La Liturgia de la Palabra

En cada Eucaristía se presentan al Padre todas las necesidades del mundo entero, el sufrimiento de todos los hombres, sus anhelos y esperanzas. Nada de lo humano nos es ajeno, todo confluye en el altar y en la asamblea de los creyentes.

Los siguientes consejos y reflexiones pertenecen al libro 7 canastas, publicado en 2015 por Editorial Logos (Argentina)

1. Aprender nuevamente a escuchar

Es necesario reconocerlo: nos cuesta escuchar con atención. Casi podría decirse que con frecuencia hacemos realidad lo de la expresión popular: las palabras nos «entran por un oído y nos salen por el otro». Es decir, no llegan a la inteligencia ni al corazón. Ni se imprimen en la memoria.

Esto no nos pasa sólo en Misa: cada día centenares de padres se quejan de que sus hijos no los escuchan, y centenares de hijos repiten, a coro, una queja similar. Más aún: es un hecho que en muchos matrimonios el diálogo no es lo fuerte que debiera, y no porque las personas no hablen... no, no hay diálogo porque no escuchan, porque no sabemos escuchar. (…)

Con esta breve descripción quiero apuntalar una idea: para poder escuchar la Palabra que se proclama desde el ambón –así se llama el atril en que se leen las lecturas– es enormemente importante reaprender a escuchar a los que nos rodean. Porque también, en ellos, podemos percibir la Palabra. Porque así nos vamos «entrenando» en la escucha.

Pero además de esta dimensión humana esencial, la escucha de la Palabra tiene otras facetas. (…) Lo que se lee cada domingo y cada día es La Palabra. Palabra eterna que entra en la historia y que se reviste de palabras humanas, pero que conserva todas las cualidades de Dios.

Es Palabra Santa y Santificadora, que, al igual que la lluvia que cae del cielo, no vuelve a él sin haber empapado la tierra.

Es Palabra Perfecta: sus dificultades se desvanecen cuando la leemos en la comunión de la Esposa de Cristo, que la interpreta.

Es Palabra Inmutable: no cambia, permanece siempre la misma. No es como los postulados de la moda o las ideologías, que duran un tiempo, y luego se metamorfosean para no perder «público». «El cielo y la tierra pasarán»–dijo Jesús–, «pero mis palabras no pasarán».

Es Palabra Omnipotente: el Centurión –cuánto nos ha enseñado este hombre en apenas unos minutos– dijo: «Una palabra tuya bastará para sanar a mi sirviente».

Es Palabra Creadora, la misma que hizo surgir los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay en él. Puede hacer surgir, también hoy, luz en las tinieblas, vida de la nada.

Esa es la palabra que se proclama: escúchala bien. La lea quien la lea. (…) Porque hay algo más todavía: cuando en la Liturgia se proclama la Palabra, es Jesús mismo quien habla. ¡Él! Te está hablando. A ti.

Recuerda todo esto, cuando te sientes para las lecturas. Y trata de no distraerte mirando la hora, o si el ventilador está bien orientado.

Di, en tu corazón, como Samuel: «Habla, Señor, porque tu servidor escucha».

 

2. La cruz que nos abre a la acción del Señor

Luego de escuchar la primera y segunda lectura, y de rezar con el salmo –verdadero tesoro de piedad–, la Liturgia nos invita a ponernos de pie. Excepto en Cuaresma, entonamos el Aleluya, saludando a Jesús resucitado presente en su Evangelio.

(…)

En ese momento la Iglesia nos propone un gesto sencillo y profundo a la vez. Nuevamente las manos vienen en nuestra ayuda para disponer el corazón.

Junto con el sacerdote, somos invitados a signarnos la frente, la boca y el pecho. Los libros litúrgicos no explican por qué hemos de hacer ese gesto: simplemente lo prescriben. Permíteme hacer un pequeño intento de interpretación, para que te ayude a realizarlo con mayor conciencia cada vez.

La cruz en tu frente. Porque en tu mente circulan, a toda velocidad, pensamientos de todo tipo. Porque esos pensamientos a veces son buenos, pero otras no. Porque a veces esos pensamientos te alejan del Señor.

Y es posible que, en tan importante momento –Él te está por hablar– el Enemigo intente distraerte.

La cruz santa viene en tu ayuda. Casi como recordando el día en que, al inicio de la celebración de tu Bautismo, el sacerdote, tus padres y padrinos te signaron. Ante la Cruz «huyen los enemigos», se dispersan los pensamientos perturbadores. Es casi un exorcismo para tus ideas.

