La Santa Sede ha declarado que, si la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) sigue adelante con la ordenación de obispos en julio sin mandato papal, quienes participen en estas ordenaciones ilícitas quedarán automáticamente (latae sententiae) excomulgados, es decir, excomulgados por sus propios actos.
Se puede, y de hecho se debe, esperar que no se llegue a eso. Pero incluso si la FSSPX frena en el último momento y no comete actos formalmente cismáticos, el grave problema que plantea la FSSPX seguirá existiendo.
Esto quedó bastante claro en la «Declaración de fe católica dirigida al papa León XIV», del 14 de mayo, en la que los dirigentes de la FSSPX declaran, a sabiendas o no, que no comparten la fe de la Iglesia católica.
Fijémonos en la primera frase de la Declaración, en la que la FSSPX afirma que «Nuestro Señor Jesucristo […] declaró definitivamente nula y sin efecto la Antigua Alianza». Esto habría escandalizado a san Pablo, quien, al lidiar con la enrevesada cuestión de la relación entre la elección de Israel y la Nueva Alianza —que incorpora a los gentiles al plan de salvación de Dios—, escribió, bajo inspiración divina: «Ellos son israelitas: a ellos pertenecen la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto y las promesas» (Romanos 9, 4). No «pertenecían», sino «pertenecen».
Dos capítulos más adelante, Pablo insiste en que «según la elección, [el pueblo judío] son objeto de amor en atención a los padres, pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables» (Romanos 11, 28-29). Dios no se arrepiente de sus promesas, y el Antiguo y el Nuevo Testamento forman una unidad, tal y como la Iglesia ha afirmado constantemente durante dos milenios. La Declaración de la FSSPX niega esto.
La Declaración continúa afirmando que «todo hombre debe ser miembro de la Iglesia católica para salvar su alma, y no hay más que un solo bautismo como medio para incorporarse a ella. Esta necesidad concierne a toda la humanidad sin excepción y abarca sin distinción a cristianos, judíos, musulmanes, paganos y ateos». El infierno de la FSSPX está, por tanto, bastante poblado, e incluye a sus amigos y familiares luteranos, anglicanos, judíos, musulmanes y no creyentes.
Esto, sin embargo, es precisamente la distorsión extrema de la antigua máxima extra ecclesiam nulla salus (no hay salvación fuera de la Iglesia), por la que el padre Leonard Feeney fue excomulgado en 1953, cuyo fundamento teológico había sido establecido por una declaración del Santo Oficio de 1949 aprobada por el papa Pío XII.
Irónicamente, la Declaración de la FSSPX afirma que «la negación de una sola verdad de la fe destruye la fe misma y hace radicalmente imposible toda comunión con la Iglesia católica». Sin embargo, eso es precisamente lo que hace la FSSPX al declarar «definitivamente nula y sin efecto» la alianza de Dios con el pueblo judío y al dar la interpretación más extrema posible a la máxima extra ecclesiam nulla salus. La FSSPX contradice así la enseñanza de gigantes como san Agustín y santo Tomás de Aquino, las condenas papales del jansenismo y la enseñanza del beato Pío IX en Quanto Conficiamur Moerore sobre la disponibilidad de la gracia más allá de los sacramentos.
Hace tiempo que resulta evidente que la raíz del movimiento iniciado por el arzobispo Marcel Lefebvre, que continúa hoy en la FSSPX, no fue simplemente el rechazo por parte del arzobispo a la liturgia posconciliar, sino un rechazo a la doctrina del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, la salvación, la libertad religiosa, las relaciones entre la Iglesia y el Estado, y la relación de la Iglesia con otras religiones. A este respecto, conviene recordar que el arzobispo Lefebvre fue partidario del mariscal Henri Pétain y del régimen colaboracionista de Vichy en Francia durante la Segunda Guerra Mundial: un régimen que rechazaba la modernidad de plano. Ciertos sectores de Vichy se precipitaron hacia un antisemitismo letal que surgió, en parte, del rechazo a Romanos 9-11, que la Declaración de la FSSPX también rechaza. Evocar siquiera el más leve eco de esa historia sórdida en medio de los ultrajes antisemitas actuales resulta, por decirlo suavemente, de una obtusidad aterradora.
En mayo, un distinguido historiador italiano señaló, en referencia a las ordenaciones episcopales que la FSSPX pretende llevar a cabo y a las excomuniones que se producirán automáticamente a raíz de ellas, que «lo que está a punto de suceder en julio no será la construcción de un puente, sino la creación de un nuevo abismo entre [el mundo de la FSSPX] y la Santa Sede». Así es, en efecto. Sin embargo, eso solo ocurrirá si los más de 700 sacerdotes, los más de 200 seminaristas y los cientos de miles de laicos vinculados a la FSSPX siguen consintiendo, con mentalidad sectaria, la heterodoxia de los dirigentes de la FSSPX, cuya pretensión de ser los únicos católicos verdaderos es lo que hará saltar por los aires los puentes eclesiales y creará los tristes abismos que vengan después. Las personas que encuentran alimento espiritual en los centros de culto de la FSSPX se merecen algo mejor que eso.
Publicado originalmente en NCRegister.






