Cada santo, un don de Dios

Es por tanto un regalo de Dios para la Iglesia y para cada uno de nosotros los fieles cada nuevo testimonio concreto que se nos presenta como ejemplo a través de la Besatificación o Canonización, y también entra en el plan de Dios que a veces se presenten a más y otras veces a menos.

Canonizaciones en el Vaticano hace un par de semanas, Beatificación ayer en Madrid y en diferentes sitios prácticamente todos los meses: la Iglesia entera se sigue alegrando con estos hijos suyos que ve elevados a la gloria de los altares y nos invita a cada uno de nosotros a alegrarnos también. No son aquellas grandes cantidades del pontificado del beato Juan Pablo II, ahora el ritmo es más moderado, pero es como un gota a gota continuo, que no puede parar pues entra dentro de los planes de Dios. Si, esa es la creencia de la Iglesia, que cada beato o santo nuevo son un regalo de Dios a su pueblo y al mundo entero.

Así lo expresaba Juan Pablo II. Al comienzo del Proemio, la Constitución Apostólica Divinus Perfectionis Magister (25 de enero de 1983) -por la que se procedía a la revisión del procedimiento de las Causas de Canonización y a la nueva ordenación de la Congregación para las Causas de los Santos a la luz del Concilio Vaticano II y del nuevo código de derecho canónico- nos recuerda una vez más la llamada universal a la santidad del Vaticano II. En palabras de la Lumen Gentium, todos los fieles cristianos hemos recibido el Espíritu Santo para “que amen a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, y para que se amen unos a otros como Cristo nos amó”, esto es, para ser santos. Después de esta afirmación general, aplicable a todo el pueblo de Dios, la Constitución Apostólica añade:

Entre ellos Dios elige siempre a algunos que, siguiendo más de cerca el ejemplo de Cristo, dan testimonio preclaro del reino de los cielos con el derramamiento de su sangre o con el ejercicio heroico de sus virtudes

A éstos Dios los elige -contando con su libre colaboración- para el bien del resto de los creyentes, sus hermanos, pues

Mientras contemplamos la vida de aquellos que han seguido fielmente a Cristo, nos sentimos incitados con mayor fuerza a buscar la ciudad futura y se nos enseña con seguridad el camino a través del cual, entre las vicisitudes del mundo, según el estado y la condición de cada uno, podemos llegar a una perfecta unión con Cristo o a la santidad.”

Por lo tanto, según la doctrina expresada en el Proemio de la Constitución Apostólica, la llamada a la santidad es universal, para todos los fieles cristianos según su estado y condición, pero no así la propuesta de modelos de santidad que hace la Iglesia con vistas a lea edificación de los demás, que se refiere solamente a “algunos”.  Y esto, no porque los elija ella misma según su propio criterio, sino porque es Dios mismo quien los elige y lo que hace la Iglesia es escrutar los signos y la voz de su Señor:

 “La Sede Apostólica, que desde tiempos inmemoriales escruta los signos y la voz del Señor con la mayor reverencia y docilidad por la importante misión de enseñar, santificar y gobernar el Pueblo de Dios que le ha sido confiado, propone hombres y mujeres que sobresalen por el fulgor de la caridad y de otras virtudes evangélicas para que sean venerados e invocados, declarándoles Santos y Santas en acto solemne de canonización...”

Según todo esto expuesto, aparece como voluntad de Dios que entre la infinidad de fieles que mueren santamente sólo sean “algunos” lo propuestos por la Iglesia para la edificación del resto del pueblo creyente. El mismo adjetivo usado por la Constitución, “algunos” -“plures”- deja las puertas abiertas a un número mayor o menor según los designios insondables de Dios mismo, que es quien elige, y que perfectamente puede querer que en una época de la historia sean propuestos más y en otra menos, con lo que queda superada la posible cuestión, típica de algunos medios de comunicación, pero también escuchada en boca de eclesiásticos, sobre si algún Papa determinado ha canonizado a demasiados santos. El mismo Juan Pablo II se hizo eco de la cuestión:

Se dice a veces que hoy se realizan demasiadas beatificaciones. Pero esto, además de reflejar la realidad que, gracias a Dios, es como es, corresponde también al deseo expresado por el Concilio Vaticano II. Tanto se ha difundido el Evangelio en el mundo, y tan profundas son las raíces que ha echado su mensaje, que precisamente el gran número de beatificaciones refleja vivamente la acción del Espíritu Santo y la vitalidad que brota de él en el campo que es más esencial para la Iglesia, a saber, el de la santidad

Es por tanto un regalo de Dios para la Iglesia y para cada uno de nosotros los fieles cada nuevo testimonio concreto que se nos presenta como ejemplo a través de la Besatificación o Canonización, y también entra en el plan de Dios que a veces se presenten a más y otras veces a menos.

Pero se trata de un regalo útil, no de aquellos que te hacen para adornar la casa y que valen para poco, todo lo contrario, pues cada nuevo cristiano elevado a los altares, además de ejemplo para los demás, es un estímulo muy necesario para no desanimarnos e ir adelante por aquel que es el camino común de todos, esto es, el que nos lleva al cielo, como recuerda la citada Divinus Perfectionis Magister:

"Teniendo en cuenta la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, encontramos un motivo más para sentirnos estimulados a buscar la ciudad futura y, a la vez, aprendemos un camino segurísimo, por el que, a través de la mudable realidad del mundo, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo, es decir a la santidad, según el estado y la condición propia de cada uno"

El camino es la santidad, vocación común de todos los cristianos, pero de la que con facilidad nos olvidamos llevados por el ritmo acelerado de nuestra vida actual. Y por tanto, bienvenido sea el estímulo de estos santos y beatos que nos la ponen delante de los ojos, y hasta nos hacen ver que es más asequible de lo que a primera vista podría parecer. En el fondo los santos nos hacen recordar con su propia vida para qué estamos aquí y hacia dónde vamos.

 

P. Alberto Royo Mejía, sacerdote

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