El Carmelo de Nogoyá y la penitencia

Quien conoce un poco de cerca las Carmelitas Descalzas puede saber que es mucho más que unas penitencias aisladas. Como decía santa Teresa: «Ya sabéis que en muchas penitencias os voy a la mano…» La Santa Fundadora prefería las virtudes sólidas de humildad, caridad fraterna, pobreza, oración, entrega generosa por la Iglesia en favor de los hombres… Lo que se diga ahora habrá que tamizarlo con los inevitables prejuicios de un mundo que no entiende de renuncias, de generosidad en su máxima expresión, de virginidad vivida alegremente por el Reino de los Cielos, de oración y amor a Dios, de fraternidad compartida sin la competitividad de nuestra sociedad, sin las ambiciones mezquinas de tantos que solo buscan su propio bien por encima o a costa de los demás.

Desde que el Verbo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, tomó carne humana y vivió entre los hombres, compartiendo nuestra condición, debilidades e incluso la misma muerte, el cuerpo ha sido considerado por los cristianos «templo de Dios», digno de respeto, con el cual llegaremos a la Vida Eterna. Con este cuerpo, hemos de ver un día a Dios cara a cara. Después de la inevitable disolución que producirá la muerte en el mismo, cuando se efectúe la resurrección final, nuestro cuerpo irá a gozar de la delicia y alegría inefables de ver a Dios, con nuestros propios ojos. Sabemos que nuestros cuerpos resucitarán, esa es nuestra fe, y por eso cuidamos nuestro cuerpo, lo alimentamos, lo higienizamos, es nuestro compañero de viaje hasta el último día de nuestra peregrinación terrena.

Con su encarnación el Hijo de Dios dio al cuerpo humano la dignidad más grande al hacerlo instrumento de salvación con su muerte en la cruz y su resurrección gloriosa. Pero leemos en los evangelios que este cuerpo humano asumido por el Verbo sufrió indecibles tormentos y dolores, una cruelísima y sangrienta flagelación, coronación de espinas, caídas, bofetones, torturas y finalmente los dolorosos clavos que perforaron sus manos y sus pies en la cruz… Durante siglos ha habido cristianos fervorosos, enamorados realmente de la pasión de Cristo, que deseaban imitarlo y reproducir de algún modo lo que Él había sufrido. De este modo, e impulsados por un ardiente amor, se entregaron a grandes penitencias, por ejemplo San Francisco, San Benito, Santa Catalina, Santa Hildegarda…, e incluso en nuestros días la Madre Teresa de Calcuta…, así como otros tantos santos de antiguas épocas que sin duda no tenían nuestros conocimientos actuales sobre enfermedades, infecciones, gérmenes que penetran a través de las heridas, etc. etc…

Nuestros conceptos son distintos en esta materia, pero sorprendentemente no pocos hombres y mujeres hoy pasan alegremente por encima de los mismos para someterse en nombre de una pretendida belleza o de simple gusto personal, a todas clase de heridas corporales con el objeto de tatuarse, desde unas flores o un paisaje completo hasta las figuras más inverosímiles…, sin contar los populares piercing tan difundidos entre los jóvenes (no importa a partir de qué edad), que agujerean brutalmente cualquier parte del cuerpo aún las más sensibles del rostro y la lengua… Y si continuamos con las agresiones que padece hoy en día el cuerpo humano «con todo derecho», podríamos agregar las aberrantes torturas que algunos sadomasoquistas se infligen mutuamente con pretensiones de placer erótico…

Los cristianos amamos nuestros cuerpos, los defendemos y cuidamos. Pero una cosa es amar el cuerpo y otra idolatrarlo. Nuestro cuerpo es un bien preciado que Dios nos ha concedido: «Dios creó al hombre y vio que era muy bueno». No podemos hacer de nuestro cuerpo un dios, pero tampoco una basura. En estos tiempos hay no pocos y tristes ejemplos de seres humanos considerados «basura»…, cuya dignidad inviolable no es respetada, cuya voluntad es avasallada, cuya libertad es descalificada, cuyo modo de vida es desacreditado… Sin contar con las innumerables muestras de desprecio infligidas al cuerpo humano de la mano de la eugenesia, el aborto, la eutanasia y toda clase de discriminaciones, incluso irrazonables como la obesidad, el color de la piel, el tamaño de la nariz o de las orejas, y un largo etcétera que muchos tratan de evitar recurriendo a todo tipo de cirugías…

