2.12.10

La hora de Dios: Para comprender Luz del mundo de Benedicto XVI

La hora de Dios. Breve reflexión sobre “Luz del Mundo” de Benedicto XVI

La larga conversación de Benedicto XVI con Peter Seewald y recogida en el volumen Luz del mundo ha suscitado muchos cometarios e interpretaciones. La mayoría se han centrado en cuestiones que sin duda no son asuntos de primordial importancia y no han captado la esencia de lo que nos ha querido decir el Papa.

Es interesante constatar que el título de esta obra se refiere directamente a Jesucristo, luz del mundo, y que la primera palabra que encontramos en el volumen es el nombre mismo de Dios: “Dios mira desde el cielo y observa a los hombres para ver si hay alguno que sea sensato y busque a Dios…”. Significativas estas palabras del Salmo 53 que sirven de preámbulo a la larga entrevista con Benedicto XVI.

A mi juicio, todo esto nos da la clave de comprensión fundamental de todo cuanto nos ha querido decir el sucesor de Pedro. Es la hora de Dios. El mundo sólo se regenerará y abrirá una vía de solución a sus numerosos y graves problemas, si entra en sintonía con Dios, si acepta rehacer su relación con su Creador y Salvador, si construye la realidad a partir del único fundamento consistente que es la sabiduría y el amor que provienen de Dios mismo y que se reflejan en las leyes santas que nos ha dado a conocer para nuestra salvación. Nisi Dominus aedificat domum…

En Santiago de Compostela el Papa se preguntaba perplejo cómo había llegado a hacerse silencio sobre la cuestión más esencial, sobre Dios, e invitaba a retornar a Él. Peter Seewald lo afirma claramente: Al final, el mensaje de Benedicto XVI es una dramática llamada a la Iglesia y al mundo, a cada individuo: no podemos continuar adelante como hemos hecho hasta ahora. Es tiempo de entrar en razón, de cambiar, de convertirse.

Y el Papa lo dice con toda claridad: “Podrían enumerarse muchos problemas que hay en la actualidad y que es necesario resolver, pero que sólo se pueden resolver si ponemos a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible al mundo”.

Y concluye el entrevistador citando al entrevistado: Con la pregunta de “si Dios, el Dios de Jesucristo, está presente y es reconocido como tal, o si desaparece” se decide hoy “el destino del mundo en esta dramática situación”.

Tal vez esta breve reflexión ayude a algunos comentaristas de la entrevista al Papa a tener una mayor amplitud de miras y evitar que los árboles no les impidan el bosque.

J. A. Mateo

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5.11.10

Polvo y ceniza. Consideraciones sobre la incineración cada vez más solicitada

Hace muy poco recibí una pregunta sobre la compatibilidad o no de la incineración de cadáveres con la fe cristiana.Una persona que había viajado recientemente viaje por EEUU y Canadá pudo observar que en algunos templos había criptas donde se depositaban las cenizas de los fieles. Me contaba que esto, por una parte le sorprendió, pues parecería que la Iglesia alentaba la práctica de la incineración que antes estaba prohibida, pero por otra parte le parecía una cosa muy buena que, como en otras épocas, los restos mortales de los cristianos pudieran reposar cerca de las iglesias. De hecho, ésta es una pregunta frecuente. Y las estadísticas demuestran la creciente demanda de la incineración.

En primer lugar hay que aclarar que la Iglesia ya no niega las exequias cristianas a los fieles que optan por la incineración. Yo mismo he comprobado, como párroco, como numerosas familias cristianas optan por inicinerar los restos de sus familiares y depositan piadosamente las cenizas en el cementerio, y, lo más importante, se acuerdan de ofrecer sufragios por sus difuntos, particularmente la Santa Misa.

En otros momentos históricos es cierto que la práctica de la incineración acostumbraba a ir acompañada por una profesión de fe nihilista incompatible con la esperanza cristiana, pero esto ya no es así, al menos en los casos de los fieles que lo solicitan. Es cierto que la Iglesia prefiere la inhumación de los cadáveres, pero es una recomendación a menudo poco práctica. En los grandes cementerios de las ciudades, las enormes construcciones de nichos poco tiene que ver con la inhumación tradicional de entregar el cuerpo a la tierra.

