El mejor poema que Dios le regaló a Borges

El mejor poema que Dios le regaló a Borges

Dios nos ha dado a los argentinos, en Jorge Luis Borges, no sólo a un gran escritor, sino a un creyente muy particular que, más allá de todas sus idas y venidas, terminó sus días terrenales reconciliado con la Santa Madre Iglesia, y el auxilio de los Santos Sacramentos. Por eso, en este 14 de junio, en que se cumplen 40 años de su muerte, en Suiza, quise rendirle este tributo.

No es el objetivo de este artículo, hacer una reseña, aunque más no sea somera de su existencia, ni mucho menos explicar, con detalle, la importancia de la fe --o su aparente ausencia- en su vida y obra. Se han escrito libros al respecto; y, con ocasión de este aniversario, y los que vendrán, caben esperar nuevos aportes. Solo quiero referirme a unos testimonios de su cristianismo, y al mejor poema que el Señor le regaló, en su hora final.

Desde niño, tuve acceso a su obra. En 1974, en mi primer año de secundaria, en nuestro inolvidable Colegio Sagrado Corazón de Jesús, de Rosario, la profesora de Lengua y Literatura, María Marta Rubullotta, nos hizo leer «Las ruinas circulares». Obviamente, entendí poco y nada; pero ello sirvió para seguir aumentando mi interés por sus escritos. De hecho, con mi papá, Leoncio, también poeta, en nuestros frecuentes encuentros para declamar poesías de diversos autores, aparecía una y otra vez. Eran tiempos en que sus trabajos se publicaban, también, en los suplementos literarios de los diarios; por lo general, los Domingos. Y, así, fui entendiendo lo que se decía de él: «Muchos de sus críticos jamás lo leyeron. Solo lo cuestionan por sus siempre polémicas declaraciones».

Me hubiese encantado, como periodista, por supuesto, entrevistarlo. Diversos motivos, como la edad, la distancia, y los recursos disponibles por entonces, lo hicieron imposible. Descubrí muy pronto, de cualquier modo, que hacerle un reportaje era en extremo sencillo: solo había que darle pie para que se explayara, por ejemplo, sobre el peronismo y el fútbol --dos temas que no admiten indiferencias en nuestro país-, para que sus explosivas definiciones garantizasen, por doquier, rating o lectores… Sabía, seguramente, que en un medio como el nuestro, los intelectuales y artistas, más allá de sus méritos, para sobrevivir, deben tener espacio en la «opinión pública» o, si se quiere, «publicada». Por eso, también a mí, casi siempre, me impactaban sus palabras. Pero, aun en aquellos años de mi clara distancia de Dios y, más aún, de su única Iglesia, creía advertir en buena parte de sus posturas, gritos casi desesperados de auxilio. Su progresiva ceguera, su evidente soledad y distintos condicionamientos que lo acompañaron desde pequeño, lo llevaban a reclamar, con sus especiales formas, algo de auténtica atención y compañía. Eran, muy probablemente, sus únicos modos de mendigar un poco de consuelo y de afecto. Con ese contexto, pueden entenderse sus palabras «lo que decimos, pocas veces se parece a nosotros».

Voy, entonces, a unos versos que nos muestran al Borges que se rinde ante la evidencia del Absoluto. Y cómo el Dios que irrumpe en el tiempo llena de Belleza la tierra, y sostiene en la batalla a sus mejores soldados.

El primero es su traducción de «Lepanto», de Chesterton, publicado en el primer número (1938) de la revista «Sol y Luna»; obra de los prestigiosos Cursos de Cultura Católica. Bajo la dirección de Mario Amadeo y Juan Carlos Goyeneche, reunió en su hora a lo mejor de la intelectualidad argentina. La mayoría de sus integrantes fueron creyentes fervorosos y lúcidos. Pero, también, desfilaron por sus páginas otros que no lo eran. ¿Estaba Borges, en aquellos años, entre estos últimos? Lo cierto es que tradujo versos como estos:

Y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,
Que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz…

