Esposa sin mancha ni arruga

Los hijos acusan a la madre de estar cargada de arrugas, cuando esas arrugas son precisamente ellos quienes se las han producido. Soñar con una Iglesia de perfectos, impecables, es comprensible si se refiere al futuro escatológico, pero pensar en ella en la tierra es necedad, pues ni existe ni ha existido ni va a existir.

       Aunque alguno pueda pensar que los tiempos pasados fueron mejores, lo cual ya San Agustín rebatía –y no era ni ayer ni anteayer cuando el santo Obispo lo decía, por lo que en verdad “nihil novum”– basta mirar los tiempos que le tocó vivir a San Pablo para darse cuenta que nuestra Madre la Iglesia ha tenido dificultades siempre, desde los mismos comienzos. No es propósito de estas líneas analizar la situación externa e interna de la primitiva cristiandad, pero no viene mal recordar, y si es el caso leer, las peripecias que nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, luchas internas y externas, persecución de los judíos, primeros martirios, desavenencias con algunos de los Apóstoles que tuvo que resolver el concilio de Jerusalén…

       Y no es que en aquel ambiente difícil la iglesia brillase por las virtudes de la totalidad de sus miembros, sino –como siempre– por las de algunos de ellos, a la vez que se tenía que avergonzar por las de otros: Las herejías surgieron ya en los primeros momentos, con ellas vinieron muchas veces los desenfrenos morales, y el trigo y la paja frecuentemente se mezclaban creando gran confusión en propios y extraños.

       Pues bien, es en este ambiente –que quizás en lo externo cambió con el paso de los siglos por la libertad de la Iglesia, pero que ha cambiado poco en lo interno, esto es en la mezcla entre lo sublime, lo bueno, lo malo y lo pésimo–, concretamente en ese ambiente y no en otro que pudiese ser más parecido al de Alicia en el país de las maravillas, en el que San Pablo escribe esas palabras maravillosas que leemos en la carta a los Efesios acerca de Cristo y su esposa la Iglesia:

“Cristo, dice San Pablo, amó  a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa  e inmaculada”.

       Con ello, aparte de los fines propios y el contexto de la carta a los Efesios, en los cuales no me meto porque no soy experto en Biblia, está claro es que Pablo no pretende olvidar ni ocultar los problemas de la Iglesia, sino todo lo contrario, lo que hace es ofrecer una visión mucho más auténtica de ella que lo que las apariencias pueden mostrar. Porque las apariencias muestran lo externo, pero en la Iglesia, la realidad que de verdad cuenta es la interna. Ojalá lo externo en la iglesia fuera siempre luminoso y edificante… pero aunque no lo sea, ello no le quita un ápice a la realidad maravillosa de la Iglesia, esposa amadísima por Cristo.

       Como tampoco soy un experto en teología, para expresar mejor esta realidad sublime prefiero citar a los que más saben, y para ello me sirvo de unas palabras hermosas de Juan Pablo II en una audiencia general. Decía el venerado Pontífice que

“Ser amada por Cristo y amarlo con amor esponsal es parte constitutiva del misterio de la Iglesia. En su fuente hay un acto libre de amor que se derrama desde el Padre por Cristo y el Espíritu Santo. Este amor modela a la Iglesia, irradiándose sobre todas las criaturas. Desde esta perspectiva se puede decir que la Iglesia es un estandarte elevado entre los pueblos para testimoniar la intensidad del amor divino revelado en Cristo, especialmente en el don que él hace de su vida misma (cf. Jn 10, 11-15)”.

Añadía Juan Pablo II:

“La Iglesia, precisamente porque ha sido engendrada por el amor, difunde amor. Lo hace anunciando el mandamiento de amarnos unos a otros como Cristo nos ha amado (cf. Jn 15, 12), es decir, hasta dar la vida: ‘Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos’ (1 Jn 3, 16). Ese Dios que ‘nos amó primero’ (1 Jn 4, 19) y no dudó en entregar a su Hijo por amor (cf. Jn 3, 16) impulsa a la Iglesia a recorrer ‘hasta el extremo’ (cf. Jn 13, 1) el camino del amor”.