Nosotros los cristianos de hoy estamos plenamente de acuerdo en manifestar que nuestro cuerpo no ha sido hecho para la tortura física, que este no es el fin para el cual fue creado este cuerpo maravillosamente constituido, y formado de manera tan admirable por el Creador con sus propias leyes y también con su belleza natural… Pero no podemos negar que pueda existir en alguien el deseo de acompañar a Cristo en sus dolores, en su pasión, en sus sufrimientos, como lo hubo en la antigüedad cristiana… Hoy, después de tantos siglos, los medios y las formas serán diferentes, sin duda, pero el espíritu que anima estos deseos es el mismo: imponer algún límite al cuerpo con el fin de hacer una entrega al Creador de algo lícito y bueno, como un modo de acercarnos a Él a través del sacrificio… Y nadie se extrañe que los cristianos hablemos de sacrificio para acercarnos a Dios cuando cualquier atleta o modelo tiene que someterse a tantos sacrificios en dietas, entrenamientos, privaciones…, aún de cosas buenas y lícitas para lograr un estado apropiado para la competición o un cuerpo que se luzca sin un kilogramo de más en la pasarela…

Cabe aclarar que la recta penitencia cristiana no consiste en lastimar el cuerpo, ni en hacerle heridas, sino simplemente en provocarle una incomodidad, ya sea a través de algún pequeño instrumento o pequeñas cosas que pueden hacer que nuestro cuerpo sea simplemente colocado en su lugar, que es el de servidor de Aquel que es el único Señor, y a través del cual nos expresamos como lo que somos: criaturas salidas de sus manos, y que por lo tanto reconocemos su soberanía y su paternidad sobre nosotros…

La Iglesia Católica nunca aprobará que en nombre de la fe se inflija una tortura física ni se flagele brutalmente a nadie, precisamente a causa de la dignidad de cada persona humana, de cada cuerpo humano, templo del Creador. Si esto es algo que sucedió en lejanas épocas, la Iglesia misma a través de sus autoridades lo ha revisado y revertido de conducta, lamentando hechos pasados y ofreciendo el correspondiente pedido de perdón. Esto debe quedar claro, y si algún miembro o comunidad de la misma Iglesia cayere aun en esto será corregido y sancionado como corresponde. Estamos asistiendo diariamente a lo que puede llevar el fundamentalismo en cualquier religión, por eso no debemos asombrarnos si ocurriera el caso…

Hoy más que nunca, hay fundamentalistas islámicos que se suicidan y asesinan a otros en nombre de Alá, pero la prensa no se dedica a raíz de eso a defenestrar a todos los demás musulmanes o al Islam en su conjunto… Puede ser, y habrá que ver en este caso concreto de las monjas de Nogoyá si se pasaron las reglas de prudencia o no se trata más que del sensacionalismo al cual los medios de comunicación nunca terminan de acostumbrarnos… Habrá que ver si existen realmente los excesos de los cuales nos da cuenta la prensa, en cuyo caso la Iglesia como madre solícita se encargará de moderar y de llevar a su recto cauce. Podemos pensar que tal vez haya habido una buena intención, se hace difícil creer en torturas físicas infligidas a alguien hoy por manos de algunas monjitas encerradas. Esperamos que una sana justicia, no viciada por prejuicios y preconceptos, nos ayude a ver la realidad. De todos modos, el daño y la confusión ya han sido sembrados entre nosotros.

