El descenso a los infiernos de la cultura de la muerte

Hay que bajar al infierno de la cultura de la muerte, conocer sus tramas, y crear una cultura de la vida. Los mejores comunicadores de la Iglesia se han de poner al servicio de la vida estudiando las tramas de la cultura y transformar desde dentro, no sólo denunciando desde fuera.

Es trágico que una sociedad decida atentar contra sí misma legislando contra la dignidad de la persona humana y los derechos fundamentales, pero es al menos igual de perverso, o peor, la maniobra de ingeniería social que paralelamente a esta legislación pretende cambiar la percepción del bien y del mal para dar cobertura social a esa legislación, en algunos casos legal, pero ilegítima, que han aprobado los gobernantes.

Esta es la situación de gran parte de las sociedades llamadas democráticas. Muchos de sus parlamentos y gobernantes legislan contra el derecho fundamental a la vida y atentan así contra la sacrosanta dignidad de la persona humana: aborto, eutanasia, investigación con embriones, incluso la creación de quimeras de diversas especies (mezcla de gametos de diversas especies: hombre y vaca, por ejemplo). Estas legislaciones son una forma de suicidio social porque se acaba con la propia vida en el sentido más material del término. Sólo hay que ver los índices de natalidad tan bajos de estas supuestas sociedades avanzadas.

Ahora bien, estas legislaciones han estado acompañadas de una auténtica obra de ingeniería social: un ánimo positivo de cambiar la percepción del bien y del mal de los ciudadanos con el fin de que consideren buenas todas estas medidas. Estas maniobras se suelen realizar en la oscuridad, lenta e imperceptiblemente, como actúa el mal. Son operaciones que prácticamente no ha dejan huella perceptible de su proceso sino que al llegar a su resultado final se puede apreciar el calado de la obra.

Un ejemplo de lo indicado hasta aquí es la investigación con embriones. Han establecido la unidad entre investigación y bien y han conseguido que pensemos que toda investigación siempre es buena. Entonces ¿por qué ponerle trabas? De este modo han pervertido la jerarquía de valores de la cultura en la que el valor de la vida estaba en la cumbre y a su servicio estaban todos los demás. Una vez alterado este orden no hay nada que se interponga en el camino de la investigación, y los que lo hagan son unos retrógrados que no valoran el verdadero bien.

Esto son los infiernos de la cultura de la muerte, donde está la verdadera semilla del mal. No basta con saber dónde está el infierno y denunciarlo, ya que es tan perverso que ha engendrado un sistema por el que la sola denuncia lo engrandece. Así se entiende que tantas denuncias lanzadas desde la cultura de la vida no sólo no lo dañen sino que lo alimenten y además se vuelvan como un boomerang frente a los apóstoles de la vida.

Hay que bajar al infierno de la cultura de la muerte, conocer sus tramas, y crear una cultura de la vida, como invitaba Juan Pablo II:

“Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida: nueva, para que sea capaz de afrontar y resolver los problemas propios de hoy sobre la vida del hombre; nueva, para que sea asumida con una convicción más firme y activa por todos los cristianos; nueva, para que pueda suscitar un encuentro cultural serio y valiente con todos. La urgencia de este cambio cultural está relacionada con la situación histórica que estamos atravesando, pero tiene su raíz en la misma misión evangelizadora, propia de la Iglesia. En efecto, el Evangelio pretende transformar desde dentro, renovar la misma humanidad (Evangelii nuntiandi 18); es como la levadura que fermenta la masa” (Evangelium vitae 95).

En el fondo se trata de ser sencillos como palomas, pero astutos como serpientes. Los mejores comunicadores de la Iglesia se han de poner al servicio de la vida estudiando las tramas de la cultura y transformar desde dentro, no sólo denunciando desde fuera.

Rafael Amo Usanos es sacerdote, Doctor en teología por la Gregoriana y Master en bioética

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