Ávila, un congreso muy necesario

La cosa adquirió ciertos tintes que Juan Pablo II quiso atajar el problema con la publicación, en 1990, de la Constitución Apostólica «Ex Corde Ecclesiae», en la que se trataba el tema precisamente de la identidad de las universidades católicas. Y parecería que con dicho documento la cosa quedaba clara y todos contentos, pero por desgracias no fue así

Aprovechando la ocasión de la JMJ, que tiene como momento importante el encuentro del Papa con los profesores universitarios católicos jóvenes, se ha tenido la brillante idea de organizar el primer Congreso mundial de Universidades Católicas, evento que se celebra en estos días en la ciudad de Ávila. Ésta es, como su nombre indica, la primera ocasión en la que se intenta reunir en un mismo espacio no sólo a profesores y profesionales del mundo universitario, sino también a estudiantes de estas instituciones.

Participan en el Congreso universidades de Estados Unidos, Argentina, Eslovaquia, India, Italia, Filipinas, México, Ecuador, Francia, Brasil, Chile, Colombia, Guatemala, Inglaterra, Irlanda, Polonia, etc., y personalidades como Mons. Grocholewski, cardenal y prefecto de la Congregación para la Educación Católica en la Santa Sede, o Mons. Martínez Camino, secretario de la Conferencia Episcopal española.

De especial interés es el tema del Congreso: La identidad de las Universidades Católicas. Lo cual podría parecer una cuestión de poca complicación, más bien obvia, pues todos sabemos lo que es una universidad y lo que quiere decir “católico”, pero en realidad, cuando se trata de estos centros de enseñanza superior, la cuestión se convierte en complicada, cuando no tormentosa.

El tema trae cola, y bastante larga. En general en todos los países, pero concretamente en algunos como Estados Unidos, que es el que más universidades católicas tiene en el mundo (piénsese que solamente la Compañía de Jesús tiene en aquel país más de 20 universidades), pero también otros, como algunos de Latinoamérica o la misma España, los centros superiores de enseñanza laica con inspiración católica, sobre todos los de antigua fundación, sufrieron con los vaivenes del postconcilio, la revolución del 68 y en general la adaptación a los tiempos modernos, una cierta crisis de identidad. No ocurrió igual en todos ni de la misma manera, pero la crisis fue evidente, pues en muchas de ellas se llegó a enseñar cosas en total contradicción con la doctrina católica.

La cosa adquirió ciertos tintes que Juan Pablo II quiso atajar el problema con la publicación, en 1990, de la Constitución Apostólica “Ex Corde Ecclesiae”, en la que se trataba el tema precisamente de la identidad de las universidades católicas. Y parecería que con dicho documento la cosa quedaba clara y todos contentos, pero por desgracias no fue así. En aquel entonces vivía yo en Estados Unidos y recuerdo la tormenta que se montó en ciertos ámbitos católicos a raíz de la publicación de este documento: La mayoría de las universidades católicas afirmaron públicamente, sin cortarse un pelo, que no podían aceptar la Constitución Apostólica del Papa, y no pensaban hacerlo. La razón para ellos era muy sencilla: El avenirse a las condiciones que ponía el Papa suponía restringir el número de candidatos posibles para profesores, rechazando a algunos de gran prestigio nacional e internacional pero que claramente enseñarían doctrinas contrarias a la verdad católica. Y eso parece que no lo podían aceptar.

Una parte clave de este documento fue que los teólogos que enseñaban en universidades católicas obtuvieran un mandatum, o certificado del obispo local, que atestiguara el hecho de que enseñaban de acuerdo a la doctrina de la Iglesia. Muchos profesores de instituciones católicas se resistieron a este requisito, observaba Hendershott. Con todo, daba ejemplos de cómo las universidades se apresuraron a cumplir con los organismos seculares de acreditación cuando se les exigía una mayor diversidad en términos de raza y pertenencia étnica.

Las “negociaciones” entre la Santa Sede y esa buena parte de las universidades americanas fue larga y dolorosa, y todavía no ha terminado ni mucho menos. Centros educativos de grandísimo prestigio como Georgetown, Notre Dame o Villanova University todavía dan de vez en cuando la nota y saltan a la prensa por sus salidas de tono, por no hablar de la presencia de profesores contrarios a la fe católica.

Hace un par de años, Anne Hendershott, profesora de urbanismo en el King's College de la ciudad de Nueva York, analizaba  el tema en un libro publicado con el título: "Status Envy: The Politics of Catholic Higher Education" (Transaction Publishers) (Envidia de Estatus: la Política de la Educación Superior Católica). Su análisis era bastante pesimista: Según ella, ha habido una pérdida progresiva de la identidad católica en muchos campus católicos debido a la tendencia de las facultades y de los administradores a adaptarse a un deseo de estatus en un mundo secular.

Hendershott sostenía que hay una guerra en marcha en la educación superior católica. Este conflicto es un reflejo de una guerra cultural más grande entre quienes afirman que no hay verdades, y quienes creen que las verdades han sido reveladas y requieren una lectura y aplicación constantes. En la práctica, esto ha significado que los intentos de enseñar doctrina católica pronto son considerados como inadecuados o intolerantes. Así, el pluralismo adoptado por muchos miembros de las facultades no ha significado un genuino diálogo entre las enseñanzas católicas y otras ideas, sino, más bien, sólo respeto por aquellos principios católicos que ya aceptó la institución.

Vaya, que la cosa está complicada. Quizás en nuestro país no tanto -no se olvide que hay universidades católicas de reciente fundación en las que la identidad eclesial es evidente- pero en el resto del mundo hay de todo y las universidades problemáticas acerca de su identidad son todavía muchas. Es curioso, parece que solamente tienen que ser lo que son, pero la cosa no es tan fácil, pues como dice el adagio, cuando se deja de vivir como se cree se acaba creyendo como se vive, y esto que está claro a nivel individual también se aplica a las instituciones.

Por lo tanto, bien merece alabanza la iniciativa de los que han organizado este primer Congreso de las universidades católicas y de los que han elegido el tema que se está tratando. Ojalá la cosa tenga continuación. Esperemos que arroje un poco más de luz sobre el tema, no tanto por los que no la necesitan, sino precisamente por los centros educativos de la Iglesia que no acaban de ver dicha luz.

 

P. Alberto Royo Mejía, sacerdote

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1 comentario

Dedicado a los asistentes del congreso
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The Idea of a University
(John Henry Newman)

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Retornar a los principios para recuperar la cultura (y la universidad)

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14/08/11 3:27 AM

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