En cuanto a la vida de las Carmelitas Descalzas, quien la conoce un poco de cerca puede saber que es mucho más que unas penitencias aisladas. Como decía santa Teresa: «Ya sabéis que en muchas penitencias os voy a la mano…» La Santa Fundadora prefería las virtudes sólidas de humildad, caridad fraterna, pobreza, oración, entrega generosa por la Iglesia en favor de los hombres… Lo que se diga ahora habrá que tamizarlo con los inevitables prejuicios de un mundo que no entiende de renuncias, de generosidad en su máxima expresión, de virginidad vivida alegremente por el Reino de los Cielos, de oración y amor a Dios, de fraternidad compartida sin la competitividad de nuestra sociedad, sin las ambiciones mezquinas de tantos que solo buscan su propio bien por encima o a costa de los demás.

Hace poco inundaba las redes la fotografía de una Carmelita muerta en el Hospital Austral de un doloroso cáncer de lengua que la llevó a la tumba – o mejor, a la eternidad-, a los 42 años. La sonrisa, la paz inefable, la alegría y la entrega de ese rostro, no necesitan comentarios… No parece que haya vivido torturada ni manipulada ni destrozada psicológicamente para llegar a morir así… Ojalá que los que hoy gastan palabras y razones para juzgar y condenar un estilo de vida que no conocen puedan llegar a la hora de la muerte con la misma serenidad y entereza. Pero, sobre todo, con la misma fe en otra vida mejor… Si asistimos y nos sentimos involucrados de algún modo con este doloroso caso de las Carmelitas de Nogoyá será mejor que recemos…, y esperemos para ver realmente dónde está la verdad… Pero mientras tanto no generalicemos sobre la vida de aquellas que hoy ruegan por los mismos que las descalifican.

Finalmente, si la penitencia es lo que constituye el máximo escándalo para nuestra sociedad comodona y consumista, valga como ejemplo el de los pastorcitos de Fátima, tres pequeños portugueses que en 1917 vieron a la Virgen mientras cuidaban sus ovejitas. Eran tres niños humildes e ignorantes. Nadie en la Iglesia ni en su parroquia ni en sus hogares les había enseñado este tipo de prácticas. Sin embargo, ellos sintieron que debían hacer sacrificios, y se ceñían una soguita a la cintura, buscando con ello ofrecer algo a Jesús y a María, al mismo tiempo que se privaban del postre o la comida que sus madres les habían dado para compartirla con los pobres del lugar… Repetimos: nadie les había enseñado esto, no era el fruto de la idea de algún Sacerdote o de sus madres, la Santísima Virgen era quien se los inspiraba, y por eso estos pequeños sentían la necesidad de poner una incomodidad en su propio cuerpo para ofrecerla por los pecadores. La misma Señora les indicó entonces que no durmieran con esta cuerda, puesto que podría hacerles mal.

Acá tenemos la clave de lo que la Iglesia de hoy nos pide a los cristianos, a la hora de hacer penitencia. Es cierto que a veces esta nos cuesta mucho por la vida de comodidad que llevamos, que nos duele privarnos de alguna cosa; hoy en día es fácil prescindir de alguna comida o de algún postre porque se hace por razones estéticas o de salud corporal, entonces se entiende un poco más que hagamos esto por la religión… Pero el hecho de hacer algo que nos incomode, que nos duela, que ponga un límite a nuestro cuerpo por deseo de reparar los propios pecados o los ajenos, constituye un escándalo y parece que dentro de poco hasta un delito…

Hoy asistimos al fenómeno de que hechos que en el pasado eran considerados delictivos, ya no son tales… Entonces, ¿qué estamos haciendo? ¿Creando nuevos tipos de delitos para suplir los que faltan? Pobre sociedad la nuestra… Cualquiera puede hacer cualquier cosa en nombre de su derecho a la autodeterminación… Pero a nadie se le ocurra aspirar a santo…, porque indefectiblemente será descalificado y lo que es peor, condenado como un criminal…

En fin, «el que pueda entender, que entienda…» «…Cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿creen que hallará fe sobre la tierra?»

