Hace unas semanas compartí algunas reflexiones a partir de lo que oímos en las celebraciones durante la visita del Papa a España. En ese artículo presenté mi enfoque: no hacer una evaluación de la Liturgia de esos días allí, sino tomar esas ceremonias vistas por todos como un papel tornasol para reflexionar, presentar observaciones, sugerencias, que atañen a la Iglesia en el mundo entero, a fin de progresar juntos en la conversión al culto del Dios vivo.
En concreto, entonces, me centré en lo que percibimos por el oído, con especial atención al canto ritual del celebrante y del pueblo. ¿Qué cantó el celebrante principal? ¿qué cantó el diácono? ¿Qué se debería haber cantado y por qué? ¿Cuál es la participación del pueblo de Dios por el canto de los ministros y en diálogo y respuesta a él? Adujimos las razones y textos que indican la preeminencia de ese canto ritual (primer grado de Musicam sacram 29) y también nos pusimos preguntas y llamamos a una conversión por lo que falta asumir.
Aquí me voy a referir a otros momentos del oír, que se refieren al segundo grado de participación (Musicam sacram 29, el Kyrie, el Gloria y el Agnus Dei; el Credo; la oración de los fieles) y algunos cantos del tercer grado (. los cánticos que siguen a la Lección o Epístola; el Aleluya antes del Evangelio; las lecturas de la Sagrada Escritura). Los veremos no siguiendo el grado de participación por utilidad pastoral (MS 28), sino su aparición en la celebración.
1. El ordinario de la Misa.
En los cantos del ordinario de la Misa se desplegó mucho esfuerzo, mucha preparación y calidad. También, como sucede en estas ocasiones fue una oportunidad para hacer participar a mucha gente en grandes coros.
No haré, aún menos que en lo demás, un análisis amplio, sino que me limito a algunas reflexiones, como siempre, mirando a la situación más general de la Iglesia.
Antes que nada, hay que reconocer con gozo que, aunque debería ser obvio, se cantaron los textos litúrgicos del ordinario.
Lo subrayo porque todos sabemos que, en muchísimas misas por el mundo, aún presididas por obispos, se cantan textos que no son la oración de la Iglesia, tal cual ella lo ha asumido. Es un llamado a que el ordinario de la Misa, es decir, la oración fija de la Iglesia, con su contenido teologal de fe, esperanza y caridad, sea vivido en su verdad y no se le quite al Pueblo santo de Dios el derecho a participar del culto público de Cristo y de la Iglesia (cf SC 7). Si se altera el texto, se impide que el pueblo participe de la oración de la Iglesia y se le obliga a seguir expresiones privadas. Aquí queda también un amplio camino de humildad y conversión comunitaria, de los fieles, los cantores, los sacerdotes y la conducción responsable de los obispos.
Se cantó en diversos estilos; los hubo más simples y más elaborados. Creo que cada uno aportó lo suyo.
Cuando fueron músicas más trabajadas, el pueblo cantó menos algunas partes, lo cual no significa que participe menos: también se participa escuchando y dejándose conducir por la acción litúrgica, por parte de diversos actores.
Haciendo observaciones que pueden ayudarnos, ya noté antes que no conviene destruir la forma del canto-rito: así el Gloria no es un himno con estrofas y estribillo: aunque parezca facilitar el canto, lo hace desarmando la naturaleza del rito[1].
Sin querer ofender, sino para aportar a la reflexión, el estilo con que se cantaron algunas partes en Las Palmas me pareció demasiado folclórico. Creo que, con calidad[2], corresponde a lo que en muchas partes se toma como inculturación de la liturgia o del canto. En mi opinión este enfoque, muy extendido, es equivocado.
No es éste un lugar para un análisis extenso. Sólo adelanto algunas reflexiones.
