La puerta de los secretos de su corazón

Nota común a todos los que han experimentado de modo más claro el amor del corazón de Cristo es la paz que han sentido ante la consideración del infinito amor de todo un Dios concentrado en un corazón humano.

Cuenta el recién beatificado Padre Bernardo Hoyos, de la Compañía de Jesús –jovencísimo sacerdote que solamente ejerció el ministerio sacerdotal unos meses y murió con 24 años de edad– que en 1733, cuando tenía 21 años y era estudiante de Teología en Valladolid, recibió una carta de un amigo que era sacerdote y profesor de Gramática en Bilbao. A dicho amigo le habían pedido un sermón para la octava de Corpus, y recordaba que en Valladolid había leído un libro escrito en latín cuyo título era De cultu Sacratissimi Cordis Iesu, del P. José de Gallifet, sobre la devoción al Corazón de Jesús. Para preparar el sermón, le pedía a Francisco que copiase determinados fragmentos de ese libro y que se los enviase. Francisco tomó el libro de la biblioteca y lo llevó a su habitación para copiar los párrafos pedidos. Esto es lo que relata el Beato:

“Yo que no había oído jamás tal cosa, empecé a leer el origen del culto del Corazón de nuestro amor Jesús, y sentí en mi espíritu un extraordinario movimiento fuerte, suave y nada arrebatado ni impetuoso, con el cual me fui luego al punto delante del Señor sacramentado a ofrecerme a su Corazón para cooperar cuanto pudiese a lo menos con oraciones a la extensión de su culto”.

Esta experiencia cambió la vida del joven seminarista Jesuita, que descubrió un horizonte nuevo para su espiritualidad. En los tres años de vida que le quedaron se convirtió en un apóstol del Sagrado Corazón, propagador de la devoción a la misericordia de Dios manifestada en el corazón de su hijo. No era el primero en esta línea de espiritualidad, claro está, seguía las huellas de ilustres personajes como la benedictina (o cisterciense) medieval Gertudris la Grande, el místico San Bernardo de Claraval, la humilde Santa Margarita Maria de Alacoque, el erudito Claudio de la Colombiere y los que todavía tenían que venir, como poco conocida la Beata Maria Droste Zu Vischering, la más reciente Santa Faustina Kowalska, y tantos otros. Línea de espiritualidad fecundísima, que tanto bien ha hecho a los cristianos de todas las épocas y lugares.

Nota común a todos los que han experimentado de modo más claro el amor del corazón de Cristo es la paz que han sentido ante la consideración del infinito amor de todo un Dios concentrado en un corazón humano. La gran Santa Gertrudis, personaje fundamental del medioevo cristiano, describe del siguiente modo el descubrimiento de dicho amor:

“Pusisteis vuestra delicadeza y vuestra ternura para apaciguar en primer lugar la turbación con que permitisteis que mi corazón fuera agitado por más de un mes. Aquella turbación, me parece, servía a vuestro propósito de destruir la torre de mi vanidad y mundanidad levantada en mi corazón por mi orgullo, que desmentía de este modo el nombre y el hábito religioso que vestía (...) Desde aquella hora, mi alma recobró la calma y serenidad y comencé a correr tras el perfume de tus ungüentos (Cantar 1,3) y aprendí a gustar de la suavidad de tu yugo (Mt 11,30), que poco antes había creído insoportable” (Mensajero del amor divino, libro II, capítulo 1).

Turbación que viene de experimentar la propia miseria –la soberbia, la vanidad, la envidia, la lujuria, y las otras bajas pasiones–, deseo de encontrar una paz que se busca y no se encuentra y, de repente, el gozo indecible de encontrar un refugio y remanso de paz en el corazón de Cristo, donde la misericordia brota a borbotones como de un manantial o como la sangre brotó con el agua del costado abierto de Jesús crucificado. Mucho más recientemente lo explicaba otro enamorado del Corazón de Jesús, San Josemaría Escrivá:

“Nos ofrece su Corazón, para que encontremos allí nuestro descanso y nuestra fortaleza. Si aceptamos su llamada, comprobaremos que sus palabras son verdaderas: y aumentará nuestra hambre y nuestra sed, hasta desear que Dios establezca en nuestro corazón el lugar de su reposo, y que no aparte de nosotros su calor y su luz”. (Es Cristo que pasa, 170”)

Es todo un cúmulo de sentimientos que solamente con fatiga consiguen explicar los místicos. Pero, cuando consiguen explicarlos, el resultado son unos textos de una belleza irrepetible. Yo os propongo hoy uno de San Bernardo que a mí particularmente me ha ayudado mucho desde que era seminarista (y ya ha llovido bastante desde entonces…). Todos los seguidores de Jesús experimentamos antes o después, en un modo o en otro, la fatiga de la perseverancia, la debilidad ante las argucias del enemigo y lo inadecuado de nuestra respuesta con respecto a lo mucho que Dios nos ha dado. A muchos, todas estas cosas, una por una o todas ellas combinadas, les han llevado a tirar la toalla y dejar el camino de la lucha espiritual o por lo menos a ralentizar el ritmo del amor, el cual de ese modo termina por enfriarse. No permita el Señor que nos ocurra a nosotros. Para evitarlo os invito a meditar en el amor infinito de Cristo manifestado en su corazón, y en él encontrar refugio para nuestra debilidad.

