La Iglesia en la sociedad

La educación católica, si da buenos resultados y teniendo en cuenta la libertad de cada uno, ayuda a ser un buen ciudadano. Quizá uno de los mejores manuales de Educación para la Ciudadanía sea el Evangelio.

Numerosos datos de la reciente vida social y política en España obligan a que los cristianos reflexionemos sobre nuestro lugar en la sociedad y pongamos en valor la contribución que la Iglesia hace a la sociedad en la que vive: la anunciada reforma de la ley de libertad religiosa, la financiación de la Iglesia que en estos meses de rendir cuentas ante la Hacienda pública cobra especial actualidad, el problema de la asignatura denominada Educación para la Ciudadania, etc… son algunos de ellos. (por cierto, algún día habrá que comentar porque ciudadania y no ciudadanos, ¿no será que quieren diluir al individuo en la masa?)

El lugar de los cristianos en la sociedad puede ser considerado desde dos puntos de vista: como ciudadanos individuales y como grupo social.

Los cristianos en cuanto que ciudadanos somos personas con toda la dignidad, todas las obligaciones y todos los derechos. Como recordaba la carta a Diogneto, vivimos, vestimos, comemos, pagamos impuestos, contribuimos al bien de la nación, igual que cualquier otro ciudadano. Es más, somos libres para tener creencias, como es libre aquel que no las quiera tener. Es decir, tenemos derecho a ser creyentes. Esta opción no es ningún privilegio que nos otorgue la sociedad en la que vivimos. Y visto lo visto es sociologicamente lo normal, pues en España y en el mundo, los creyentes en alguna religión somos mayoría aplastante frente a los que no se confiesan creyentes.

Por esto me parece necesaria una ley de libertad religiosa: una ley no pensada para constreñir mi derecho a creer y a vivir como creyente. Una ley que promueva la creencia, porque las leyes están para que podamos ejercer más y mejor nuestros derechos. Y además, una ley que nos proteja a los creyentes de agresiones injustas, por ejemplo, cuando se ofenden en los medios de comunicación los sentimientos religiosos. Me da la impresión de que este no va a ser el espíritu que mueva la anunciada reforma de la actual y eficaz ley.

Como grupo social, la Iglesia Católica (que así se denomina el grupo social de los cristianos católicos) también debe tener un lugar en la sociedad que debe ser respetado, tanto si es mayoritario como si es minoritario. Si la Iglesia católica es un grupo mayoritario debe ser tenido en cuenta, como se tiene en cuenta a las mayorías. Si es minoritario, se le debe respetar como se respeta a las minorias. No obstante, que me presenten un grupo social en la España actual con más afiliados que la Iglesia católica.

Por otra parte, la Iglesia también debe poner en valor su contribución a la sociedad. Es cierto que la “que más vende” es la ayuda social. No voy a dar cifras porque además no pueden responder nunca a la verdad. La Iglesia comunica las ayudas sociales que pasan por sus libros de contabilidad, pero ¿cuánta limosna dan los cristianos directamente? ¿cuánta solidaridad, de esa que no se puede cuantificar, reparten los cristianos?

Quisiera que la sociedad también cayera en la cuenta de la aportación de la Iglesia al mundo de la cultura (y me refiero a la cultura de verdad, no a ese autodenominado mundo de la cultura que no suelen contar en su currículum con muchos doctorados). La Iglesia católica mantiene miles de templos y obras de arte que sin el trabajo callado de muchos párrocos y la contribución generosa de muchos fieles se habría destruido. Es cierto que la Iglesia recibe ayudas públicas, pero lo que ha hecho la Iglesia, más allá del dinero público, es impagable.

Pero todavía hay algo más, a mi juicio, lo más importante. La contribución de la Iglesia al armazón ético de la sociedad. Un buen cristiano, o al menos el que intenta serlo, es un buen ciudadano. Como decían algunos mayores de nuestros pueblos castellanos: Hijo ve a la catequesis (doctrina, le llamaban) que allí nada malo vas a aprender.

Nuestra manera de ver a Dios y al mundo nos obliga en conciencia al respeto a los demás, nos obliga a contribuir con nuestra sociedad pagando impuestos o cumpliendo las normas de tráfico, por poner unos ejemplos. Nuestra moral nos impide, entre otras cosas, pegar a los maridos/mujeres, que las adolescentes queden embarazadas fuera del matrimonio, o consumir drogas. Y así multitud de ejemplos. La educación católica, si da buenos resultados y teniendo en cuenta la libertad de cada uno, ayuda a ser un buen ciudadano. Quizá uno de los mejores manuales de Educación para la Ciudadanía sea el Evangelio.

Rafael Amo Usanos

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