El Directorio para la piedad popular, en sintonía con el Catecismo de la Iglesia Católica dice textualmente: “Separándose del sentido de la momificación, del embalsamamiento o de la cremación, en las que se esconde, quizá, la idea de que la muerte significa la destrucción total del hombre, la piedad cristiana ha asumido, como forma de sepultura de los fieles, la inhumación. Por una parte, recuerda la tierra de la cual ha sido sacado el hombre (cfr. Gn 2,6) y a la que ahora vuelve (cfr. Gn 3,19; Sir 17,1); por otra parte, evoca la sepultura de Cristo, grano de trigo que, caído en tierra, ha producido mucho fruto (cfr. Jn 12,24). Sin embargo, en nuestros días, por el cambio en las condiciones del entorno y de la vida, está en vigor la praxis de quemar el cuerpo del difunto. Respecto a esta cuestión, la legislación eclesiástica dispone que: “A los que hayan elegido la cremación de su cadáver se les puede conceder el rito de las exequias cristianas, a no ser que su elección haya estado motivada por razones contrarias a la doctrina cristiana“.
Respecto a esta opción, se debe exhortar a los fieles a no conservar en su casa las cenizas de los familiares, sino a darles la sepultura acostumbrada, hasta que Dios haga resurgir de la tierra a aquellos que reposan allí y el mar restituya a sus muertos (cfr. Ap 20,13)”.

De acuerdo con estas enseñanzas de la Iglesia yo veo loable la práctica de “enterrar” piadosamente las cenizas de los fieles en estas criptas de los templos y que allí se ofrezcan periódicamente sufragios para su eterno descanso. Infinitamente mejor que tirar las cenizas de los difuntos en ríos, montes o en el mar como muchos hacen. Y tal vez se recuperaría el sentido de aquellos cementerios ubicados junto a la Iglesia. Unas criptas o espacios dignos para esta finalidad en los templos propiciarían la vivencia de la comunión de los santos y el sentido cristiano del cementerio. Por otra parte, la incineración simplemente aceleraría el proceso natural de destrucción del cuerpo que con el tiempo queda reducido a polvo y ceniza.

18.10.10

¿De qué se alarma Bibiana Aído? Sembraron vientos y cosechamos tempestades

Leo con perplejidad sobre la voz de alarma dada por Bibiana Aído constatando el desbarajuste sexual de nuestros adolescentes. ¿Pero que esperaban ustedes señores? Es como si un investigador insensato liberara un virus mortífero y luego se lamentara ante la mortalidad resultante entre la población.

Estamos, en definitiva, recogiendo los amargos frutos de una perversa ingeniería social que ha acabado destrozando a nuestra juventud con todo lo que esto comporta. Suscribo plenamente el análisis de la noticia que ha hecho muy lúcidamente nuestro director de Infocatólica y quisiera añadir algunas consideraciones.

En mi anterior post advertía sobre la peligrosidad de ciertas series televisivas que alimentan espiritualmente a cientos de miles de nuestros adolescentes. Los retorcidos patrones de conducta sexual que inoculan dichas series penetran con facilidad en estas mentes jóvenes tan desprovistas de recursos para resistir.

He podido comprobar que en numerosos centros de enseñanza secundaria y bachillerato en las clases de religión nada se dice de la moral sexual que propone la Iglesia y de su fundamentación. Ya no digamos de un programa serio de educación afectiva y sexual de nuestros jóvenes en clave cristiana, incluso en la escuela católica. Con estas perspectivas nuestros jóvenes son carne de cañón ante los depredadores.

El mensaje que se ha vendido y se vende a bombo y platillo es simple: disfruta del sexo con tal que evites los dos grandes males que son “embarazos no deseados” y enfermedades de transmisión sexual. Una perspectiva netamente animalesca y animalizante. Poco importa y nada se dice que estos jovenzuelos con unas prácticas sexuales promiscuas e inoportunas se destrocen para siempre el corazón, se incapaciten la mayoría para amar y fundar una verdadera familia, célula base de nuestra sociedad.