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20 comentarios

Tito Garabal
Magnífica claridad y puntualización de un hecho poco claro. Muy catequético y esclarecedor para responder a tantas zonzeras criollas que hoy escuchamos. Además, es increible que por un artículo periodistico se haya violentado el Convento de las Carmelitas sin dejarlas llamar a su Arzobispo como bien él lo señaló. Es más grave eso que lo que aparentemente sucedería en el convento segun ese artículo. Tiempos dificiles y una campaña anti Iglesia que comenzó contra Francisco y ahora apunta adonde sea. Habrá que rezar fuerte y no ser flojos porque si la sal pierde su sabor quien salará este mundo.
30/08/16 1:13 AM
Cacho
Por un lado hay que decir que lo que a todo el mundo le gusta es el morbo. Ni me meto en explicar el sentido de la penitencia. Pregunto qué delito se imputa y con cuáles pruebas. Solo eso atañe a la justicia. No qué agrada o desagrada a Dios.
Pero por otra parte es muy importante la explicación de Mons. Aguer que ilumina y esclarece el sentido de la penitencia cristiana. Virtud hoy olvidada hasta por muchos sacerdotes en sus homilías.
Quisiera recordar que en 1794, en Compiegne, Francia, un prefecto de la ciudad fue a inspeccionar un convento carmelita para constatar en nombre del gobierno que no hubiese prisioneras contra su voluntad. Luego todas esas monjas fueron martirizadas por el mismo gobierno.
Debe quedar claro que puede ser que la Priora del convento no sea la mejor (o no). Pero ese juicio atañe al Arzobispo, no al Fiscal.
30/08/16 9:38 AM
Cristian Iglesias
Claro como el agua, Mons. Aguer levanta su voz para poner luz a esta desagradable situación generada en las usinas del totalitarismo progre.
¡No todo está perdido en Argentina!
31/08/16 1:31 PM
Carlos Silva
Adhiero completamente a lo dicho por Mons. Aguer. Que Dios siga bendiciendo su capacidad de discernimiento y la claridad con que expresa la verdad del Evangelio.
31/08/16 1:33 PM
Juan Francisco
Excelente. Especialmente inspirado. Me gusta cuando escribe así, y no utiliza la ironía y formas que me resultan un tanto chocantes.
31/08/16 2:59 PM
Beatriz Mercedes Alonso (Córdoba - Argentina)
¡Excelente! Que el Espíritu Santo siga iluminando a Monseñor Héctor Aguer.
31/08/16 7:22 PM
Gregory
Monseñor Aguer ha hecho una buena exposición a la final todo es lo mismo dale al católico es todo y nosotros o mejor dicho algunos de nosotros que se avergüenzan y se lamentan por las penitencias físicas que estas hermanas, mejor dicho algunas de ellas pudieron hacer. Si lo hicieron no dañaron a nadie y buscaron la perfección espiritual identificarse con Cristo el Señor, de todos modos las Carmelitas consideran que el verdadero crecimiento esta en la virtud.
31/08/16 7:22 PM
susi
Muy bien por las Carmelitas y su vida penitente y muy bien por la aclaración de Mons. Aguer, clara como el agua.
Qui potest capere...
31/08/16 10:07 PM
Inés
"tres pequeños portugueses que en 1917 vieron a la Virgen mientras cuidaban sus ovejitas. Eran tres niños humildes e ignorantes. Nadie en la Iglesia ni en su parroquia ni en sus hogares les había enseñado este tipo de prácticas. Sin embargo, ellos sintieron que debían hacer sacrificios, y se ceñían una soguita a la cintura, buscando con ello ofrecer algo a Jesús y a María, al mismo tiempo que se privaban del postre o la comida que sus madres les habían dado para compartirla con los pobres del lugar… Repetimos: nadie les había enseñado esto, no era el fruto de la idea de algún Sacerdote o de sus madres, la Santísima Virgen era quien se los inspiraba, y por eso estos pequeños sentían la necesidad de poner una incomodidad en su propio cuerpo para ofrecerla por los pecadores."

