La encarnación del Verbo

La encarnación del Verbo

En el Antiguo Testamento prevalece la experiencia de la lejanía, trascendencia y santidad de Dios, a quien el hombre, finito, mortal y pecador, no puede ver sin morir. Pero, a la vez, aparece la promesa: Dios se dejará ver, su Siervo asumirá nuestro destino y en su rostro desfigurado veremos la gloria humillada de Dios y la sangre vivificadora del hombre. Esa promesa se ha cumplido en la encarnación de Cristo. Ya no sólo podemos oír a Dios sino verle y tocarle: «ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación».

Cristo es el camino entre Dios y los hombres, el mediador que es verdadero Dios y verdadero hombre. Su persona suprime para siempre el abismo que existía entre lo divino y lo humano, en cuanto acontece el misterio de la encarnación, haciendo posible así la relación íntima, e incluso filial, entre el Creador y cada criatura. De esta manera, el Camino que es Cristo conduce a Dios Padre. Su vida ha trazado una senda y cada individuo, invitado personalmente, es exhortado a seguirla para acceder a una intimidad profunda con el Creador, en calidad de hijo suyo.

Para san Pablo, Cristo es la imagen de Dios y en su rostro reconocemos su gloria, conocemos a Dios y conocemos también al hombre, porque él es el máximo exponente de nuestras necesidades y posibilidades. En el rostro de Cristo ha brillado para los hombres la gloria de Dios, manifestada en la igualdad de naturaleza, la solidaridad de destino con los mortales y su acción redentora. A la vez, en ese rostro ha florecido ante Dios la verdad y la dignidad del hombre. La gloria de Dios y la gloria del hombre se han identificado en el rostro de Cristo; la gloria de Dios abajado a nuestra tierra, la gloria del hombre elevada a la altura misma de Dios.

San Juan transmite la misma convicción: Cristo es el nombre de Dios pronunciado en la historia. La autoimplicación explícita de Jesús en Dios y la implicación explícita de Dios en su ser y actuar son las afirmaciones más profundas de todo el Nuevo Testamento. Para el evangelista ver a Jesús es ver a Dios, creer en Jesús es creer en Dios y amar a Jesús es amar a Dios. El Padre constituye la real identidad de Jesús: «El que cree en mí no cree en mí, sino en el que me ha enviado y el que me ve a mí ve al que me ha enviado».

En el prólogo de san Juan asistimos a la absolutización de Cristo como lugar del conocimiento de Dios: «A Dios nadie le ha visto jamás. El Unigénito que está en el seno del Padre ese nos lo ha interpretado». Él, que es su Palabra, nos ha hablado de él; él, que está en su seno desde la eternidad, nos le ha revelado en el tiempo; él, que le ve cara a cara con una amistad que es filiación, como Logos en el seno del Padre en un cara a cara constituyente, se convierte en el rostro del Padre para los hombres, de forma que viéndole a él vemos al Padre.

El Cristo de Dostoievski es el Dios-Hombre del Evangelio, la Palabra encarnada del prólogo de San Juan, como él mismo lo explica en sus notas a Los demonios: «Muchos piensan que es suficiente creer en las enseñanzas morales de Cristo para ser cristiano. No, no son las enseñanzas morales de Cristo ni su doctrina lo que salvará al mundo, sino la fe en que la Palabra se ha hecho carne […] Sólo en esta fe podemos lograr la divinización, el éxtasis que nos une más cercanamente a Él y que tiene el poder de evitar que nos desviemos del camino verdadero».

«El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros». Para san Agustín, este evento tendrá un valor de inmensa importancia, al momento de hablar de la redención del hombre, incluyendo la redención del cuerpo. Esta encarnación sería un beneficio para la naturaleza humana, pues nos viene a mostrar la restauración a la que está llamado el hombre: «(…) se dignó tomar íntegramente al hombre, haciéndose carne y habitando entre nosotros. Pues así manifestó a los hombres carnales, ineptos para la contemplación intelectual de la verdad y entregados a los sentidos corporales, cuán excelso lugar ocupa entre las criaturas la naturaleza humana, pues no sólo apareció visiblemente -y eso podía haberlo hecho tomando algún cuerpo etéreo, ajustado y proporcionado a nuestra capacidad-, sino se mostró entre los hombres con naturaleza de verdadero hombre». El hombre sólo puede ser salvado por el Verbo de Dios hecho carne.

El cristianismo surge de la afirmación absoluta del individuo por Dios. Cada hombre es de un infinito valor y para él envió a su Hijo al mundo. Así lo afirma el de Hipona: «Hombre, despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz. Por ti precisamente Dios se ha hecho hombre». El fin de la encarnación del Verbo está en la resurrección del hombre glorificado. «Hubieses muerto para siempre si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieras visto libre del pecado si él no hubiese aceptado la semejanza en la carne. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti sin esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte».

Cristo es el único que puede ponerse en el lugar de todos y de cada uno, pues, aunque no compartió la condición de pecado, sí asumió en su carne todo efecto de las tinieblas, toda aflicción y oprobio, toda injusticia. Él se ha dado a sí mismo un corazón de carne, capaz de sentir desde dentro las convulsiones interiores que desatan los cuidados temporales; un corazón capaz de conmoverse ante la tristeza que resulta de la maldad humana. Él es quien invita, poniéndose por entero en el lugar de cada hombre que se siente sucumbir ante la tentación de la caída.

Pero, aunque sea Dios, no atrae a sí desde una grandeza lejana, sino desde la humillación que ha hecho de su existencia, desde el instante de la encarnación, permanente descendimiento y kénosis. Y en este sentido, se muestra precisamente como camino de elevación a través del cual la criatura se une con su Creador. Para alcanzar la promesa de la unión con el Padre, hay que vaciarse de sí mismo, es decir, invertir la tendencia natural del hombre a la autodeificación y el reconocimiento mundano, pues «todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

La filosofía que había desvelado el deseo universal de felicidad resulta estéril para hacer feliz al hombre. El ser humano debe abrazar la fe en Cristo, que con su encarnación y su Pascua redentora ha abierto a la humanidad las puertas de la felicidad. La Encarnación abre un horizonte de esperanza al hombre y se constituye en aval y garantía de felicidad plena y eterna, revelándonos a un Dios plenamente implicado en nuestra felicidad. Si el Hijo de Dios, por amor y compasión, se ha hecho hombre, ¿no es más creíble que el ser humano pueda un día ser acogido como hijo, para morar en Dios y gozar de su dicha e inmortalidad?

La felicidad cristiana que nos deseamos, felicidad misteriosa, está circundada por signos de cruz, de abajamiento, de olvido de sí, de ternura y debilidad. La gloria de Dios se nos da no en el poder sino en la impotencia, no en el triunfo sino en la humillación, no en la exigencia sino en el perdón. La Encarnación es el encuentro entre Dios y el hombre que acontece en el Niño Dios que lleva en su persona la esperanza del mundo. Lo proclama el Himno de la Liturgia navideña: «Ver a Dios en la criatura, ver a Dios hecho mortal y ver en humano portal la celestial hermosura (…) Ver llorar a la alegría, ver tan pobre a la riqueza, ver tan baja a la grandeza y ver que Dios lo quería (…) Poner paz en tanta guerra, calor donde hay tanto frío, ser de todos lo que es mío, plantar un cielo en la tierra. ¡Qué misión de escalofrío la que Dios nos confió! ¡Quién lo hiciera y fuera yo! Amén».

Roberto Esteban Duque

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