Es urgente, tremendamente urgente ponerse las pilas y empezar a trabajar en serio esta importante parcela de la educación humana. En este campo, lamentablemente, los hijos del mundo son más astutos que los hijos de la luz.
Tengamos presente que muy pronto se iniciara en el proceso educativo de jóvenes e incluso de niños una “educación” sistemática incompatible con una verdadera educación humana y cristiana e incapacitante para la misma si no llegamos a tiempo de evitarla; una visión de la sexualidad humana separada de su fundamental servicio al amor y a la vida. Sólo si los padres y familias toman cartas en el asunto y superan la pasividad y negligencias imperantes podrá ponerse remedio al problema. Y junto a los padres, la escuela católica y educadores sensatos que desde sus competencias ofrezcan una educación afectiva y sexual desde una antropología cristiana.

Hoy por desgracia, muchos adolescentes sólo reciben “enseñanzas sexuales” desde ámbitos tan poco orientadores como la televisión, internet y el ambiente que les rodea. Ni padres, ni educadores católicos les hablan de este tema con la competencia y seriedad que requiere. Me contaba hace poco una profesora de religión de secundaria que en su instituto va una enfermera que enseña a los chicos y chicas a partir de doce años cómo colocarse un preservativo y otros métodos contraconceptivos. Ahora ya se pretende enseñar sistemáticamente el aborto dentro del programa de “salud sexual”. ¿Qué podemos esperar de todo esto? Sembraron vientos y cosechamos tempestades…

Luís Fernando hablaba de “fornicadores de hoy, adúlteros de mañana”. Probablemente sea así en gran parte, aunque muchos de estos jovencitos que se volverán adictos al sexo, hastiados de tantas experiencias se verán del todo incapacitados para asumir un compromiso tan serio como el matrimonio y, probablemente también, siempre ávidos de nuevas sensaciones, totalmente cegados moralmente, no duden en intentar romper verdaderos matrimonios con tal de satisfacer sus deseos. Si no ponemos remedio y muy pronto a este desbarajuste debemos inquietarnos seriamente sobre el futuro inmediato de nuestra sociedad.

6.10.10

Física, química y fórmulas peligrosas ¡Atención, padres y madres de familia!

A mediados del curso escolar pasado, en una visita pastoral que hice en una escuela católica de mi parroquia hice una pequeña encuesta a alumnos de primero y segundo de ESO. Los chicos y chicas, entre doce y catorce años, coincidían en que uno de los programas televisivos que seguían con más interés era una serie llamada “Física y química”. También constaté que muchos niños de sexto curso de primaria, de once años, la veían habitualmente, incluso más pequeños.

La verdad es que debido a mis muchas ocupaciones y por un sentido claro de higiene mental, veo poca televisión. Pero consideré que debía ver un tiempo estas series que los más jovencitos seguían con devoción. Y así lo hice.

Debo confesar la perplejidad e incluso cierto embarazo de muchas escenas que aparecían habitualmente en la serie. En definitiva, un grupo de estudiantes de bachillerato con una obsesión enfermiza por la sexualidad, prácticas sexuales prematuras e inconscientes, un claustro de profesores como yo nunca lo he visto en mis años de docente de bachillerato (incluidas relaciones sexuales de trío entre profesores). También, como no, buenos ejemplos de virtudes como la amistad, el compañerismo, de fortaleza en las dificultades, pero todo profundamente viciado por la filosofía de fondo que incita a una vivencia sexual desquiciada.

Un chico o una chica que ven habitualmente esta serie reciben un fuerte impacto emocional sobre sus patrones de conducta en cuestiones muy serias e importantes de la vida. Habituarse a una sexualidad trivial y banalizada es causa segura de infelicidad en la vida.

