Creo en la Santa Iglesia Católica, en la de ayer y en la actual

Digámosle al cristiano que en algún punto de la enseñanza del Vaticano II no alcanza a ver su posible conciliación con anteriores enseñanzas de la misma Iglesia: «Primero de todo, usted afirme, confirme y firme todo lo que la Iglesia enseña. Y trate después de ayudar el acto intelectual de su razón-fe, pidiendo luz a Dios y discurriendo como pueda, para lograr la conciliación de dos enseñanzas que ahora se le muestran como contradictorias

Los documentos del sagrado Concilio Vaticano II han de ser íntegramente recibidos por todos los hijos de la Iglesia. El Concilio puede y debe ser interpretado en todos sus textos a la luz de la Tradición eclesial. Otra cosa es que cada uno de nosotros en todos y cada uno de los temas que trata sea capaz mentalmente de lograr esa homogénea continuidad de interpretación. Se comprende que alguno tenga dificultades para aceptar ciertos textos, si a su entender son contradictorios con anteriores enseñanzas de la Iglesia.

Sobre este problema, una primera afirmación. Bajo el auxilio de la gracia, nuestra fe nace y se mantiene porque le creemos a Dios y porque le creemos a la Iglesia, Mater et Magistra, que nos habla en su nombre. Y en este sentido, nuestra fe en la Iglesia es el fundamento de la fe que prestamos a todas las verdades de la doctrina católica. Por eso Santo Tomás hace notar que quien considera la enseñanza de la Iglesia regla infalible para la fe recibe incondicionalmente todo lo que ella enseña. Si negara una sola de sus enseñanzas, negaría con eso su fe en la Iglesia, y por tanto ya propiamente no tendría sobre las otras verdades católicas fe, sino opinión (Suma Teológica II-II, 5,3).

Y sigo considerando el problema, esta vez recordando un caso concreto de grave conflicto mental.

Clemens Von Brentano escribe que la Beata Ana Catalina Emmerick, según ella le contó, "por espacio de mucho tiempo tuvo la costumbre de tratar con Dios de por qué no convierte a los grandes pecadores y por qué castiga eternamente a los que no se convierten. Decía a Dios, que no sabía cómo podía ser así, pues esto era contra su divina naturaleza; que convirtiéndolos ejercitaría su bondad, ya que nada le costaba convertir a los pecadores, los cuales estaban bajo su mano; que debía acordarse de lo que Él y su amado Hijo habian hecho por ellos, pues su Hijo había derramado su sangre y había dado su vida en la cruz; y de lo que Él mismo ha dicho en la Sagrada Escritura acerca de su bondad y misericordia y de las promesas que ha hecho. Si el Señor no es fiel a su palabra, ¿cómo puede pedir a los hombres que cumplan la suya?".

"El señor Lambert [su director espiritual, anciano sacerdote], a quien ella le dijo estas cosas, le repuso diciendo: 'Poco a poco, que vas damasiado lejos'. Después vio ella que eso debía ser así como Dios lo tiene dispuesto' ".

El conflicto mental de la Beata es gravísimo. Téngase en cuenta que en su citado caso la aparente inconciliabilidad de verdades se produce nada menos que entre una Palabra divina y otra Palabra también divina. En la mente de la Beata Ana Catalina (ratio fide illustrata) el principio de contradicción le exige inexorablemente negar la posibilidad de un infierno eterno. Y ella consiguientemente, con toda humildad y reconociendo la extrema falibilidad de la mente humana, suspende el juicio en ese tema, aceptando sin más lo que Dios mismo enseña sobre el infierno y propone la Iglesia docente.

Sigamos el ejemplo del sacerdote Lambert. Y digámosle al cristiano que en algún punto de la enseñanza del Vaticano II no alcanza a ver su posible conciliación con anteriores enseñanzas de la misma Iglesia: "Primero de todo, usted afirme, confirme y firme todo lo que la Iglesia enseña. Y trate después de ayudar el acto intelectual de su razón-fe, pidiendo luz a Dios y discurriendo como pueda, para lograr la conciliación de dos enseñanzas que ahora se le muestran como contradictorias. Si con el favor de Dios usted solo o con ayudas de otros llega a hacerse posible ese acto de la mente, perfecto. Si no, tendrá que suspender el juicio, prohibiéndose pensar en ese tema, porque ya ve usted que no es capaz de pensar sobre esa cuestión según la enseñanza de la Iglesia. Está claro que usted no debe consentir en ningún pensamiento que niegue o ponga en duda la ortodoxia de una enseñanza unánimemente acordada en un Concilio. Y menos aún debe negar en público su veracidad".

"Creo en la santa Iglesia Católica"
(artículo 9º del Credo). Ya sé que sobre este problema hay muchas obras escritas, algunas en varios tomos. Creo, sin embargo, que estas sencillas consideraciones son verdaderas, y que la fe que afirmo tiene fuerza para ayudar a resolver cualquier conflicto que impide el avance del ecumenismo hacia la perfecta unidad de la Iglesia en fe, caridad eclesial y obediencia. Antes de todo análisis de una doctrina de la Iglesia debe afirmarse la fe en la Iglesia, en la de ayer y en la actual.

Por el contrario, si se pretende situar en primer lugar "las cuestiones doctrinales" (sobre la presencia eucarística, la gracia y la libertad, el sacerdocio ministerial y el común, la libertad religiosa en los Estados, la posibilidad del infierno, los anticonceptivos, la ordenación sacerdotal de mujeres, etc.), se pone entonces el acuerdo doctrinal como "condición previa" para llegar a la plena comunión con la Iglesia actual, la de Benedicto XVI y del sagrado Concilio Vaticano II, ecuménico XX. Pero de ese modo se invierte el orden, y la fe en la Iglesia no es la causa de la fe que se presta a sus enseñanzas. El "creo en la Santa Iglesia Católica" debe afirmarse en primer lugar, incondicionalmente, ya que toda nuestra fe se apoya en la Roca de Pedro, que es infalible.

José María Iraburu, sacerdote

 

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