En primer lugar, en España, en las Canarias, en Iberoamérica, ya llevamos siglos de inculturación litúrgica y de ser formados por la liturgia de la Iglesia, en una historia que entronca con toda la liturgia latina. Por eso, con diversidad de lenguajes, hay un sentido que se distingue como oración y culto católico. A su vez, en las diversas regiones se desarrolló un canto del pueblo, llamémoslo folclórico, que sí expresa sentimientos y pertenencia de ese pueblo, pero cuyas formas son creadas no para el culto, sino para la vida, digamos, social. Esas formas son ‘orecchiabili’, pegadizas, identifican con un pueblo, pero no con la cultura cultual de ese pueblo.
A veces se toma como ejemplo la inculturación del mundo helenístico, sirio, armenio, etc. Pero en estos casos precisamente se rechazó lo que era común tanto de la vida social como cultual de esos pueblos y se generó una música más despojada, propia del culto cristiano.
Por eso, a mi criterio, en lugar de inculturar, se está ex -- culturando, porque la música puesta a la oración de la Iglesia pertenece a otro ámbito, enturbia la identidad de la oración, trae otras afinidades.
Creo que ese es el sentido último de una de las tres notas con que calificaba San Pío X la música sacra: la universalidad. Ejemplos puse en el artículo anterior referidos al canto sacro del celebrante. Hay unas formas que universalmente, con enormes variantes, introducen en la expresión litúrgica católica, mientras que otras, agradables al oído, identificatorias de pueblos y situaciones, no evocan de por sí el culto, sino que evocan otras situaciones[3].
Sin desvalorizar lo demás, notamos que hubo canto gregoriano, como piden todos los documentos. Se oyó mucho en la Sagrada Familia. Al seguir la ceremonia por televisión me es difícil saber cuánto cantó el pueblo sus partes, porque además los mismos coros hacían una alternancia de un coro menor a un conjunto, pero ciertamente todos participaban de un canto que, por sí mismo identificaba al oyente con el acto de culto. En algún momento en que lo enfocaron, se vio que el Papa pudo cantar algún Kyrie y también los obispos.
No deja de ser grato que se haya cantado en gregoriano, que es el canto propio del rito romano y que los pastores deben enseñar a los fieles, para que al menos puedan cantar algunas partes de la Misa y de los himnos latinos (SC .116; 36,1; 54).
2) El canto de las lecturas
En el artículo anterior ya hablamos del canto del Evangelio.
Aunque sea repetir lo explicado entonces, recuerdo que cuando hablamos de canto de una lectura no es lo que estamos acostumbrados a expresar con cantar y con «cantos» o «canciones» en la Misa. Tampoco es semejante a lo que se entiende como el «canto» de un solista que busca que se destaque su voz y su interpretación. Desde un cierto tiempo, aun sin aprobación de la Real Academia Española, se habla de cantilación, cantilar. Ya lo mencionamos en el artículo anterior. Hace ya sesenta años Solange Corbin asumía una definición de Michel Brenet: «La cantilación es una forma de melodía religiosa, de construcción primitiva y más cercana a la declamación que al canto propiamente dicho, aunque puede intercalarse con vocalizaciones»[4]. Después de presentar los distintos términos propuesto por diversos autores y observar la limitación de cada expresión, Corbin ve innecesario, para un uso tan antiguo y universal, tener que formar vocablos nuevos y se inclina por la expresión clásica: lectio sollemnis[5].
Claro, Corbin escribía en 1961 y no podía prever la paulatina desaparición del término «sollemnis» (el que usó Jungmann para su famoso libro, Missarum Sollemnia y el que emplea Sacrosanctum Concilium) junto con la casi desaparición del canto de los textos.
Yendo a nuestro observatorio y dejando de lado la lectura evangélica de la que ya hablamos, podemos observar que, si no me equivoco, no pudimos escuchar ninguna lectura de la Palabra de Dios cantada, cantilada, como lectio sollemnis.
Recordemos en primer lugar que, en el libro litúrgico tipo del rito romano para estas palabras, el Graduale romanum, se encuentra la sección CANTUS IN ORDINE MISSAE OCCURRENTES, con las formas apropiadas para el canto de las lecturas. En concordancia con ello, también se hallan en la editio typica del Missale Romanum y consecuentemente en la edición de la Conferencia Episcopal Española.