Pero se me ocurre otro simbolismo. Algunas veces puedes sentir la uña de tu dedo pulgar presionar en tu frente. Imagina, entonces, que estás haciendo un surco, como quien prepara la tierra para sembrar una semilla. El surco de la cruz para la siembra del grano de trigo que puede dar treinta, sesenta o ciento por uno. Y que depende de la profundidad a donde caiga.

Cuando signes tu frente, pídele al Señor que la Palabra no caiga al borde, ni en la superficie: que llegue al centro, al fondo de tu inteligencia. Que ordene, armonice y domine tus pensamientos. Que puedas tener la «mente de Cristo», como dice San Pablo.

La cruz en los labios. La Palabra no está destinada a permanecer en tu interior. Has de hacerte heraldo de ella. Juan y Pedro decían, con las espaldas sangrantes por los latigazos: «No podemos callar lo que hemos... oído».

Pero nuestras bocas son un poco remisas a este compromiso. Casi tornamos la apasionada frase en un «no sabemos decir lo que hemos... oído». (…)

Y sin embargo, cuando la Palabra entró en ti, sientes, como Jeremías, que «un fuego te quema por dentro». Pero necesitas que la cruz del Salvador fortalezca tus labios, los abra al anuncio. Y que la cruz santifique tus palabras.

Este gesto es santo, y santificador. Por eso, cada mañana, cuando te levantes, haz la señal de la cruz en tus labios.

Y cuando tengas que corregir a alguien, repítela.

Y cuando debas alentar a una persona decaída, nuevamente. Así, de modo incesante, la cruz irá santificando todas tus palabras.

Por último, la cruz en el pecho. Como dijimos más arriba: el pecho remite a la interioridad, al corazón.

Algunas veces, llegamos a la Eucaristía con el corazón inquieto, intranquilo. (…)

Entonces esa señal de la Cruz significa: «Yo estoy aquí... yo he vencido al mundo». Dispone nuestro mundo interior para recibir las palabras del Amado, que darán fuerza al fatigado.(…)

Cuando, fuera de la Misa, te sientas intranquilo, o experimentes el combate espiritual... traza la cruz en tu pecho... deja tu mano sobre él, e invoca al Paráclito que viene «en ayuda de nuestra debilidad».

 

3. «Catadores de homilías»

C.S. Lewis, en su genial obra Cartas del diablo a su sobrino, hace que el diablo más viejo aconseje su sobrino que «convierta a su paciente en un catador de iglesias».

Con esa expresión se refiere al cristiano que recorre parroquia tras parroquia, y con agudeza analiza y critica cada una, sin terminar de involucrarse a fondo con las cosas del Señor.

Pues bien, un peligro para el cristiano es ser catador de homilías. Del mismo modo que quien se dedica a degustar, clasificar y calificar los vinos, este cristiano es un experto en el arte de escuchar homilías, pero sin permitir que ninguna de ellas le toque el corazón.

Las escucha con atención, recuerda el hilo conductor o la estructura –que pocas veces, en realidad, encuentra satisfactorio para su fino paladar–, descubre los aciertos y errores del predicador, analiza si usó el tono de voz adecuado, si el lenguaje fue el correcto, si la duración acertada, si las citas de los santos apropiadas... Descubre las muletillas que vuelven cansador el discurso, las repeticiones innecesarias, los lugares comunes.

(…)

El catador de homilías es completamente impermeable a la acción del Señor. Situado en un lugar inadecuado, no puede recibir el calor de la Palabra Viviente.

Quizá no existe ese personaje, así, con rasgos tan grotescos como los he delineado... pero quizá puedas encontrar en tu interior algunos parecidos, ¿puede ser?

Y permíteme dejarte un pequeño consejo, si es que a veces el diablito que te tocó en suerte logra convertirte un poco en «catador de homilías».

En todas, incluso en las más rudimentarias, las más sencillas, las más elementales, las más aburridas, las más desordenadas, las más ideologizadas, las más extravagantes... en todas, algo –o mucho– el Señor quiere decirte. Siempre.

(…)

4. Creo-creemos

Luego de la homilía, cada domingo y en algunas solemnidades, el sacerdote invita a profesar solemnemente la Fe, recitando el Credo o Símbolo de la Fe.

Para este momento, existen dos posibilidades: recitar el credo niceno-constantinopolitano (más conocido entre los fieles como el «credo largo») o recitar el credo apostólico («credo corto o común» lo solemos llamar).

¿Cómo nació el Credo? En los primeros siglos de la Iglesia, cuando alguien pedía el Bautismo, antes de sumergirlo en el agua, se le preguntaba: «¿crees en Dios Padre?, ¿crees en Dios Hijo,?, ¿crees en el Espíritu Santo?». Y sólo luego de esta profesión de fe –que el catecúmeno había aprendido anteriormente, durante su preparación– era bautizado. Ésa fue la primera «versión» del Credo. Allí estaba todo, como en la semilla está el árbol y sus frutos.