Ahora bien, lo más sorprendente es que la mayoría de estos chicos y chicas puedan ver en la sobremesa nocturna estas series profundamente deseducadoras con la avenencia de sus padres. Y mucho más con niños de once años o más pequeños. ¿Qué podrá esperarse de semejante bombardeo ideológico en edades tan tempranas? Y todo esto sustentado en muchos centros con un enfoque muy preciso de ciertas lecciones de EPC y, ya no digamos, con otras “enseñanzas” que van a impartirse pronto si Dios no lo evita y nosotros también.

Un baño constante en estas series televisivas puede destruir muchos años de esfuerzo que las buenas familias y las buenas escuelas intentan ofrecer.

A menudo les hablo a los padres de los niños que asisten al catecismo de la importancia de gestionar bien el uso de la televisión y de Internet. Conozco muchos casos de adolescentes que llegan por la mañana a la escuela con unos ojos como platos porque se han pasado “navegando” toda la noche en su habitación y no precisamente por aguas plácidas.

Y cuando a los catorce años ha penetrado en la mente del joven el virus de una antropología extraviada, se compromete seriamente el éxito de una buena educación y su mismo itinerario vital.

Es hora que muchos padres y educadores tomen conciencia del poder que pueden ejercer medios como televisión o Internet en la educación o desucación de los hijos y que supervisen con mucha atención lo que los hijos deben ver y no deben ver a ciertas edades. Probablemente en algunos casos será difícil controlar lo que se enseña en la escuela, pero hay que empezar controlando en casa.

Y a propósito de la serie televisiva en cuestión y otras por el estilo, con estas fórmulas físicas y químicas solo cabe esperar reaciones muy explosivas y peligrosas.

3.09.10

¿Primera Comunión a los siete años?

¿COMUNIÓN A LOS SIETE AÑOS?

Pregunta:

He oído que el Papa quiere reinstaurar la antigua costumbre de recibir la Primera Comunión a los siete años. ¿Qué mejoraría esto? Veo que hoy los niños y niñas la hacen cerca de los diez años, con bastante preparación y, sin embargo, con muy poca perseverancia, pues después de la Comunión ¿cuántos niños frecuentan la Iglesia?

Respuesta:

De momento el Papa, que yo sepa, no ha dado ninguna disposición al respecto. Recuerdo que hace unos años traté cuando lo planteó el Cardenal Darío Castillón. El actual prefecto de la Congregación para el Culto Divino, Cardenal Cañizares y el Papa, han planteado de nuevo la cuestión. La actual disciplina de la Iglesia formulada en el Código de Derecho Canónico establece que el Párroco, cuando los niños bautizados llegan al uso de razón debe proveer a su preparación para la Eucaristía. ¿Cuándo llega esta edad del uso de razón? En las actuales circunstancias creo que puede afirmarse que alrededor de los seis o siete años. Hoy los niños son muy precoces. Por mi experiencia de veinticinco años de sacerdote y más de treinta de catequista puedo asegurar que hoy los niños a los diez años cumplidos que es la edad que hacen la Primera Comunión llegan pero que muy creciditos, a veces demasiado. Que tengan, como usted dice, bastante preparación, yo lo pondría en cuestión. Cuando yo hice mi Primera Comunión, a los siete u ocho años, sólo fui a catequesis durante tres meses antes de la celebración. Pero ya hacía años que yo iba a Misa cada domingo y mis padres se habían preocupado de que supiera las cosas más elementales: oraciones, mandamientos… Hoy, la mayoría de niños llegan a catequesis sin saber nada. Durante los dos años de preparación, si el Párroco no insta con firmeza a ello, los niños apenas frecuentan una sola Misa dominical y ya no digamos los padres. Me atrevería a decir que en aquellos tres meses que íbamos cada día a catequesis se hacía mucho más trabajo que la sesión semanal actual durante los dos años. Me parece que debemos revisar muchas cosas en la catequesis. Hace unos años, en Roma, oí en una conferencia dictada por el entonces Cardenal Ratzinger, lo siguiente: “Nunca habíamos hecho tanta catequesis, y nunca los resultados han sido tan decepcionantes”. Adelantar la edad de la Primera Comunión supondría, de entrada, y esto no es poco, un interlocutor con más inocencia y receptividad a la Gracia Divina. Es un tema a profundizar con calma y sin prejuicios.