Pero ¿qué oímos y qué hemos visto? En primer lugar, que, en general, ni siquiera se cantó el título de la lectura y ‘Palabra de Dios’ al final (esto lo cantó una vez una persona del coro), para permitir la aclamación cantada del pueblo; es el mínimo para que el que oiga no sólo sepa intelectualmente que es Dios que está hablando, sino que lo exprese el rito por la unión de palabra y melodía o modo y así el pueblo pueda recibirlo en la escucha silenciosa, obediente, de la fe y en la confesión agradecida.
Aquí se ve la pérdida de sentido del misterio de la palabra divina. La IGMR afirma: «Pues en las lecturas, que la homilía explica, Dios habla a su pueblo, (cf SC 33) le desvela los misterios de la redención y de la salvación, y le ofrece alimento espiritual; en fin, Cristo mismo, por su palabra, se hace presente en medio de los fieles» (cf SC 7).
Tal realidad que reconocemos en la fe, por la acción del Espíritu, exige una expresión ritual, litúrgica. Precisamente la lectio sollemnis realiza sacramentalmente esta realidad de fe y permite vivirla. Por el contrario, la lectura en forma de habla ordinaria significa por su propia forma que es una palabra ordinaria, común, y mueve a recibirla así; además distrae al que oye con los sentimientos e interpretaciones del lector y aleja de la majestad la palabra divina[6]. Los signos son siempre verdaderos y eficaces, para un lado o para el otro; no se trata meramente de sensibilidades o gustos.
Junto con la proclamación cantada, esto es la lectio sollemnis, mucho importa quién es el que proclama cantilada la lectura. En la Iglesia esta proclamación es un oficio propio del lector, que es el primero de los ministros inferiores de los que históricamente hay constancia, según recuerda el Ceremonial de los Obispos, 31. Allí mismo afirma: «en las celebraciones presididas por el Obispo, conviene que lean lectores instituidos según el rito previsto, y si son varios, se distribuirán entre ellos las lecturas».
¿Por qué no cantaron las lecturas lectores instituidos? ¿no los hay? Nuevamente, recuerdo que tomé lo que oímos y vimos para atender a una situación generalizada de nuestra Iglesia. En general tampoco en San Pedro son lectores instituidos los que proclaman las lecturas cantando según lo previsto por los libros litúrgicos ya citados. Parecería que, en lugar de anteponerse el criterio celebrativo litúrgico, se usan las lecturas para mostrar laicos o religiosas, como si eso diera variedad e inclusividad a la celebración.
Otra pregunta aneja es si a los lectores instituidos, al menos a los que están en camino del sacerdocio, se les enseña a proclamar la lectio sollemnis. Según una encuesta de hace unos años, parece que es muy bajo el porcentaje de casas de formación sacerdotal donde se enseña a cantar[7].
3. El salmo responsorial.
En todas las misas escuchamos los salmos responsoriales cantados y esos fueron auténticos momentos de oración de toda la asamblea, sea escuchando, sea respondiendo.
El Concilio pidió la restauración del salmo responsorial, pero supongo que, por el apuro, sucedió que, como algo raro en la historia, se introdujo un texto sin que tuviera la melodía adecuada para ser proclamado en la asamblea litúrgica. Y sigue siendo así hasta hoy. Llama aún más la atención, al tratarse precisamente de textos creados para ser cantados. Este ejemplo, más que para criticar el pasado, nos recuerda que queda trabajo de conversión en el culto a Dios, por parte de todos.
Los salmos son himnos litúrgicos de Israel, que la Iglesia toma como don del Espíritu Santo. El salmo responsorial debería ser siempre cantado y así manifestarse en los libros litúrgicos.
Por supuesto, hemos de ser pacientes y tener una gradualidad, pero ésta no significa que el salmo totalmente cantado sea para pocas fiestas en el año. Lo normal debería ser que se cantase, al menos con un modo. Y el mínimo, para todos los días, es que se cante la antífona, aunque sea de la forma más sencilla. De lo contrario, el salmo-himno se vuelve una lectura más.
