de frente la pregunta que, según reconoce el propio Patriarca, le acompaña cada día: «¿Cómo estar como cristianos, en cuanto asamblea eclesial, dentro de esta situación de conflicto que sabemos que durará aún muchos años?».
La carta se estructura en tres partes: un análisis del presente marcado por la guerra de Gaza y sus consecuencias, una reflexión bíblica articulada en torno a la imagen de la Jerusalén celestial del Apocalipsis, y un amplio programa de implicaciones pastorales para parroquias, familias, escuelas e instituciones de la diócesis.
El 7 de octubre como punto de inflexión
Pizzaballa sitúa el 7 de octubre de 2023 y la guerra en Gaza como «acontecimientos decisivos que han cerrado una época y han abierto otra, y lo han hecho de la peor manera posible». El conflicto, sostiene, no es un episodio local, sino «el síntoma de una crisis mucho más profunda, de un cambio de paradigma a escala mundial». El Patriarca constata el colapso del multilateralismo y del orden internacional basado en normas: «Estamos asistiendo al resurgimiento del uso de la fuerza como instrumento considerado decisivo para la resolución de los conflictos». La guerra, afirma, «se ha convertido en objeto de un culto idólatra», mientras que los civiles «ya no se consideran víctimas colaterales, sino que se convierten en daños que imputar a la falta de rendición del enemigo».
Entre las cuestiones inéditas que plantea esta nueva época, Pizzaballa señala con especial inquietud el uso de la inteligencia artificial en operaciones bélicas: «¿Qué sucede cuando quien decide quién vive y quién muere es una máquina? ¿Qué responsabilidad le queda al hombre?».
Las cinco heridas de la diócesis
El Cardenal agrupa las consecuencias del conflicto sobre la vida eclesial en cinco núcleos. El primero es «la disolución del vínculo»: el dolor, el odio y la desconfianza han envenenado las relaciones, y la emigración «se reabre hoy más profunda que nunca». El segundo, la fragmentación en «enclaves» identitarios, reforzada por los algoritmos de las redes sociales: «Nos definimos cada vez más por oposición: somos lo que el otro no es». El tercero, la pérdida de significado de palabras como «convivencia», «diálogo» o «justicia», que «hoy nos parecen desgastadas y vacías».
El cuarto núcleo afecta directamente al diálogo interreligioso, «azotado por memorias contrapuestas e instrumentalizaciones identitarias». «Los Lugares Santos, que deberían ser espacios de oración, se convierten en campos de batalla identitarios», denuncia el Patriarca, para añadir: «Este abuso del nombre de Dios es el pecado más grave de nuestro tiempo». El quinto describe el rostro diverso de la Iglesia local: en Gaza, «extrema tribulación»; en Palestina, el riesgo de «una situación de ocupación permanente»; en Israel, «discriminación social, desigualdades económicas y una creciente inseguridad» agravadas por la delincuencia organizada. La comunidad de expresión hebrea, reconoce Pizzaballa, «no siempre se ha sentido escuchada por su propia Iglesia».
Una autocrítica pastoral
En un pasaje que destaca por su franqueza, el Patriarca se interroga sobre la propia respuesta de la Iglesia de Jerusalén: «¿Ha sido suficiente? ¿O es que, en este período tan duro, hemos privilegiado en ocasiones la prudencia y hemos buscado la supervivencia institucional, sacrificando nuestro testimonio profético?». Se trata, admite, de «una pregunta que me acompaña cada día, a la que nunca es fácil responder».
Con todo, Pizzaballa subraya que las comunidades cristianas «siguen siendo un signo tangible de esperanza y de valientes experiencias de vitalidad y fraternidad, gracias también a la constante cercanía espiritual y activa de la Iglesia universal, desde el Papa Francisco y el Papa León XIV hasta las diócesis más pequeñas y pobres».
Jerusalén como modelo bíblico
La segunda parte de la carta propone una lectura teológica del Apocalipsis (capítulos 21-22) como clave interpretativa para la misión de la Iglesia en Tierra Santa. Pizzaballa desarrolla diez rasgos de la Jerusalén celestial con aplicación directa al presente: el primado de Dios («Ignorar esta dimensión vertical ha llevado y llevará al fracaso de cualquier acuerdo de convivencia»), la ciudad como don y no como conquista, la superación de la lógica de posesión territorial, la luz pascual como «nueva forma de ver la realidad», las puertas siempre abiertas, la purificación de la memoria histórica y la vocación terapéutica de Jerusalén.
«La vocación de Jerusalén es sanar al mundo de sus heridas. Sanar las laceraciones con mansedumbre y con el valor del perdón: esta es la misión sublime de Jerusalén», escribe el Cardenal, quien identifica el perdón como «la medicina más poderosa» y «el testimonio más auténtico» que la comunidad cristiana puede ofrecer. Los cristianos de Tierra Santa, precisa, «no son un tercero incómodo, ni un amortiguador neutral entre israelíes y palestinos», sino «sal, luz y levadura dentro de las sociedades a las que pertenecen de pleno derecho».
Un programa pastoral en trece puntos
La tercera parte traduce la reflexión bíblica en un programa concreto que abarca trece ámbitos. Pizzaballa reclama «la primacía de la liturgia y de la oración» como centro de la vida comunitaria, y pide que las familias se conviertan en «laboratorios de reconciliación» donde el pasado pueda ser narrado «con dolor y verdad, pero sin transmitir odio». Las escuelas cristianas deben ser «talleres de una nueva humanidad» donde se eduque «a releer la historia con ojos libres de rencor».
El documento dedica secciones específicas a los hospitales y obras sociales (identificados con «las hojas del árbol de la vida que sirven para sanar a las naciones»), a los ancianos como «memoria viva», a los jóvenes como «profecía», a los sacerdotes y religiosos, y al diálogo ecuménico, donde Pizzaballa reconoce la dificultad concreta de los calendarios litúrgicos divergentes para la celebración de la Pascua.
En materia de diálogo interreligioso, el Patriarca pide pasar «del diálogo de las élites al diálogo de la vida» y reclama un rechazo «total y visible» de la cultura de la violencia. En este punto cita al Papa León XIV: «El mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo».
«No estamos solos»
La carta concluye con la imagen lucana de los discípulos que, tras la Ascensión, «regresaron a Jerusalén con gran alegría» (Lc 24,52). «¿Cómo podemos hacer todo esto?», se pregunta Pizzaballa. «La respuesta es sencilla: no podemos. Solos no podemos. Pero no estamos solos». «Volvamos a nuestra vida con pasión. Llevemos en el corazón el sueño de Dios para su ciudad, y dejemos que ese sueño se convierta, paso a paso, día tras día, en nuestra propia vida».
El documento, fechado el 25 de abril de 2026, festividad de san Marcos Evangelista, se presenta como «una propuesta inicial de reflexión» que debe madurar «a través del diálogo» dentro de las comunidades eclesiales, los monasterios y las familias de la diócesis.