Pero poco a poco se fue viendo la necesidad de ampliar sus contenidos. Porque surgieron errores, maneras inadecuadas de comprender el Misterio revelado, y la Iglesia procedió a clarificar y definir el dogma.(…)Se celebraron entonces varios concilios regionales y dos grandes concilios ecuménicos (el de Nicea y el de Constantinopla) que definieron, con mayor precisión, la Fe en el Hijo –y su identidad divina– y la fe en el Espíritu Santo.

En todo ese tiempo fueron los santos los grandes defensores de la verdad. Impulsados e iluminados por el Paráclito, se aventuraron en el océano infinito del misterio de Dios y transmitieron a la Iglesia el fruto de su contemplación y de su ciencia.

Por defender esa fe, profesada en los concilios y resumida en el Símbolo, algunos de ellos padecieron persecución y destierro.

Por defender esa fe, por no renunciar a ella, miles y miles de adultos, niños, ancianos, laicos y sacerdotes, derramaron su sangre, en el siglo I y en el XXI. (…)

No puedes pensar en todo eso en el momento de rezar el Credo. Pero piénsalo algunas veces al menos, porque te ayudará a valorarlo más.

El Credo define tu identidad. Expresa las verdades, la Verdad por la cual somos salvados, para la cual queremos vivir y por la cual deberíamos estar dispuestos a morir. ¿Estás dispuesto? (…)

Porque somos débiles, necesitamos que nuestro «Creo» personal (así comienza el «credo corto») se fusione en el «Creemos» eclesial (así comienza el «largo»).

Por eso: rézalo fuerte, con voz firme, con convicción, con gallardía. «No me avergüenzo del Evangelio» decía Pablo. «No me avergüenzo de mi fe» debes decir hoy. (…)

5. Oración universal y de los fieles

Cerrando la Liturgia de la Palabra, los domingos y en otras ocasiones especiales –aunque podría hacerse cada día– se hace la Oración universal y de los fieles. He conservado a propósito los dos nombres, que son válidos, porque cada uno expresa algo importante de este momento.

El nombre «Oración de los fieles» se debe a que los catecúmenos –es decir, quienes se preparaban al Bautismo– participaban de la Misa sólo hasta este momento. Para esta oración se debían retirar, y sólo vivían la Liturgia Eucarística por primera vez en la noche de Pascua. Sólo quedaban en el recinto santo los fieles.

¿Qué nos dice a nosotros hoy esta expresión? Nosotros somos los «fieles», los que profesamos la fe. (…) Aquí, podríamos preguntarnos: ¿pedimos con fe?, ¿creemos realmente en la intercesión de Jesús?, ¿respondemos a esta oración de manera mecánica y rutinaria, o como verdaderos creyentes?

El nombre «Oración universal» deriva de otra de sus características: siempre se tienen presentes las intenciones y necesidades de toda la Iglesia, más aún, de todo el mundo. Salvo que estén mal preparadas, las intenciones de la oración universal no pueden ceñirse a lo parroquial, o al pequeño grupo de los que celebran, o a una única intención del día –aniversarios, buen tiempo, etc.–.

En cada Eucaristía se presentan al Padre todas las necesidades del mundo entero, el sufrimiento de todos los hombres, sus anhelos y esperanzas. Nada de lo humano nos es ajeno, todo confluye en el altar y en la asamblea de los creyentes.

Esta segunda dimensión es muy educativa. Porque muchas veces en nuestras oraciones personales el tema excluyente –sino único– soy Yo y mis necesidades, mis tristezas, mis angustias y proyectos.

Puede sucedernos también que sólo me preocupen e interesen las cosas de mi barrio, de mi capilla, como mucho de mi diócesis... y me olvide que soy hijo de un Padre muy fecundo, que tiene hijos dispersos por toda la tierra. Que mi familia, la Iglesia, es una realidad grande y multiforme. Que los que están en Corea del Norte, los perseguidos en China, Egipto e Irak, los misioneros y misionados en Costa de Marfil y en la India, los apóstoles de los Estados Unidos y México, los cardenales que viven en Roma y el mismo Santo Padre... necesitan de nuestras oraciones y nos sostienen con las suyas.

La oración universal va forjando así en nosotros un corazón universal, católico.

 

Leandro Bonnin, sacerdote

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1 comentario

Juan Marìa Casamayor
Este es un texto que nos instruye sobre las distintas partes de la Santa Misa.
9/02/16 6:26 PM

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