Probablemente no fuera lo más oportuno para estas ocasiones, pero de paso recuerdo que el graduale gregoriano no se debe arrinconar en el pasado. En diversas circunstancias debe oírse y gustarse: es un fruto sublime de la lectio divina meditada y cantada por siglos en la Iglesia.
4. El Aleluya.
En cuanto al canto del Aleluia, escuchamos en las distintas misas diversas melodías, entre ellas la forma más simple que ofrece el repertorio gregoriano, y se potenciaron con arreglos e instrumentos, todas aptas y correctas.
Invito a detenernos un poco en la particularidad del Aleluya. Releamos lo que indica la IGMR, 62: « Esta aclamación (el Aleluya) constituye por sí misma un rito, o bien un acto, por el que la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor, quien le hablará en el Evangelio, y en la cual profesa su fe con el canto».
Entonces es más que una aclamación, que un acompañamiento de una procesión y que un canto más o menos popular, por eso afirma que es un rito, o bien un acto. ¿Por qué? Porque es como el prefacio de la plegaria eucarística, que es su introducción solemne, en la que vivimos que estamos ante la majestad del Padre. El Aleluia -- junto la procesión del evangeliario y una docena de signos (incienso, cirios, postura…) es la acogida a Cristo, Verbo de Dios, en el Evangelio. Es la expresión de la Iglesia que recibe a su Esposo y Maestro, Señor y Verbo de vida.
Su verdad cultual nos la enseña la misma forma de aclamación de los Alleluias del Graduale Romanum.
En su historia y estilo es un canto de meditación o si se quiere de contemplación; no son ruidosos, sino calmos y prolongados, hasta el silencio.
El texto está compuesto por un primer Alleluia breve en boca del solista, que se repite y se prolonga muchísimo. Luego sobre la misma melodía (puede abreviarse) se canta un versículo, normalmente de un salmo, aunque no siempre[8], Luego se canta nuevamente todo el Aleluia. Sus melodías características están constituidas por largos melismas. El jubilum, el largo melisma en la «a» final, es el rasgo más característico del aleluya, melodía retomada en el versículo y en la repetición del aleluia completo.
Los largos melismas y en particular el jubilum del Alleluia, expresan el jubilum que con tanto amor describe San Agustín: es el canto de alabanza y alegría más allá de las palabras. Ante la Palabra inefable de Dios que es su Hijo, no podemos alabarlo con palabras y no podemos callar, por eso, cabe sólo el jubilum. ¿Qué es cantar con júbilo? Entender y no poder cantar con palabras lo que se canta con el corazón (cf En in Ps.94,3). Es el canto de lo inefable, que por ello corresponde plenamente a Dios, que no puede ser contenido ni expresado con palabras, y, sin embargo, debe ser alabado con gozo sin límites.
Como explica Mahrt, «si bien la contemplación del sentido literal del texto forma parte de su escucha, el oyente puede apartarse de ese sentido y dejarse conmover por la pura intensidad sagrada de la música». La comunidad y cada fiel llevado por el canto sacro y contemplando todos los signos y movimientos de la procesión con el evangeliario es envuelta en un ambiente sagrado, semejante al de la consagración, para recibir a Cristo en su presencia en el Evangelio. «Estas elaboraciones musicales, que se desarrollan sobre el texto e incluso se alejan de él, son la gloria del repertorio gregoriano y cumplen una función propia en la liturgia[9]».
Así, el canto del Aleluia según las formas del Graduale Romanum es parte importante de la realización de lo afirmado en Dei Verbum 21: «la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor».