Así es, la Virgen y el Señor en todas sus apariciones piden la reparación vicaria. Se pierde más tiempo en escudriñar si es cierto que el Cielo llama a la penitencia que en difundir el llamado a la reparación requerida. El escandalo suscitado por la prácticas penitenciales de las hermanas carmelitas en Nogoyá lo considero como un fuerte llamado de atención de como estamos por no escuchar los reiterados avisos de Dios año tras año. Y advirtamos que los sacrificios deben ser ofrecidos al Amor con amor, que sacrificios por vanagloria y con egoísmo hay de sobra.
31/08/16 10:16 PM
hornero (Argentina)
Comprenda el mundo el dolor como participación en los sufrimientos y Pasión de Cristo, o no lo comprenda, el dolor tiene su razón de ser, su naturaleza como medio de combatir y derribar al hombre viejo y permitir que se manifieste y desarrolle en nosotros el hombre nuevo recibido en el Bautismo. Sería una contradicción negar que el dolor mortifica, nadie normal piensa así, basta con la experiencia que tenemos todos. Lo que cambia en la perspectiva cristiana es que el dolor tiene en si mismo un valor positivo, constructivo del hombre nuevo nacido en Cristo. El hombre nuevo requiere para manifestarse que el hombre viejo sea derrumbado poco a poco, el dolor lo hace posible en esta vida antes que la muerte lo derrumbe del todo. Pero, ¿entonces qué ventaja ofrece adelantarse ala muerte, sufriendo? Aquí interviene la razón del amor, de la caridad, por la cual el hombre desea ya en esta vida participar de modo más pleno de la Vida de resurrección que Cristo comunica a quienes le aman y sirven de verdad. El sufrir por Cristo aligera el peso negativo del hombre viejo, con sus pasiones y natural oposición a la vida de la gracia. La cruz se nos presenta inevitablemente en la vida de cada uno; podemos procurar evitarla, soportarla o cargarla con decisión de la voluntad. Será siempre un signo de contradicción que atraviesa la historia de la humanidad desde Adán a Cristo, y desde Cristo hasta el último hombre antes del fin de nuestro estado actual. Sólo la ignorancia llevada al extremo por
1/09/16 1:29 AM
Fruela
Es triste que nuestro mundo actual no comprenda el sentido de la penitencia libremente querida. Pero es aún más triste que nuestros pastores tampoco la entiendan, ni la practiquen, ni la prediquen, salvo honrosas excepciones como el autor de este escrito. No solo eso; es denostada, despreciada, puesta como algo de otros tiempos oscuros. No entiendo cómo se puede hablar, predicar sobre los grandes santos que ha habido en la Iglesia y silenciar las penitencias que practicaron, pero así se viene haciendo. Sin embargo, nuestro Señor Jesucristo nos dice "...haced penitencia y vigilad, porque no sabéis ni el día ni la hora..."
1/09/16 10:29 AM
hornero (Argentina)
Continúo. Sólo la ignorancia llevada al extremo por la materialización de nuestra época, causa extrañeza que algo absolutamente contemporáneo a nosotros, como lo es el dolor, el sufrimiento humano, pueda ser redimido de su significado negativo por la vía del espíritu que gobierna nuestro cuerpo. Que las cosas del espíritu desconciertan al mundo, le está vedado comprender; es verdad, son muy nobles, verdaderas y bellas, y de ellas depende en gran medida que Dios guarde el equilibrio de los mundos. ¡Si los bárbaros lo comprendieran!
1/09/16 4:03 PM
José María Iraburu
1) La Iglesia siempre ha sabido-enseñado que "llevar la cruz de cada día" es sin duda la más dura, necesaria y santificante penitencia. Pero Cristo y todos los santos se han mortificado también con penas voluntarias. Jesús hizo en el desierto un ayuno total de 40 días (¡cuarenta! Mt 4,1-2; también Moisés, Dt 9,18). Y el Espíritu de Jesús, en Oriente y Occidente, en todos los siglos, ha movido a los santos para hacer mortificaciones voluntarias, a veces durísimas. Con grandes expiaciones penitenciales han querido participar de la cruz de Cristo. San Pedro de Alcántara murió de rodillas (Sta. Teresa, Vida 27,16-20), como también San Juan de Dios. Y San Francisco de Asís llevó una vida siempre muy penitente, y quiso morir desnudo, postrado en tierra (Celano, II Vida 217). Muchos santos de ayer y de hoy han mortificado su espíritu y también su cuerpo. Y no sólo con "incomodidades".