En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo
Sube por la senda ruinosa el ruido de la Cruzada.
Mugen los fuertes gongs y los cañones retumban
Don Juan de Austria se va a la guerra…

La voz que sacudió nuestros palacios hace ya cuatro siglos
Es el que no dice «Kimmet»; es el que no conoce el Destino,
Es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo que llama
Es aquel que arriesga y que pierde, y se ríe cuando pierde
Ponedlo bajo vuestros pies, para que sea nuestra paz en la tierra…

En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran,
(Don Juan de Austria está invisible en el humo)
En aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año,
Ante la ventana donde el mundo parece pequeño y precioso…

Blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad
¡Viva Hispania!
¡Domino gloria!
¡Don Juan de Austria
ha dado libertad a su pueblo!

Particularmente conmovedora es la declamación que el propio Borges hace de su soneto «Juan 1, 14». Y que se incluye en el disco -- muy recomendable, especialmente para el tiempo de Navidad -, «21 poetas cantan al Niño Dios». Allí nuestro autor, siempre con su voz balbuceante, casi pidiendo permiso al Misterio, nos deja un claro testimonio de lo que guardaba en su corazón. Es imposible pensar que solo con un objetivo puramente estético, puedan plasmarse versos de esta factura:

Refieren las historias orientales
la de aquel rey del tiempo, que sujeto
a tedio y esplendor, sale en secreto
y solo, a recorrer los arrabales

Y a perderse en la turba de las gentes
de rudas manos y de oscuros nombres;
hoy, como aquel Emir de los Creyentes,
Harún, Dios quiere andar entre los hombres.

Y nace de una madre, como nacen
los linajes que en polvo se deshacen.
y le será entregado el orbe entero,

aire, agua, pan, mañanas, piedra y lirio,
pero después la sangre del martirio,
el escarnio, los clavos y el madero.

¿Un hombre que le canta de este modo al Divino Niño, puede acaso hacerlo desde el agnosticismo? ¿O tan solo desde una mera y distante perspectiva histórica?

En 1964, en «Everness», de «El otro, el mismo», escribe: Solo una cosa no hay. Es el olvido. Dios, que salva el metal, salva la escoria y cifra en Su profética memoria las lunas que serán y las que han sido. Y en uno de sus últimos poemas, titulado «Góngora», apunta:

Tales despojos
han desterrado a Dios, que es Tres y es Uno,
de mi despierto corazón (…)
¿Quién me dirá si en el secreto archivo
de Dios están las letras de mi nombre?
Quiero volver a las comunes cosas:
El agua, el pan, un cántaro, unas rosas…

El mejor poema de su vida, de cualquier modo, es aquel que el mismo Dios escribió en Borges, próximo a su partida.

Consciente de la inminente rendición de cuentas ante el Señor, en Ginebra, recibió al sacerdote suizo Pierre Jaquiet, quien le administró los Santos Sacramentos. Ese hecho fue revelado, a los pocos días de su muerte, por Monseñor Daniel Keegan, por entonces rector de la Catedral de Buenos Aires; quien fuera un buen amigo de nuestro escritor. El Borges aparentemente distante, agnóstico y libre pensador dejaba que el Autor de todo compusiera en él sus mejores versos. Y, así, rendido ante el Padre, que es Palabra y Espíritu, se dejó abrazar por el mejor de todos los finales. Como ocurre con tantos hermanos que, auxiliados por la Santa Madre Iglesia, al término de sus laberínticas vidas, encuentran - como advirtiera el gran Leopoldo Marechal -, la «salida por lo Alto».

+ Pater Christian Viña.

La Plata, Domingo 14 de junio de 2026.

Mes del Sagrado Corazón de Jesús. -

 

2 comentarios

Jose
Excelente artículo, Pater. Gracias.
15/06/26 2:24 PM
Rosario
Leí que por su madre, a pesar de que decía no creer en nada, rezaba un Ave María todas las noches antes de dormir.
15/06/26 5:34 PM

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