Perdone el lector la larga descripción. Lo que pasa es que está casi desaparecido el Aleluia propio del rito romano, que, repito, tiene una manera de preparar al Evangelio, que es un acercarse a la adoración del Verbo y a recibirlo con la unción con que la Iglesia está a sus pies y es iluminada por la luz de la verdad. Más que de una explosión sonora, se trata de una introducción al silencio. Como en toda comunicación, más aún en la Liturgia, la forma es el mensaje: es la forma del canto del Alleluia lo que expresa la fe, la contemplación, la adoración de la Iglesia, aún con sonidos inefables.
El Pueblo de Dios tiene el derecho a ser introducido por este rito-acción en la cumbre de la alabanza y adoración del Verbo de Dios, pan vivo bajado el cielo.
Sólo por mostrar la congruencia y verdad de los signos litúrgicos, recuerdo que, después de ese Aleluia, sólo cabe que el diácono cante el Evangelio: a ello apunta toda la liturgia de la Palabra con sus ritos, cantos oraciones, de modo semejante a como toda la primera parte de la plegaria desde el diálogo y el prefacio apunta a la consagración y la ofrenda del sacrificio.
De acuerdo con la finalidad de estas líneas, recuerdo en primer lugar que nunca se canta el Aleluia ni su versículo desde al ambón -- en las misas que miramos aconteció una vez -, sino desde el lugar de los cantores. En segundo término, que si no se canta el aleluia o el versículo se puede omitir y creo que lo mejor es omitirlo: leído no tiene ningún sentido ritual (cf IMGR 62,c).
El ejecutante fue el indicado: el aleluya «se canta … , iniciándolo los cantores o el cantor, y si fuere necesario, se repite, pero el versículo es cantado por los cantores o por un cantor» (IGMR 62). Buen ejemplo para desterrar la pésima costumbre de que, desde el ambón, lea el versículo el ministro del evangelio, diácono o sacerdote[10]: toda una contradicción.
El canto del evangelio culminó con la aclamación «Palabra del Señor» y la respuesta del pueblo. Luego se llevó el evangeliario al Papa para que lo besara y con él diera la bendición. . En las misas que estamos siguiendo esto se acompañó con música de órgano. No está determinado. A mi parecer, es mejor que sea en silencio; luego de cantado ¡Gloria a ti, Señor Jesús! lo mejor es el silencio. No hay que tener timor silentii como timor vacui.
Ciertamente contradice todo lo que hemos dicho anteriormente la novedad introducida hace pocos años en algunos lugares, en que se repite el aleluia después del evangelio.
5. El Credo
En tres misas se dijo el credo niceno-constantinopolitano. En Barcelona, si no me equivoco, se cantó el apostólico.
Desde que se introdujo el Símbolo de la fe en la Misa se proclamó el niceno-constantinopolitano, así como sucede generalmente en oriente, aunque con excepciones. Creo que fue es un desacierto no seguir firmemente este camino. Como soy viejo, tengo recuerdos. Habrían pasado como diez años desde que se comenzó a rezar el credo niceno en español en las misas (con alguna variante al principio; estaba en plural: creemos), cuando se decidió incluir el credo apostólico, bajo el argumento de que el otro era difícil de aprender, ¡cuándo se llevaba años diciéndolo! En fin.
Además de ser «el credo de la misa», creo que, en época de tan poca formación en la verdad que afirma la fe católica, es muy apropiado el credo niceno. Yo di charlas para padres de niños a bautizar durante décadas y buena parte eran «adopcionistas» sin quererlo: Jesús es el Hijo de Dios, pero no Dios. Explicado se entendía y se creía. Luego lo remachábamos con el credo «largo», frase a frase.
Lo que sí me pareció una pena es que no fuera cantado. La símbolo de la fe no es sólo un repaso de verdades, es una confesión, un acto de culto, de reconocimiento de Dios y su obra creadora y redentora. Esa masa inmensa que recitaba la fórmula inevitablemente de forma desordenada era una pobre confesión de fe. Más aún cuando el credo puede cantarse siempre con la misma melodía y de forma sencilla. Permite expresarse más lentamente, gustando la realidad de lo que se dice, porque el acto de fe no termina en el enunciado, sino en el ser divino, en la Trinidad.