Ésta ha sido siempre la doctrina de la Iglesia. San Agustín decía: «El pecado no puede quedar impune, no debe quedar impune, no conviene, no es justo. Por tanto, si no debe quedar impune, castígalo tú, no seas tú castigado por él». Trento (Dz 1713), Juan XXIII, enc. Pænitentiam agere (1-VII-1962); Vaticano II (laicos: SC 105a; 110a; OT 2e; AG 36c; sacerdotes y religiosos: CO 33b; PO 12, 13, 16, 17; PC 7, 12b; AG 24, 40b); Pablo VI, const. ap. Poenitemini (17-II-1966); Código canónico: «todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia» (c. 1249).
1/09/16 11:20 PM
José María Iraburu
2) Puede decirse que fue Lutero el primero que negó el valor de las mortificaciones. Trento condenó su doctrina (Dz 1713). Y en el s.XVII Miguel de Molinos erró en lo msimo: «La cruz voluntaria de las mortificaciones es una carga pesada e infructuosa, y por tanto hay que abandonarla» (Dz 2238). Hoy es error común entre la mayoría de los católicos, sobre todo en cuanto a las mortificaciones físicas. Se avergüenzan de ellas, y excusan malamente el ejemplo abrumador de los santos. Por lo visto nosotros entendemos mejor hoy el Evangelio que ellos.

Pablo VI lo denunció en su formidable Poenitemini: «La verdadera penitencia no puede prescindir en ninguna época de la ascesis física», etc.(46-48).
1/09/16 11:31 PM
GABRIEL
Siempre te seguiré Mons Agüer. Derroche de claridad.
2/09/16 12:11 AM
Teresa E.
Bendito sea el Señor y Bendita nuestra Iglesia católica. Rezo por las Hermanas del Carmelo y por todos los que han conspirado para esta circunstancia tan desafortunada donde el Señor de nuevo va a triunfar y florecer. Gracias Monseñor
5/09/16 8:38 AM
Begoña
La Madre de Dios, en sus apariciones de Garabandal ( virgendegarabandal.com ) pidió expresamente hacer mucha penitencia. Yo, hasta leer esta noticia de las Carmelitas de Nogoyá, no le había dado suficiente importancia a esta parte de su mensaje. Viendo como ataca el demonio, ahora comprendo lo importante que es y me pongo, D. m., manos a la obra.
Dios bendiga al Carmelo y a la iglesia de Argentina y sus pastores. Desde España.
7/09/16 9:56 AM
Wenceslao
Lamentable intervención de la autoridad pública en un hecho denunciado como delictuoso y que en todos sus aspectos corresponde a las autoridades religiosas pertinentes. La trascendencia que se le dió no tenía otro objeto que atacar a la Iglesia. Y una oportunidad personal mas para trabajar por el crecimiento de nuestro servicio a la Iglesia Católica, hoy tan marginada de la vida social y humana de la sociedad moderna.
Y todo nuestro agradeciniento a Mons. Aguer por su permanente ilustración como Pastor, en tantos hechos que afectan a la Iglesia.
7/09/16 11:59 PM
Hernio
Es muy importante la penitencia, la mortificación corporal, la ascesis física. Debería ser natural que todos los católicos usáramos cilicios y disciplinas.La verdad es que, al menos en España, es muy difícil encontrar tiendas católicas donde se vendan cilicios y disciplinas.Creo que habría que venderlas en tiendas de la diócesis, por ejemplo en las librerías.
9/09/16 6:59 AM
SOR
Gracias Mons. Aguer, por estar tan iluminado por el Espíritu Santo, gracias por la valentía de decir tan bellamente, lo que son las monjas, unas mujeres entregadas al AMOR con mayúscula, en la fidelidad del silencio del claustro, donde solo se vive de amor.
18/09/16 5:43 PM

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