Bueno, San Bernardo lo explicó mucho mejor que yo, como es lógico. Habla de la llaga del costado como puerta de los secretos del corazón de Cristo, y en ello sigue la tradición que comenzó muchos siglos antes San Agustín. Ya el gran obispo de Hipona había escrito:

“Cuando algún feo pensamiento me fatiga, vuestras llagas Señor, me son escudo; cuando el mundo me acosa, me son refugio; cuando el demonio se embravece y como león da bramidos para tragarme, en poniéndome debajo de vuestras alas, en entrando en vuestras llagas, pierde su fuerza y huye de mí. Las llamas de mi concupiscencia que arden en mí, con la sangre que corre de vuestro amoroso pecho se apagan y la vanidad del mundo se conoce y se vence, y la rabia de Satanás se debilitan y frenan. En todas la adversidades, en todas las congojas y quebrantos de mi corazón, no hallo otro remedio más eficaz que vuestra cruz y vuestras llagas”

San Bernardo habla de las llagas y en la llaga del costado de Cristo encuentra el camino de la misericordia y la puerta de los secretos del Corazón de Dios. Os propongo su hermosa meditación como preparación para la fiesta del Sagrado Corazón:

“¿Dónde podrá hallar nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo, sino en las llagas del Salvador? En ellas habito con seguridad, sabiendo que Él puede salvarme. Grita el mundo, me oprime el cuerpo, el diablo me pone asechanzas, pero yo no caigo, porque estoy cimentado sobre piedra firme. Si cometo un gran pecado, me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. Él, en efecto, fue traspasado por nuestras rebeliones. ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte de Cristo? Por esto, si me acuerdo que tengo a mano un remedio tan poderoso y eficaz, ya no me atemoriza ninguna dolencia, por maligna que sea.

“Por esto, no tenía razón aquel que dijo: Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es que él no podía atribuirse ni llamar suyos los méritos de Cristo, porque no era miembro del cuerpo cuya cabeza es el Señor.

“Pero yo tomo de las entrañas del Señor lo que me falta, pues sus entrañas rebosan misericordia. Agujerearon sus manos y pies y atravesaron su costado con una lanza, y, a través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal, es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor.

“Sus designios eran designios de paz, y yo lo ignoraba. Porque, ¿quién conoció la mente del Señor?, ¿quién fue su consejero? Pero el clavo penetrante se ha convertido para mí en una llave que me ha abierto el conocimiento de la voluntad del Señor. ¿Por qué no he de mirar a través de esta hendidura? Tanto el clavo como la llaga proclaman que en verdad Dios está en Cristo reconciliando al mundo consigo. Un hierro atravesó su alma, hasta cerca del corazón, de modo que ya no es incapaz de compadecerse de mis debilidades.

“Las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios, por la que nos ha visitado el sol que nace de lo alto. ¿Qué dificultad hay en admitir que tus llagas nos dejan ver tus entrañas? No podría hallarse otro medio más claro que estas tus llagas para comprender que tú, Señor, eres bueno y clemente, y rico en misericordia. Nadie tiene una misericordia más grande que el que da su vida por los sentenciados a muerte y a la condenación.

“Luego mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos. (Sermón 61 sobre el Cantar de los cantares, 3-5)

 

Alberto Royo Mejía, sacerdote

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7 comentarios

Mª José
Que hermosas reflexiones sobre el Corazón de Jesús... QUe nos ayuden a ser mansos yhumildes como El lo fue.
8/06/10 11:43 AM
Clericus
Me alegra que haya citado a Santa Gertrudis, muy justamente llamada La Grande, una santa poco conocida pero sobre la que merecería la pena que se escribiese más. Quizás ud., don Alberto, en su blog de historia, podría contarno algo sobre esta gran mujer.
8/06/10 10:40 PM
Joel
En la Enciclopedia Católica hay un artículo muy interesante sobre Santa Gertrudis, fue un personaje interesantísimo, una mujer de gran valía.
9/06/10 2:00 AM
Javier C.
Bendito Padre Hoyos, qué gran jesuita. El Papa pidió hace unos años a los jesuitas que sigan fomentando la devoción al Sagrado Corazón, pero me parece que están dedicados a otras cosas y no les queda tiempo para ello. Por desgracia.
9/06/10 9:47 AM
Clericus
También el padre Kolvenbach, entonces prepósito general de la Compañía, escribió una carta a los jesuitas sobre la devoción al Sagrado Corazón. Que le hayan hecho caso o no individualmente no se puede saber, pero a nivel colectivo, no parece que sean hoy los abanderados de dicha devoción
9/06/10 12:15 PM
ISAAC PARRA
¿Dónde podrá hallar nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo, sino en las llagas del Salvador?. Celebrar el Sagrado Corazón de Jesús, es celebrar la misericordía infinita de Dios para con el hombre, que se hizo hombre para que tuvieramos vida en abundancia. ¡Gracias Señor!
10/06/10 1:53 AM
Hoy he comprendido esto de las llagas.
15/06/10 3:17 AM

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