6. El canto de la plegaria universal
Esta oración se llama también «de los fieles», porque es la oración de los bautizados y confirmados, que como pueblo sacerdotal oran por la Iglesia y el mundo entero; por esto es universal.
Aparte de la invitación y la oración final, que corresponden al celebrante, cada oración se compone de dos partes: la invitación a orar por una intención y propiamente la oración que hace el pueblo.
En todos los casos el pueblo cantó su oración, que es lo principal de este rito, sea con Kyrie eleison, te rogamus audi nos o te rogamos óyenos. Bella expresión de la Iglesia orante por la salvación del mundo entero. En la mayoría de las veces se cantó la fórmula de invitación (Dominum deprecemur u otra forma o nota).
En cambio, en la presentación de las intenciones vimos una forma desordenada que ya se ha impuesto como la normal y casi normativa: una serie de laicos y religiosas, que leen cada uno una intención desde el ambón.
En realidad, el rito originario, tiene su ministro propio, el diácono, que canta todas las intenciones y, por ser él el ministro, el lugar apropiado es el ambón. Desde Inter oecumenici hasta el misal actual se indica un orden de quien propone las intenciones, aunque en verdad sin mucha fuerza del porqué de este orden: Las intenciones «las propone el diácono, o un cantor, o un lector, o bien, uno de los fieles laicos desde el ambón o desde otro lugar conveniente» (IGMR 71). ¿Qué significa este o bien? ¿Es una substitución cuando no hay diácono o da lo mismo uno u otro? De todas formas, no dice »distintos fieles», sino uno de los laicos, que, evidentemente está en lugar del diácono o del lector; pero no una variedad de fieles.
Sin embargo, en el Ceremonial de los Obispos se afirma: «Pertenece a los diáconos en las acciones litúrgicas: asistir al celebrante, servir al altar, tanto en lo referente al libro, como al cáliz, dirigir oportunas moniciones al pueblo, proponer las intenciones de la oración universal y proclamar el Evangelio»[11].
Me parece claro que, como en las lecturas, en las intenciones de la plegaria universal se dejó de lado la calidad del rito: que el ministro propio, el diácono, cantara con la forma o modo adecuado las intenciones, desde el lugar que le es propio por su ministerio, el ambón.
A esta expresión ritual, que permite a los fieles «per ritus» vivir la verdad de estas preces, cuyo sujeto es todo el pueblo santo que ora, no unos «representantes», se prefiere usar esos momentos para una pasarela de personas, laicos, incluida alguna mujer, religiosas, con el fin aparente de que representar que todos participan de la Misa. Se desplaza al ministro propio, que propone una intención con canto ritual, por diferentes ‘figuras’, que declaman como si estuvieran diciendo una arenga, con énfasis y mirada al «público». Además, para ellos el ambón no es el lugar apropiado. De esta forma, se saca de su centro la participación actuosa o activa de los bautizados-confirmados que oran como la Iglesia que son y se lleva a la distracción de mirar la sucesión de personajes.
Expusimos muchos detalles. Somos conscientes de ello. No se trata de ritualismo, sino que han de tomarse cada uno como una pincelada en un inmenso cuadro o como parte de un movimiento en una gran sinfonía. La Liturgia es la mayor obra y acción de arte sacro. El ars celebrandi supone la veracidad de las palabras, acciones, formas, ministros, pueblo. No sólo la apropiación de ellos, sino el dejarnos apropiar por ellos, para que la mente, el corazón, el alma, siga la voz, el gesto, el rito (SC 11; 90)[12].
El objetivo no es criticar, sino, como lo referimos al final del artículo anterior, servir a la conversión religiosa, intelectual y moral, al culto del Dios vivo.
«La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada, … se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (SC 48).
