Lo que tenemos en la cabeza

Ahora bien, ¿es indiferente la concepción del mundo y del hombre que exista en una sociedad en un momento dado? ¿Da lo mismo lo que se nos haya metido en la cabeza a este respecto? Parece que no, sencillamente, porque será de acuerdo a esa concepción que se tenga, que se intentará cambiar la realidad, a fin de adaptarla a dichas ideas. De ahí que sus efectos sean a la postre, colosales.

Tal vez una de las características más notables de vastos sectores de nuestras actuales sociedades, sea su absoluto desprecio por la verdad, lo que hace que se propongan muchos tipos de modelos de vida, en principio todos igualmente defendibles, precisamente por haber abdicado a encontrar una posible verdad sobre la condición humana.

Incluso, se propugna por una educación que destruya esta innata inclinación por descubrir la verdad, al menos en materia moral, so pretexto de tolerancia y no discriminación. 

Ahora bien, ¿es indiferente la concepción del mundo y del hombre que exista en una sociedad en un momento dado? ¿Da lo mismo lo que se nos haya metido en la cabeza a este respecto? Parece que no, sencillamente, porque será de acuerdo a esa concepción que se tenga, que se intentará cambiar la realidad, a fin de adaptarla a dichas ideas. De ahí que sus efectos sean a la postre, colosales. 

De hecho, la historia ha dado contundentes pruebas de lo anterior, sobre todo en el siglo XX, al son de diversas ideologías muy conocidas, que como todas las ideologías, mutilan la realidad y sólo atienden a los hechos que las favorecen, teniendo una asombrosa capacidad para ignorar aquellos que no les convienen, e incluso sus más estrepitosos fracasos. 

Ahora bien, aunque no nos guste, hoy estamos invadidos por diversas ideologías, que buscan imponer su visión cercenada de las cosas, lo que como resulta evidente, sólo puede conducir a la construcción de una sociedad sobre premisas falsas, todo lo cual hará que tarde o temprano, dicha entelequia caiga por su propio peso. Por desgracia, esto ocurre generalmente a expensas de sufrimientos y de vidas, lo que constituye un costo demasiado alto. 

Es por eso que la propia realidad, más allá de lo que queramos que ella sea, es el banco de pruebas final que nos indica si nuestra concepción del mundo estaba o no en lo correcto. El problema, se insiste, es que la ideología se resiste a ver dicha realidad. 

En consecuencia, si miramos la situación de Occidente en general, podemos darnos cuenta que algo anda mal, y muy mal, entre otras muchas razones, porque se ha debilitado demasiado nuestro respeto a la vida, sobre todo en sus momentos más débiles, lo que hace que ni siquiera exista interés en muchos sectores por perpetuarla, con el consiguiente envejecimiento de la población. Pese a todo lo que se diga, estos aspectos son esenciales para el mantenimiento de una sociedad, la base ineludible que le permite continuar existiendo como tal. Por eso, cegarse ante la realidad natural e indispensable de la vida y de la familia es, de no remediarse a tiempo, el fin de cualquier sociedad.           

En suma, lo importante es darse cuenta que si nuestras vidas y nuestras sociedades no se afianzan sobre un mínimo de realidad, ellas no sólo pueden sufrir problemas graves, sino incluso poner en riesgo su misma continuidad.

 

Max Silva Abbott. Doctor en Derecho y Profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad San Sebastián (Chile)

Publicado originalmente en Análisis Digital

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