La mirada desenfocada del Observatorio

Se trata de un informe que, desde el punto de vista científico, es antiguo; desde el punto de vista de la bioética, es excluyente y dogmático; desde el punto de vista de la biojurídica, injusto y discriminatorio; y desde el punto de vista de la información, manipulador.

Los Observatorios se crean con el fin de iluminar a las sociedades y sus dirigentes en aspectos complejos de la vida política y social. Se pide, por tanto, que el Observatorio observe con mirada profunda, limpia y objetiva. El Grupo de opinión del Observatorio de Bioética y Derecho ligado a la Universidad de Barcelona ha firmado en abril de 2008 un informe titulado “Documento sobre la interrupción voluntaria del embarazo”.

Mi opinión es que se trata de un informe que, desde el punto de vista científico, es antiguo; desde el punto de vista de la bioética, es excluyente y dogmático; desde el punto de vista de la biojurídica, injusto y discriminatorio; y desde el punto de vista de la información, manipulador. En este documento, el Observatorio no actúa con mirada profunda ni objetiva, sino con una mirada aviesamente desenfocada.

Desde el punto de vista científico, lo más relevante es que se pretende definir la vida humana como la capacidad de autoconciencia, como la capacidad de identidad, de ser un yo. Por esto afirman que: “la vida propiamente humana empieza alrededor de las 23 semanas de gestación, cuando se inician conexiones sinápticas hacia la corteza cerebral y en el interior de ésta. Éste fundamento neurológico resulta coherente con que tanto el inicio como el final de la vida humana dependan de la actividad de la corteza cerebral, es decir, del estado de conciencia”.

Es un argumento bastante antiguo y pasado de moda. El razonamiento lo comenzó René Descartes allá por el siglo XVII (para que quede claro: hace más de 300 años) con aquella “chilindrina” –así lo llamaba Ortega y Gasset– del “pienso, luego existo”. Este supuesto razonamiento científico parte de la postura metafísica de Descartes que pensaba que al ser humano sólo se le reconocía porque era capaz de pensar y decir “yo”: la autoconciencia. Pero la ciencia ha avanzado mucho en 300 años, la vida, y la vida humana, es, por decirlo sencillamente y sin tecnicismos, la actividad de un sistema que posee determinada información. Es decir, que allí donde hay un sistema con información (ADN) que mantiene su energía, hay vida. Si el sistema con información (ADN) es humano, es decir, se trata de ADN humano, hay vida humana. Y esto se produce en el mismo momento de la fecundación del óvulo por parte del espermatozoide.

Los datos están sobre la mesa: la definición de vida humana que aporta el informe del Observatorio de Bioética, es antigua y está superada por estudios como los de Polanyi, Lorenz, Pichot, Mayr, Elsasser, o Ramellini. (Aporto nombres para no esconder mi opinión en la vaga expresión “comunidad científica”)

El punto de vista bioético que tiene el documento, es excluyente y poco digno de una sociedad pluralista en la que vivimos. Para los autores de este informe el espacio democrático pluralista se define en los siguientes términos: “no es posible debatir, deliberar o dialogar sobre temas controvertidos en el campo de la bioética, como el aborto, sino se aceptan normativamente los valores de cientificidad, laicidad y pluralismo democrático”. Desde aquí deducen que: “la discusión pública sobre el aborto no debe introducir criterios procedentes de concepciones religiosas, sobre el bien o la vida ideal, apropiadas para imponerse a uno mismo voluntariamente, pero no materia de corrección moral interpersonal que pueda imponerse a los demás”.

Este punto de vista es excluyente y dogmático (el dogmatismo del nuevo laicismo) ya que convierte a los creyentes en cualquier religión en ciudadanos de segunda clase. El razonamiento lo ha utilizado recientemente el Papa Benedicto XVI en su discurso ante la asamblea de la ONU: “Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de si mismos –su fe– para poder ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos”.

Años atrás había escrito algo similar J. Habermas, uno de los autores más destacados de la ética basada en el consenso, y por tanto, nada sospechoso de ser un de esos creyentes a los que hay que expulsar del debate público. Defiende la libertad religiosa porque es la mejor forma de asegurar la convivencia multicultural: “De hecho, el reverso de la libertad religiosa es la pacificación del pluralismo cosmovisivo, pluralismo cuyas consecuencias eran desiguales. Hasta ahora, a los únicos a los que el Estado liberal ha exigido, como quien dice, dividir su identidad en dos partes, una privada y otra pública, ha sido a sus ciudadanos creyentes. Son ellos los que tienen que traducir sus convicciones religiosas a un lenguaje secular si aspiran a que sus argumentos encuentren aprobación” (J. Habermas, El futuro de la naturaleza humana, Barcelona, Paidós 2002, 138)

Por tanto, desde el punto de vista bioético, el informe del Observatorio de Bioética y Derecho es excluyente y dogmático. Se atribuye el poder de otorgar el carnet de ciudadano de primera a quien renuncie a sus creencias religiosas. Esto es poco pluralista y dialogante.

Desde el punto de vista de la biojurídica, el informe es injusto. La justicia se funda en el derecho y el derecho se reconoce, no se extiende. Por mucho que nos empeñemos en reconocer el derecho de libertad de expresión a una planta (un ficus, por ejemplo) no lo tiene ni lo puede ejercer, porque el derecho se corresponde a la naturaleza de las cosas. Y se posee, o no. A la sociedad y al Estado le corresponde reconocerlo, no otorgarlo, ni extenderlo.

El documento del Observatorio de Bioética y Derecho sostiene que la mujer es el único sujeto de derechos en el conflicto, que estos autores, imaginan con el feto. El feto, que no es plenamente individuo –siempre según este documento– hasta que nace, tiene una cierta protección equivalente a su grado de persona. Esta postura es radicalmente injusta porque hace del derecho a la vida algo que no procede de la naturaleza de las cosas, sino del reconocimiento de la sociedad.

Pero además tiene un agravante materialista: afirma el documento que si las circunstancias socioeconómicas de la madre son desfavorables (¡vaya usted a saber como se mide esto!) se le reduce al feto su grado de persona y se puede abortar entre la semana 14 y 22. Introducir elementos socioeconómicos para otorgar, o no, el derecho a la vida me parece extremadamente discriminatorio, es tanto como decir que los pobres no tienen derecho a la vida.

Por último, desde el punto de vista de la información, es manipulador. Ya he descrito en estas páginas digitales cual es la estrategia de la cultura de la muerte, pero voy a volver a insistir porque este informe es un claro ejemplo de su “buen” hacer el mal. Se trata de unir la idea que se quiere exaltar a un valor socialmente aceptado como positivo, cantar las bondades de este nuevo valor y así arrastrar dentro del campo de lo políticamente correcto aquella idea de la cultura de la muerte.

Rafael Amo Usanos

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