Mons. Alberto Sanguinetti Montero
[1] Para que se entretenga el lector. Yo, que estoy escribiendo, no he salido de entre los libros; fui toda la vida pastor y he recorrido los vaivenes de la liturgia y la búsqueda de lo que es más auténtico. He hecho cantar muchas veces el Gloria de Palazón. Era ya un triunfo, porque mantiene el texto litúrgico, y es una música acorde, en medio de tanta masacre del venerable himno. Sin embargo, de a poco he dejado de cantarlo con estribillo, porque comprendí que desarma el himno en su forma y uniformiza todos los cantos. Prefiero la Misa de Aragüés, que mantiene los dos coros, con el texto seguido. Cuando se quiere solemnizar, tiene una polifonía muy sobria, a la que responde el pueblo a una voz.
[2] La calidad de la Misa canaria de Luis Prieto García, así como, de la misma época, la Misa criolla de Ariel Ramírez no se ponen en tela de juicio: totalmente superiores a la cantidad de música de tipo folklórico o pop oída dentro de las celebraciones.
[3] San Pío X, Tra le sollicitudini, 2: “ (la música sagrada) debe ser universal, en el sentido de que, aun concediéndose a toda nación que admita en sus composiciones religiosas aquellas formas particulares que constituyen el carácter específico de su propia música, éste debe estar de tal modo subordinado a los caracteres generales de la música sagrada, que ningún fiel procedente de otra nación experimente al oírla una impresión que no sea buena”. Esa universalidad, proviene de la santidad y bondad de las formas, señala antes el Papa; las tres cualidades se hallan en grado sumo en el canto gregoriano.
[4] Solange Corbin, 1961, « La cantillation des rituels chrétiens », Revue de musicologie, vol. 47, N° 123, p. 3-36, Société Française de Musicologie. Cita a Michel Brenet Dictionnaire pratique et historique de la musique, Paris 1926, s.v. cantilation.
[5] “Cabría preguntarse si era necesario un nuevo término para prácticas tan antiguas como el mundo mismo, y si una palabra sencilla y clásica no habría cumplido igual de bien la función propuesta para esta. Para quienes hemos reflexionado sobre estos hechos durante tanto tiempo, parece que ningún otro término en nuestra lengua evoca con tanta precisión esta interacción meticulosa y competente entre el habla y una textura sonora distinta del canto propiamente dicho, en una palabra, el sistema de la lectio sollemnis” (ibid.p.5).
[6] Cf Joseph Jungmann, El sacrificio de la Misa (Missarum Sollemnia), 1953, p.522, antes que llegara la lectura en lengua vernácula: “El lector no debe expresar en el texto sagrado sus propios afectos, sino presentarlo a la comunidad con toda objetividad, con santa reverencia, como en una bandeja de oro. Por esto recita el texto. Lo puede hacer prescindiendo de toda modulación de voz en el tonus rectus” (luego describe las distintas formas históricas de recitación).
[7] Ver en Academia.edu, Oscar Valado, Estudio sobre el uso y práctica del canto y la música en las celebraciones litúrgicas en España (a cincuenta años de Musicam sacram). .
[8] A diferencia del Graduale Romanum, en que mayoritariamente son versículos del Antiguo Testamento, en el leccionario suelen ofrecerse más del Nuevo Testamento y frecuentemente del Evangelio; esto no es tan oportuno, porque precisamente el Evangelio es lo que se espera, que llegará de boca del canto del diácono.
[9] William Peter Mahrt, The Musical Shape of the Liturgy, Church Music Association of America, 2012, p.51.
[10] Esto se hace por comodidad. Como no tenemos en vernáculo un Graduale con todos los cantos, el versículo se pone en el leccionario, antes del evangelio. El cantor debe copiarlo y cantarlo desde su lugar y no el ministro que ha de cantar el saludo y el anuncio del evangelio.
[11] n.25, aquí aparece claramente como propio del diácono el decir las intenciones, aunque en el n. 144, se repite la descripción más imprecisa de la IGMR.
[12] Cf Alberto Sanguinetti Montero, Sursum corda. Levantemos el corazón, Buenos Aires-Montevideo, 2010, p. 104 ss. La participación activa: la mente concuerde con la voz.






