La crisis espiritual de España. Comentario al discurso del Santo Padre en las Cortes
Discurso del Papa en el Congreso de los Diputados | © EWTN

La crisis espiritual de España. Comentario al discurso del Santo Padre en las Cortes

Tras haber escuchado con devoción el discurso realizado por el Santo Padre, no puedo dejar de constatar la alegría que para todo católico debe ser una intervención del Papa de esta envergadura de forma directa en nuestro panorama político. Su sólida argumentación y línea histórica, contrasta con el actual clima de crispación entre corrupción y desesperanza.

El discurso: una llamada a la esperanza con la dignidad de la persona en el centro

S.S. León XIV entró al Congreso de los Diputados con aires de otro tiempo, aquellos en los que los Papas eran consultados por las cortes de los príncipes cristianos. Mi sorpresa ha sido positiva, no sólo se le ha permitido al Papa realizar un discurso ante las Cortes Generales, sino que él no se ha sentido intimidado por la situación de oposición ideológica y ha sabido sobreponerse para defender todos los temas clave.

El diagnóstico del mal es acertado, identifica la «cultura del descarte» y los peligros que son gobernar sin una ética superior. Su forma de reflejar la necesidad de reconocer el orden superior, a través de la arquitectura de la sala, ha sido de una representación gráfica insuperable. De forma velada, estaba abogando por la clásica teología descendente del poder, pues todo poder y autoridad viene de Dios. Como dice Jesucristo «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18), y el lema de la Virgen de los Reyes «Per me reges regnant»; en definitiva: todo poder viene de Dios.

El Papa ha defendido la familia y la vida sin tapujos, destacando la necesidad del respeto de las instituciones a que los padres puedan elegir la educación de sus hijos libremente.

Quisiera citar lo que considero central en su discurso: «En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? … La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural…».

El Santo Padre ha sido claro con su discurso, no se puede bendecir y aprobar el aborto ni la eutanasia. También ha hablado de acoger a los emigrantes, pero reconociendo su derecho a permanecer en sus países de origen y analizar las causas del abandono de su tierra, así como la persecución de las mafias que se aprovechan de su necesidad. Ahora bien, me pregunto ¿esta llamada será respondida efectivamente por los representantes parlamentarios?

Hemos escuchado una ovación de siete minutos tras finalizar el discurso, por los mismos que han aprobado y promovido estas infames leyes. Es el momento de alzar la voz y llamar a la conciencia, que es la voz de Dios, de aquellos que aplaudían. El acto de aplaudir es según la RAE «Palmotear en señal de aprobación o entusiasmo». Aplaudir es aprobar, y aprobar sus palabras significa defender lo que ha dicho.

¿Dónde está Dios?

El discurso ha sido un faro de rectitud moral en un mar de relativismo. Lo hemos analizado desde el punto de vista eminentemente natural, pero ¿y en el plano sobrenatural? ¿dónde está el juicio después de la muerte, la gracia y el pecado?

Si repasamos las palabras de S.S. no encontramos citas al Evangelio directas. Aunque alude a la «recepción del Evangelio y del Decálogo», su conclusión es «esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana». El riesgo de esta conclusión es evidente: la fe no puede haber sido una mera preparación para la libertad moderna, sino que debe ser el fundamento de toda decisión ordenada al bien común y a la verdad. La fe es el «acto de asentimiento a la verdad divina», y si no se cree no hay salvación.

Es verdad que el contexto y el desarrollo del discurso no debe ser propiamente una homilía, pero olvidarse del mensaje central de Jesucristo para promover la defensa de la dignidad humana es como defender una obra arquitectónica sin fijarse en el que la realizó y ordenó con un fin concreto. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4), y esa voluntad es efectiva por medio de su providencia.

S.S. Pío XII nos recordaba «La función del Estado es proteger al individuo y a la familia, pero siempre subordinando su actuación a la ley moral suprema, que tiene su origen en Dios. Un Estado que pretenda basarse únicamente en la voluntad humana, sin referencia a la ley divina, se convierte inevitablemente en un instrumento de opresión» (Radiomensaje Benignitas et humanitas, 1944).

Si no se recuerda esto, el edificio queda incompleto, pues carece de firmes cimientos y «…el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena.

Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande» (Mt 7, 26-27). La ley positiva debe respetar la ley divina, Cristo debe reinar sobre nuestra sociedad y así habrá paz.

 

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