Ante el escándalo

Yo, no sé si con presunción por mi parte, les diría a los legionarios que lo sucedido con los capuchinos muestra que hay que saber distinguir las obras de Dios de los hombres que aparentemente las encarnan y que así como los capuchinos tienen su sitio, y vaya sitio en la Iglesia, lo mismo les puede y les debe suceder a ellos.

Lo sucedido con el Padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, de quien ya está fuera de duda que tuvo una doble vida no precisamente ejemplar, sino con pecados gravísimos, me lleva a hacerme una serie de reflexiones y preguntas.

Por supuesto no me asombra que haya escándalos. El propio Jesús nos lo advierte: “¡Ay del mundo por los escándalos! Porque no puede menos de haber escándalos” (Mt 18,7). En el propio entorno de Jesús surgió uno de los escándalos más graves de la Historia de la Iglesia y de la Humanidad: la traición de Judas, uno de los Doce. Incluso diría que lo extraño es que no haya más escándalos, porque no hay que olvidar que todos somos pecadores y que entra dentro de lo posible en cualquiera de nosotros en cualquier momento un comportamiento escandaloso. Recuerdo que en este sentido yo pensaba, unos meses antes de su muerte de la hoy Beata Teresa de Calcuta. Parece una gran santa, pero hasta que se muera no se puede poner la mano en el fuego por ella. Hoy, tras su muerte, beatificación y esperamos pronta canonización sí se puede, siendo lo mejor que podemos desear a sus discípulas que mantengan el espíritu de su Fundadora.

Volviendo al Padre Maciel y a los Legionarios de Cristo, quiero recordar lo que sucedió en sus orígenes con una de las órdenes más serias de la Iglesia: los capuchinos, que tantos y tan admirables santos ha dado a la Iglesia. A fecha de hoy la canonización a la que ha ido más gente fue la del capuchino San Pío de Pietralcina. Pero sobre los orígenes de los capuchinos leo en “La Historia de la Iglesia” de L. Hertling S.J., mi profesor en la Gregoriana: “Es también de esta época una orden que en breve tiempo había de alcanzar una gran popularidad, la de los capuchinos. El deseo de volver a la primitiva pobreza y rigor predicados por san Francisco, había ya hecho surgir dentro de la orden un gran número de conventos y congregaciones reformadas. En el año 1525 Mateo de Basci emprendió una reforma de este tipo con un carácter casi eremítico. Clemente VII confirmó en 1528 la unión de los pequeños conventos, los separó de los observantes y los sometió al ministro general de los conventuales, con un vicario general propio. El primer vicario general fue Mateo, el cual, empero, pronto abandonó su propia fundación para volver a los observantes. Su sucesor, Luis de Fossombrone, fue expulsado de la orden en 1536. El tercer vicario general, el santo Bernardino de Asti, consolidó la vacilante congregación, pero su sucesor, Bernardino Occhino de Siena (1538-1541), huyó de la orden en 1542 y se hizo calvinista. Parecía como si la Providencia quisiera demostrar que una orden podía nacer incluso con los más inadecuados medios”.

Yo, no sé si con presunción por mi parte, les diría a los legionarios que lo sucedido con los capuchinos muestra que hay que saber distinguir las obras de Dios de los hombres que aparentemente las encarnan y que así como los capuchinos tienen su sitio, y vaya sitio en la Iglesia, lo mismo les puede y les debe suceder a ellos. Y con respecto a algunos que se escandalizan de estas cosas, pero luego defienden el aborto o que desde los trece años un chico o una chica pueden hacer lo que quieran con su sexualidad y su cuerpo, les diría que la conducta de Maciel ha sido escandalosa porque ha hecho un mal uso de su sexualidad y su cuerpo, pero que se pregunten qué es lo que ellos defienden.

Pedro Trevijano, sacerdote

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