       Desde esta realidad elevada y hermosa, en la que todos querríamos quedarnos y gozar, bajamos a la de cada día, en la encontramos lo que conocemos de estos últimos tiempos: el bombardeo mediático, las acusaciones y respuestas defensivas de la Santa Sede, la dimisión aquí y allá de obispos por motivos poco claros, el desconcierto de muchos de buena voluntad, etc. Esta es la parte externa. ¿Nos tenemos que avergonzar de ella? Yo no pienso hacerlo. Me avergüenzo sin duda de la suciedad que pueda haber, pero en el fondo es tan reducida y anecdótica que no puede llevarme a avergonzarme de mi madre la Iglesia, santa y compuesta por pecadores (llamados a la santidad, pero pecadores al fin y al cabo).

       Lo expresaba de modo magistral el padre Cantalamessa, como buen predicador pontificio, en un viernes santo de hace unos años pero que parece que lo hubiese hecho ayer mismo, por lo actuales que se presentan sus reflexiones:

“Si alguien mira las vidrieras de una antigua catedral desde la calle, no verá más que trozos de vidrio oscuros unidos por tiras de plomo negro; pero si atraviesa el umbral y las mira desde dentro, a contraluz, entonces verá un espectáculo de colores y de figuras que lo dejan sin respiración. Lo mismo ocurre con la Iglesia. El que la mira desde fuera, con los ojos del mundo, no ve más que lados oscuros y miserias; pero el que la mira desde dentro, con los ojos de la fe y sintiéndose parte de ella, verá lo que veía san Pablo: un maravilloso edificio, un cuerpo bien ensamblado, una esposa sin mancha, ¡un ‘gran misterio’!”

Y añade el buen Capuchino:

“¡Los pecados de la Iglesia! ¿Crees que Jesús no los conoce mejor que tú? ¿Acaso no sabía él por quién moría?, ¿y dónde estaban en aquel momento sus apóstoles? Pero él amó a esta Iglesia real y concreta, no a una imaginaria e ideal. Murió ‘para hacerla santa e inmaculada’, no porque fuese ya santa e inmaculada. Cristo amó a la Iglesia ‘en esperanza’: no sólo por lo que ‘es’, sino también por lo que ‘será’: la Jerusalén celestial ‘arreglada como una novia que se adorna para su esposo’ (Ap 21,2)”.

       Olvidar esto lleva al escándalo, a veces invencible –y ¡Ay del que escandalizare!–, pero ese escándalo puede llevar a la separación, al abandono, a muchos les ha llevado a la herejía o al cisma, o a los dos a la vez. Los hijos acusan a la madre de estar cargada de arrugas, cuando esas arrugas son precisamente ellos quienes se las han producido. Soñar con una Iglesia de perfectos, impecables, es comprensible si se refiere al futuro escatológico, pero pensar en ella en la tierra es necedad, pues  ni existe ni ha existido ni va a existir. Aún así, es bueno pensar en la Iglesia con alguna arruga de menos. Como también recordaba el padre Cantalamessa, la Iglesia tendría una arruga de menos, si yo hubiese cometido un pecado menos, y en eso –añado yo– nos podemos poner hoy mismo manos a la obra.

 

Alberto Royo Mejía, sacerdote

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5 comentarios

Maria
Hermosa la teoría, por desgracia a veces la práctica no se parece, pero no debemos dejar de intentarlo para que cada vez se parezca un poco más.
29/04/10 12:25 PM
David
Iglesia de Cristo sin mancha, a pesar de los pecados de los hombres. Iglesia que tenemos que hacer cada dia más bella con nuestras virtudes y, si nos hacemos santos, hacemos brillas más todavia.
30/04/10 11:37 AM
Joel
Bonita relexión, para no perder la prespectiva de la realidad de la Iglesia, en la que lo que no se ve es infinitamente mas grande y atractivo que lo que se ve. El problema es que entiendan esto todos los cristianos y no se quden en lo externo
30/04/10 11:48 AM
M.Jose
Linda la meditacion del Padre Alberto. Como la Iglesia es santa, somos llamados a ser santos. Que el Espiritu nos ayude a vivirlo con valentia y sin cansarnos
30/04/10 3:49 PM
teresa Mª de Málaga
La Iglesia en palabras de S. Agustín:"Es santa pecadora". Santa porque su fundador es SANTO; pecadora porque todos navegamos en esa barca con nuestros defectos y carencias. De ahí que continuamente estemos llamados a la conversión. De todos y cada uno de nosotros depende la respuesta.
8/05/10 2:19 PM

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