Espíritu, autoridad y carismas

El magisterio de la Iglesia sólo puede encontrar adecuada comprensión y plena aceptación a la luz de la fe ya que el Magisterio es un don del Espíritu de Jesucristo a su Iglesia para el servicio de la fe.

Un problema candente en la Iglesia es la relación entre Espíritu, carismas y autoridad. Esta relación nos enseña ante todo que la autoridad no ha de olvidar que no posee el monopolio del Espíritu en la Iglesia, puesto que Éste es recibido en el Bautismo por todos los fieles. Como todos están bajo el mismo Espíritu, esta unidad espiritual exige en la Iglesia  un respeto mutuo entre todos los ministerios y funciones, siendo por supuesto válidos también aquí los principios de colegialidad y subsidiaridad. Los que están sujetos a la autoridad deben respetarla y, a su vez, los que la detentan deben respetar a los que están bajo su mando. Sólo con el respeto mutuo y en el aprecio de los dones y carismas, que “son las gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la utilidad de la Iglesia,  al bien de los hombres y a las necesidades del mundo” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 799), es decir sirven para la construcción y edificación del Cuerpo de Cristo (Ef 4,11-16).

Por supuesto que la caridad constituye tan radicalmente el ser del cristiano, que sin ella éste no es nada, y tampoco los carismas sin caridad sirven para nada. El juicio que hay que emitir sobre los carismas dependerá por tanto del apoyo que presten a la caridad, fundamen­to de la Iglesia, preeminencia de la caridad que da sentido a la jerarquía de los carismas, los cuales sin embargo son auxiliares indispensables para la utilidad común (1 Cor 12,7), y para la edificación de la Iglesia (1 Cor 14,4-5; 12,17-26). En conse­cuencia el ejercicio de los carismas personales, que se siguen de escuchar la voz del Espíritu, exige el saber discernir, como le ha sucedido a un amigo mío que en un cursillo de teología para seglares, el especialista en Escritura les dijo que la virginidad de María probablemente no era verdad de fe. Le dije que rezase el Credo, es decir nuestra profesión de fe, a ver si es dogma o no.

Los dones y gracias que Dios da a su Iglesia son múltiples y variados. En la comunidad católica la voz del magisterio ocupa un lugar preferente de norma, servicio y dirección. "El oficio de interpretar auténticamente (es decir oficialmente) la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente al magisterio de la Iglesia, la cual lo ejercita en nombre de Jesucristo"(Concilio Vaticano II, Constitución Dei Verbum 10). "Predicando los mandamientos de Dios y la caridad de Cristo, el magisterio de la Iglesia enseña también a los fieles los preceptos particulares y determinados, y les pide considerarlos como moralmente obligatorios en conciencia. Además desarrolla una importante labor de vigilancia"(Encíclica Veritatis Splendor 110).

El magisterio de la Iglesia sólo puede encontrar adecuada comprensión y plena aceptación a la luz de la fe ya que el Magisterio es un don del Espíritu de Jesucristo a su Iglesia para el servicio de la fe. El lugar propio y presupuesto imprescindi­ble para aceptar y llevar a la práctica las enseñanzas morales del Magisterio es la comunión cordial con la Iglesia. Esto exige la conversión de la mente y del corazón al Evangelio de Jesucris­to. Por supuesto que ha de escucharse también la voz de los teólogos, ya que el desarrollo de las ciencias sagradas es totalmente necesario para que la Iglesia pueda cumplir su misión. Pero todo esto no basta ya que la misión profética de Cristo se cumple "no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos"(Constitución Lumen Gentium 35), e incluso "la fidelidad a la conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad"( Constitución Gaudium et Spes 16).

Los cambios, desde luego, difícilmente vienen de la autoridad, aunque después deban ser confirmados por ella. Por ello suele haber una lógica tensión entre la autoridad cuya misión consiste en mantener la armonía, la paz y la unidad en el grupo y las nuevas fuerzas que se despiertan, entre las que no hay que olvidar que muchas terminarán en rotundos fracasos, como por ejemplo aquéllas que traten de negar alguna verdad de fe, aunque no es fácil de entrada ver los legítimos cambios que terminarán imponiéndo­se. Pero para ello es preciso que se dé a la responsabilidad personal la oportunidad de poder desarrollarse, dejándole libertad para responder a la propia llamada personal por parte del Espíritu, pero también recordando que en todo momento hemos de tratar de acomodar nuestra voluntad a la voluntad de Dios, y no al revés, y que la palabra final la tiene el Magisterio.

 

P. Pedro Trevijano, sacerdote

 

 

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